Domingo, 20 de septiembre de 2026
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El régimen cubano sugiere eliminar arroz y papa de la dieta nacional ante el colapso alimentario; el actor Luis Alberto García responde con ironía

El régimen cubano sugiere eliminar arroz y papa de la dieta nacional ante el colapso alimentario; el actor Luis Alberto García responde con ironía

Ante la incapacidad estructural para garantizar la alimentación de la población, el gobierno cubano ha comenzado a justificar la escasez cuestionando los hábitos de consumo de los ciudadanos, sugiriendo que alimentos básicos como el arroz y la papa no son autóctonos. El reconocido actor Luis Alberto García ha criticado con dureza e ironía esta narrativa oficial, calificándola como un «delito de lesa cultura» en medio de una crisis profunda que deja a millones en la indigencia alimentaria.

El debate se desató tras la emisión del programa estatal «Cuadrando la Caja», donde funcionarios y expertos alineados con las políticas oficiales abordaron la crítica situación de la producción de alimentos en la isla. Durante la transmisión, el doctor en Ciencias Roberto Caballero Grande, miembro del Comité Ejecutivo Nacional de la Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales, afirmó de manera categórica que «la papa no es un producto de Cuba» y que los niveles de consumo de arroz son «desmesurados», argumentando que «nosotros no somos asiáticos». Junto a él en la mesa participaba el ingeniero José Carlos Cordovés Urquiza, director general de política industrial del Ministerio de la Industria Alimentaria, validando el diagnóstico de un sector en ruinas.

Las declaraciones del experto buscan redirigir la responsabilidad del desabastecimiento hacia la población. Caballero Grande sostuvo que la papa, originaria de los Andes, requiere altos niveles de insumos y semillas importadas que el régimen de La Habana no puede financiar. Para ilustrar su punto, relató una anécdota con un ciudadano italiano quien, según dijo, le cuestionó por qué Cuba gastaba tanto dinero en cultivar papa si tenía raíces y tubérculos como el boniato, la yuca, el ñame y la malanga. La propuesta oficial sugiere inundar el país con estos cultivos tradicionales en lugar de invertir en la papa.

Además, el especialista admitió que más de la mitad de las cosechas de papa se pierden en los frigoríficos por falta de infraestructura adecuada antes de llegar al consumidor. Este reconocimiento tácito de la ineficiencia burocrática y la falta de inversión en el sector fue rápidamente maquillado bajo el discurso de la «agricultura sostenible». La propuesta de las autoridades de la isla no se limita a la papa. El arroz, pilar fundamental de la dieta diaria del cubano, también fue puesto en entredicho. Caballero sugirió que la escasez facilitará la adaptación a otros alimentos, afirmando que los hábitos de consumo «se cambian», lo que evidencia cómo el ejecutivo cubano utiliza el pretexto de la «soberanía Alimentaria» para normalizar el hambre como una herramienta de reeducación nutricional.

Frente a este intento de reescritura cultural y culinaria, el actor Luis Alberto García utilizó sus redes sociales para desmontar el argumento oficial con un tono mordaz. El artista, quien se encuentra convaleciente de chikunguña, denunció que sugerir «quitarles el carnet de identidad, el pasaporte y darles de baja de la mesa» a alimentos tradicionales constituye un precedente peligroso. García tildó a los portavoces del régimen como el «ICE de la jama, a la cubana», en referencia a las políticas migratorias restrictivas y de control.

En su publicación, García puso en perspectiva la absurdidad de exigir autenticidad nacional en la canasta básica. Recordó que productos tan arraigados en la cultura cubana como la pizza, la cerveza, los perritos calientes, e incluso el aguacate mesoamericano, son de origen foráneo. El actor también cuestionó con ironía si el próximo paso será «quitarle la ciudadanía» a reses, cerdos, carneros, caballos y pollos por no habitar el territorio nacional en 1492, evidenciando el carácter ridículo del argumento gubernamental que pretende desconocer la evolución histórica de la dieta nacional.

