Por Redacción Reporte Cuba Ya
Durante los recientes Plenos Extraordinarios del Partido Comunista de Cuba (PCC) en Oriente, quedó al descubierto una de las mayores preocupaciones de la cúpula gobernante, más allá de la crisis alimentaria: la pérdida total de conexión con la juventud cubana.
En la reunión de Holguín, presidida por Miguel Díaz-Canel, se debatió con inusual franqueza sobre la dificultad para captar nuevos militantes. Joel Queipo Ruiz y otros cuadros del partido cuestionaron: «¿Hasta cuándo vamos a estar diciendo que necesitamos que nuestros muchachos maduren para poderle hacer el proceso de crecimiento al partido?».
El abismo generacional
Esta frase revela la profunda desconexión de la dirigencia histórica y sus continuadores con la realidad del 2026. Al tildar de «inmaduros» a los jóvenes por no mostrar interés en las filas comunistas, el oficialismo intenta camuflar un hecho político innegable: el rechazo.
El propio debate reconoció que es un error «seguirnos comparando lo que hicimos nosotros en nuestra época con lo que están haciendo los muchachos». Sin embargo, la solución propuesta no fue abrir espacios de participación real o libertad económica, sino intensificar el «trabajo político-ideológico». Es decir, más de la misma doctrina que ha alejado a las nuevas generaciones.
Juventud en fuga vs. Doctrina inmóvil
Mientras el Partido exige «madurez política» (entendida como obediencia), la madurez real de la juventud cubana se demuestra a diario en la lucha por la supervivencia. Son jóvenes que mantienen a sus familias, que inventan para comer o que toman la difícil decisión de emigrar buscando el futuro que la isla les niega.
Para el PCC, la prioridad en Holguín y Granma es el «control» y el «enfrentamiento ideológico». Para el joven cubano, la prioridad es que no hay futuro en un país donde se le exige sacrificio a cambio de consignas, mientras los dirigentes viven una realidad paralela.
Un Partido envejecido
La insistencia en el «crecimiento» de las filas del Partido delata el miedo al vacío. Un partido que no convence a sus jóvenes está condenado a la extinción biológica e histórica. Al culpar a los muchachos de no estar «a la altura» de sus antecesores, el gobierno solo confirma su propia obsolescencia. No es que los jóvenes no entiendan; es que entienden demasiado bien que ese camino no lleva a ninguna parte.
Conclusión
El Pleno en Oriente confirma que el gobierno sigue atrincherado en el pasado. Tratar a la juventud como «niños inmaduros» mientras se les condena a la miseria y a la falta de libertades es la receta perfecta para acelerar la ruptura definitiva entre el pueblo y el poder.
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