De acuerdo con el parte correspondiente al 26 de diciembre, el servicio eléctrico estuvo interrumpido durante las 24 horas del día, alcanzando su punto más crítico a las 18:10, cuando el déficit de generación llegó a 1.816 MW. Para este sábado, las previsiones no son más alentadoras: se estima una demanda máxima de 3.280 MW, frente a una disponibilidad real de apenas 1.510 MW.
A las 06:00 de la mañana del 27 de diciembre, el SEN ya mostraba un desbalance significativo, con una demanda de 1.900 MW y una pérdida inmediata de 402 MW. Para el horario del mediodía, el déficit podría escalar hasta los 950 MW, anticipando una tarde y noche especialmente complejas para millones de cubanos.
Entre las principales causas figuran las averías en las unidades 5 y 8 de la CTE Mariel, la unidad 2 de la CTE Felton (Holguín), así como mantenimientos prolongados en la CTE Santa Cruz del Norte y la unidad 4 de la CTE Carlos Manuel de Céspedes, en Cienfuegos. A esto se suman 659 MW fuera de servicio por limitaciones técnicas en la generación térmica.
La falta de combustible continúa siendo uno de los factores más determinantes del colapso. Según la UNE, 1.047 MW no están disponibles por esta causa, incluidos 790 MW en 89 centrales de generación distribuida, 108 MW en el central fuel de Moa y 149 MW por ausencia de lubricantes. Una realidad que desmiente cualquier discurso oficial sobre estabilidad energética.
Aunque el Gobierno destacó la entrada en funcionamiento de 34 nuevas centrales solares, que aportaron 2.901 MWh y una potencia máxima de 561 MW al mediodía, la cifra resulta claramente insuficiente frente a un déficit estructural que supera ampliamente esa contribución. La energía solar, sin respaldo térmico ni inversión integral, sigue siendo un parche incapaz de sostener el sistema.
En el caso de La Habana, la Empresa Eléctrica provincial informó que el servicio se afectó desde las 14:42 del viernes, con un máximo de 154 MW de déficit a las 18:10, restableciéndose de manera parcial a las 20:56. Sin embargo, la capital tampoco logró cumplir su planificación, debido a la baja disponibilidad general del SEN.
Más allá de las averías puntuales, la crisis eléctrica en Cuba es el resultado de años de falta de inversión, infraestructura envejecida y una planificación centralizada que no ha sabido anticipar ni evitar el deterioro progresivo de las termoeléctricas. El impacto es directo y cotidiano: hogares a oscuras, hospitales trabajando al límite, comercios paralizados y centros productivos prácticamente inoperantes.
La incertidumbre energética se ha convertido en una constante que condiciona la vida diaria de los cubanos, profundiza el malestar social y evidencia el agotamiento de un modelo incapaz de garantizar un servicio básico esencial.
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