Además de la crítica cultural, el actor señaló una verdad incómoda para el gobierno cubano: la desigualdad en el acceso a los alimentos y la malversación de los recursos nacionales. García subrayó que pescados y mariscos autóctonos sí existen en las aguas cubanas, pero la falta de una flota pesquera comercial viable impide su distribución. «Lo poco que se saca no es para el populacho menesteroso y vulnerable y sí para visitantes y solventes», escribió, exponiendo el modelo de apartheid gastronómico que impera en la isla, donde el turismo y la élite tienen prioridad sobre el ciudadano común.

El fracaso del modelo agrícola y la crisis estructural

El intento del régimen de La Habana de convencer a la población de renunciar al arroz y la papa no es más que el síntoma de una enfermedad mucho más profunda: el fracaso absoluto del modelo económico centralizado. La agricultura cubana ha colapsado bajo el peso de la burocracia, la falta de insumos, la ineficiencia del sistema de Acopio y la escasez crónica de combustible. Las autoridades intentan presentar la miseria como una «transición hacia la sostenibilidad», cuando en realidad es la consecuencia directa de décadas de mala gestión y control estatal absoluto sobre la tierra, los medios de producción y la distribución.

La inflación galopante y la devaluación del peso cubano han vuelto inalcanzables los alimentos en los mercados libres, mientras que la canasta familiar básica subsidiada no llega a cubrir ni una semana de alimentación mensual. La soberanía alimentaria, concepto que el gobierno cubano esgrime ahora como escudo, es en la práctica una privación forzosa. La incapacidad de importar semillas y fertilizantes, sumada a la caída de la producción nacional de viandas, ha llevado a la isla a depender de importaciones a crédito que el régimen no puede pagar, profundizando el hambre de la población y disparando el éxodo migratorio.

Antecedentes de ineficiencia y control estatal

Históricamente, la dictadura cubana ha mantenido un control férreo sobre el sector agropecuario, asfixiando a los productores privados y cooperativos con regulaciones absurdas, prohibiciones de transporte y decomisos arbitrarios. La caída de la industria azucarera, otrora motor de la economía nacional, es el ejemplo más claro de la desidia gubernamental. Hoy, los campos cubanos están llenos de maleza y la tierra fértil no se siembra por falta de recursos y estímulos, mientras los funcionarios culpan al clima y a los hábitos de consumo por la falta de comida en las mesas.

Programas como «Cuadrando la Caja» funcionan como instrumentos de propaganda para normalizar la escasez. Bajo el eufemismo de la «crítica constructiva», los medios estatales preparan el terreno para reducir aún más las ya menguadas raciones del sistema de racionamiento. En lugar de proponer soluciones reales, como la liberalización del mercado agrícola o la entrega de tierras en propiedad con estímulos reales, el régimen opta por la represión ideológica y el ajuste de la demanda a la baja, obligando a los cubanos a conformarse con lo que el Estado decida que deben comer.

La reacción de figuras públicas como Luis Alberto García refleja el creciente hartazgo de la sociedad civil cubana frente a la narrativa oficial. La indignación no solo se basa en la pérdida de tradiciones culinarias, sino en la arrogancia con la que el poder ignora el sufrimiento de millones que pasan hambre. Culpar a la papa y al arroz por la crisis es un insulto a la inteligencia de un pueblo que conoce de primera mano las causas reales del desastre: la falta de libertades, la corrupción institucional y la ineficiencia de un sistema totalitario que ha fracasado en garantizar el derecho más básico: la alimentación.

En conclusión, la estrategia del régimen de La Habana de adaptar la dieta a la escasez augura un futuro aún más sombrío para la ciudadanía. Mientras la dirigencia sigue negándose a implementar reformas estructurales que permitan la recuperación del campo, la población continuará enfrentando la inseguridad alimentaria, la desnutrición y la dependencia de las remesas. La comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos deben prestar atención a esta crisis silenciosa, donde el hambre es utilizada como herramienta de control social por una dictadura que prefiere reeducar el paladar de sus ciudadanos antes que reconocer su propio fracaso.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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