El gobernante cubano Miguel Díaz-Canel compareció ante los medios estatales para abordar la profunda crisis que atraviesa la isla, en una transmisión televisiva y radial editada donde responsabilizó a Estados Unidos de la situación interna. En medio de apagones prolongados que paralizan la vida cotidiana, el mandatario reconoció que su administración ha decidido conscientemente desviar energía de los hogares hacia sectores económicos, mientras ofrecía como gran alternativa energética la existencia de «aire, agua y sol», evidenciando una profunda desconexión con la realidad que sufre la ciudadanía.
La intervención, moderada por la periodista oficialista Arleen Rodríguez Derivet, se desarrolló como un extenso ejercicio retórico donde las generalidades y las referencias ideológicas sustituyeron cualquier anuncio verificable de solución. Desde los primeros minutos, el ejecutivo cubano centró su discurso en señalar a Washington, hablando de una supuesta «intensa campaña mediática de calumnia y odio» y rechazando la narrativa de que Cuba sea un Estado fallido. Según Díaz-Canel, no existe tal condición, sino «un estado que ha tenido que enfrentar la asfixia de una de las principales potencias del mundo», apelando una vez más al embargo estadounidense como justificación universal para el deterioro interno.
Pese a reconocer un «desabastecimiento agudo de combustible», el gobernante se limitó a enumerar reuniones institucionales —en el Buró Político, el consejo de defensa y el consejo de ministros— sin detallar plazos, estrategias logísticas ni medidas concretas para aliviar la parálisis energética. La población cubana, sometida a cortes de luz que superan las 12 y 18 horas diarias en varias provincias, no recibió respuesta sobre cómo ni cuándo se restablecerá la generación eléctrica, limitándose a escuchar promesas de «buscar maneras de salir de esta situación en el menor tiempo posible».
La dependencia de Venezuela y el vacío energético
Interrogado sobre la relación con Venezuela tras la reciente captura de Nicolás Maduro y la evidente reducción del flujo de petróleo, el régimen de La Habana negó mantener una relación de dependencia, calificándola de «colaboración basada en la complementariedad». Sin embargo, en un raro momento de franqueza, Díaz-Canel admitió que durante años la prestación de servicios médicos cubanos fue compensada con «prácticamente todo el combustible que necesitaba Cuba», un apoyo que ha disminuido drásticamente debido a las sanciones internacionales que pesan sobre Caracas.
El mandatario evitó aclarar cómo el gobierno cubano pretende cubrir el inmenso déficit energético actual tras la caída del suministro venezolano. En su lugar, dedicó un amplio segmento de su intervención a desviar el foco hacia acuerdos históricos de soberanía alimentaria, formación de cuadros y programas como el ALBA y la Misión Milagro, referencias que poco aportan a la urgente necesidad de electricidad y combustible que enfrenta la isla hoy. Aseguró que Cuba «no está sola» y que hay gobiernos dispuestos a colaborar, pero omitió nombres, acuerdos firmados o mecanismos de ayuda tangibles.
Renovables invisibles y el sacrificio de la población
Al abordar específicamente la crisis del Sistema Electroenergético Nacional (SEN), Díaz-Canel apeló a la transición hacia las energías renovables, un discurso recurrente en los últimos años que choca con la infraestructura colapsada. El gobernante reconoció que «ahora llevamos cuatro semanas que estamos en 0 de generación distribuida» y admitió que los resultados de las inversiones en este sector no se perciben en la vida diaria. Citó la instalación de 49 parques fotovoltaicos, cuyos beneficios se han visto anulados por la falta de combustibles para respaldar el sistema, evidenciando la desconexión entre los planes oficiales y la cruda realidad operativa.
