El músico Pavel Molina Ruiz ha desmantelado la imagen de sumisión institucional que a menudo rodea a las figuras culturales en Cuba al recordar a su padre, el fallecido actor Enrique Molina. Según su testimonio, el intérprete, aunque un convencido comunista, jamás silenció las críticas de su hijo contra el gobierno cubano y habría repudiado la ola represiva desatada tras las protestas del 11 de julio de 2021.
En una extensa publicación difundida en redes sociales, Pavel Molina detalló la compleja y profunda relación que mantuvo con su padre, marcada por un contraste ideológico absoluto pero sustentada en un respeto inquebrantable. Mientras Enrique Molina defendió el socialismo «con toda su alma» y se declaró un «comunista de corazón», su hijo ha adoptado una postura diametralmente opuesta, defendiendo el sistema capitalista como la vía más justa para la administración de los recursos y la convivencia humana.
A pesar de esta divergencia política, el músico enfatizó que las diferencias nunca erosionaron el vínculo familiar. Pavel recordó que ambos debatían frecuentemente sobre la situación nacional, pero siempre desde una postura «sana» y sin faltarse al respeto. Esta dinámica de tolerancia dentro del núcleo familiar contrasta radicalmente con la política oficial de las autoridades de la isla, que históricamente han marginado, silenciado o exiliado a quienes disienten del discurso oficial.
Uno de los aspectos más reveladores del testimonio es la afirmación de que Enrique Molina jamás pidió a su hijo que moderara sus críticas al régimen de La Habana, incluso cuando los cuestionamientos surgían desde el propio techo que compartían. Esta actitud, según Pavel, se extendía a la esfera institucional, donde el actor no dudaba en confrontar a los burócratas culturales. «Mi padre, con todo lo comunista que fue, se paraba en la UNEAC o en el Ministerio de Cultura o donde fuera a cantarle las cuarenta a malanga. Sin miedo», escribió el músico, subrayando que el actor falleció sin someterse jamás a la voluntad de ningún jefe o figura de poder.
La ausencia en el 11J y la condena moral a la represión
El relato de Pavel Molina cobra una dimensión particular al abordar los acontecimientos del 11 de julio de 2021. El actor se encontraba convaleciente tras la implantación de un marcapasos y una posterior infección de COVID-19, lo que le impidió movilizarse durante la crisis social. Sin embargo, su hijo es categórico al afirmar que, de no haber estado enfermo, Enrique Molina se habría presentado frente al Ministerio de Cultura para respaldar a los artistas que se pronunciaron durante y después de las protestas.
Pavel Molina aseguró que su padre no habría apoyado los encarcelamientos masivos ni las múltiples injusticias perpetradas por la dictadura cubana en aquellos días. «Sin dudas no se hubiera quedado callado como cientos de miles de personas que son tan culpables como quien gobierna Cuba», sentenció el músico, lanzando una dura crítica no solo al ejecutivo cubano, sino también a la complicidad y el silencio de gran parte del sector cultural e intelectual del país ante el endurecimiento represivo.
Trayectoria y el peso de la institucionalidad cultural
Nacido el 31 de octubre de 1943 en el municipio de Bauta, antigua provincia de La Habana, Enrique Molina forjó una de las carreras más sólidas en el cine, el teatro y la televisión de la isla. Su rostro y su talento quedaron grabados en el imaginario popular a través de dramatizados de la Televisión Cubana como Tierra brava, Bajo el mismo sol, La otra esquina y En silencio ha tenido que ser. Asimismo, su participación en largometrajes de renombre como Una novia para David, Hello Hemingway, Barrio Cuba, El cuerno de la abundancia y El Benny, lo consolidaron como una figura respetada por el público.
La trayectoria de Molina refleja la compleja relación entre los artistas y el Estado en Cuba. Durante décadas, el gobierno cubano ha instrumentalizado la cultura como un vehículo de propaganda, cooptando a los creadores mediante prebendas y control institucional. Sin embargo, casos como el descrito por su hijo evidencian que, incluso dentro de las filas de la oficialidad, existían voces incómodas, capaces de señalar las deficiencias y los abusos de la burocracia, aunque no necesariamente abandonaran su marco ideológico original.
Contexto: La fractura social y el colapso estructural
El testimonio sobre lo que habría sido la postura de Enrique Molina frente al 11J debe enmarcarse en la profunda crisis estructural que atraviesa la isla. La realidad cubana actual está definida por una hiperinflación galopante, el colapso total del sistema eléctrico, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y una represión social que ha alcanzado niveles sin precedentes. Este escenario ha sido el caldo de cultivo para el mayor estallido social desde 1959 y para la posterior respuesta punitiva de la dictadura, que optó por el encarcelamiento de cientos de manifestantes y el exilio forzado de decenas de artistas y periodistas.
La criminalización de la disidencia, profundizada tras las protestas de julio de 2021 y la posterior sentada del 27 de noviembre de 2020 frente al Ministerio de Cultura, ha dejado a la sociedad civil en un estado de indefensión. Las instituciones culturales, como la UNEAC o el propio Ministerio, han operado en los últimos años como filtros de contención más que como espacios de debate, silenciando cualquier intento de crítica bajo el amparo del unipartidismo y la doctrina de «todo lo que es construcción, lo que es revolución».
A esto se suma el éxodo migratorio masivo que ha vaciado a la isla de su fuerza laboral y de su juventud. La fractura entre los que se quedan y la diáspora —representada en cierta medida por la distancia física e ideológica entre Pavel y su padre— es el reflejo de una nación dividida por el fracaso de un modelo económico y político que no logra garantizar la subsistencia ni las libertades fundamentales de sus ciudadanos.
Implicaciones y el rol de las voces culturales
Las declaraciones de Pavel Molina Ruiz trascienden la anécdota familiar y se insertan en el debate sobre el rol de los intelectuales en momentos de crisis política. Al afirmar que su padre no habría callado ante las injusticias del 11J, se cuestiona directamente la actitud de aquellos creadores que, teniendo el peso moral y la visibilidad pública para hacerlo, optaron por el silencio o por justificar la violencia estatal contra el pueblo.
El recuerdo de un «comunista de corazón» que, sin embargo, respetaba la disidencia de su hijo y se enfrentaba a la burocracia, sirve como un espejo para el presente. Mientras el régimen de La Habana continúa endureciendo sus políticas y negando la crisis sistémica, la exigencia de coherencia y valentía por parte de las figuras públicas se vuelve cada vez más urgente. La historia juzgará no solo a quienes ejercieron la represión directa, sino también a aquellos que, desde posiciones de privilegio cultural, eligieron mirar hacia otro lado mientras las libertades fundamentales eran aplastadas en las calles de Cuba.