La cúpula del poder en Cuba vuelve a sacudirse. En un nuevo movimiento interno, la dictadura ha comenzado a desprenderse de varias de sus figuras más leales, funcionarios que durante años actuaron como operadores dóciles del sistema represivo, en lo que muchos analistas interpretan como una reorganización calculada para preparar una sucesión familiar dentro del poder.
Entre los destituidos o apartados de sus cargos se encuentran nombres clave del aparato político, judicial y organizativo del régimen:
- Rubén Remigio Ferrer, quien se mantuvo durante 27 años como presidente del Tribunal Supremo Popular, institución responsable de avalar condenas políticas, juicios sin garantías y sentencias ejemplarizantes contra opositores y manifestantes.

- Óscar Silvera Martínez, ministro de Justicia entre 2018 y 2025, señalado por su papel en la instrumentalización del sistema judicial para legitimar la represión y la criminalización de la disidencia.

- Ulises Guilarte de Nacimiento, figura vinculada al control sindical oficialista, cuyo papel ha sido clave para neutralizar cualquier intento de autonomía obrera dentro del país.

- Homero Acosta, hasta ahora secretario de la Asamblea Nacional del Poder Popular, uno de los engranajes fundamentales del simulacro parlamentario que sostiene la fachada institucional del régimen.

- Ricardo Rodríguez González, expresidente nacional de la FEU, organización utilizada históricamente como instrumento de control ideológico sobre los estudiantes y no como auténtica representación de sus intereses.

Un ajuste que no es casual
Estas salidas no responden a una renovación democrática ni a un proceso de rendición de cuentas. Por el contrario, todo apunta a una purga estratégica, donde el régimen descarta figuras desgastadas para concentrar aún más el poder y abrir paso a nuevos rostros con lazos familiares directos con la élite gobernante, el llamado “sobrino”.
En medio de la peor crisis económica, social y política en décadas, el castrismo demuestra una vez más que su prioridad no es el bienestar del pueblo, sino la preservación del poder a cualquier costo, incluso sacrificando a quienes durante años fueron sus ejecutores más fieles.
Mientras Cuba se hunde en apagones, inflación, hambre y represión, la dictadura sigue jugando al ajedrez interno, moviendo piezas para garantizar su continuidad dinástica, ajena por completo al sufrimiento de millones de cubanos.