Una de las revelaciones más críticas de su comparecencia fue la confirmación de que las autoridades han optado por sacrificar el bienestar de la población en favor de un supuesto reimpulso económico. «Hasta 2025 trabajamos en priorizar la corriente a la población, pero teníamos parada la economía», afirmó, para luego añadir: «Dijimos, hay que poner un poco de energía este año en la economía, sabiendo que es a costa de afectar a la población». Esta decisión se toma en un contexto donde la mayoría de los cubanos no percibe ningún repunte productivo ni mejora en su nivel de vida, sino una profundización de la escasez.
Como parte de sus «resultados notables», el gobernante anunció la instalación de 5.000 sistemas fotovoltaicos de dos kilowatts en viviendas que aún no están electrificadas, y otros 5.000 módulos en centros vitales como hogares maternos y de ancianos. La mención de estas cifras, además de evidenciar la precariedad estructural de un país donde en pleno siglo XXI aún hay miles de hogares sin acceso a la red eléctrica, omitió deliberadamente la situación crítica de los hospitales cubanos, donde la falta de insumos y los apagones en áreas sensibles ponen en riesgo la vida de los pacientes.
Contexto: El colapso estructural y la retórica del aire y el sol
La comparecencia de Díaz-Canel ocurre en medio de la peor crisis estructural que ha enfrentado la isla en décadas. El colapso del sistema eléctrico es solo la punta del iceberg de una economía centralizada y fracasada que ha llevado a una hiperinflación galopante, un desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y la casi total parálisis de los servicios públicos. El suministro de agua, dependiente en su inmensa mayoría de bombeo eléctrico, ha colapsado junto con la red, obligando a millones de personas a acarrear agua desde cisternas o fuentes alternativas, mientras el sistema de salud se desmorona por la falta de recursos básicos.
Este escenario ha detonado un éxodo migratorio sin precedentes, con cientos de miles de cubanos abandonando el país en los últimos años ante la falta de perspectivas. La respuesta de la dictadura cubana ante el descontento social ha sido la represión sistemática, la criminalización de la protesta y el endurecimiento de las leyes contra la libertad de expresión. Consignas como la «resistencia creativa», repetida nuevamente por Díaz-Canel, han perdido cualquier poder de convocatoria entre una población exhausta que exige soluciones materiales, no discursos ideológicos.
Antecedentes de esta crisis se remontan a décadas de mala gestión y falta de inversión en la infraestructura energética nacional. Tras la caída del bloque soviético, Cuba dependió del petróleo subsidiado de Venezuela para mantener operativas sus obsoletas termoeléctricas. Con la reducción de este flujo, el gobierno cubano ha fracasado en diseñar una política energética sostenible, optando por parches temporales que han conducido al colapso total actual. La falta de mantenimiento de las plantas generadoras, sumada a la corrupción y la ineficiencia burocrática, ha dejado al país en una vulnerabilidad extrema.
El clímax de desconexión con la realidad se produjo cuando Díaz-Canel intentó presentar una estrategia energética basada en elementos inevitables de la naturaleza. «El país tiene que ser capaz de sostenerse con las fuentes de energía que nosotros poseemos», afirmó, para luego enumerar: «Con las fuentes renovables de energía, tenemos aire, tenemos agua, tenemos sol, tenemos biomasa…». En una nación sumida en la oscuridad, donde la comida se pudre en los refrigeradores apagados y el calor sofoca las viviendas, apelar a la existencia del sol y el aire como solución de gobierno fue interpretado como una burla a la miseria ciudadana.
Las implicaciones políticas de esta comparecencia son claras: el régimen no tiene un plan viable para resolver la crisis a corto ni mediano plazo. Al admitir que el pueblo deberá soportar más cortes de electricidad en favor de una economía que no produce, el gobierno cubano profundiza la fractura social y legitima el descontento popular. Mientras la comunidad internacional observa con preocupación la deriva de la isla, la ciudadanía se enfrenta a la incertidumbre de un futuro donde las promesas oficiales se disuelven en el aire, el mismo aire que el gobernante invoca como recurso energético mientras el país se apaga.