Ochenta años después de la capitulación alemana en Reims, el liderazgo logístico y militar de Estados Unidos emerge como el factor decisivo de la victoria aliada, una realidad que regímenes autoritarios como el cubano y el ruso continúan distorsionando para sostener relatos propagandísticos basados en la exaltación de figuras genocidas.
El 7 de mayo de 1945, cumpliendo órdenes del almirante Karl Doenitz —sucesor designado por Adolf Hitler tras su suicidio—, el mariscal Alfred Jodl se presentó en el cuartel general de los ejércitos aliados en Reims, Francia, bajo el mando del general Dwight D. Eisenhower. Acompañado por el almirante Hans-Georg von Friedeburg y el mayor Wilhelm Oxenius, Jodl firmó el acta de rendición incondicional de Alemania. A la medianoche del día siguiente, el 8 de mayo, la Segunda Guerra Mundial concluía formalmente en Europa, tras casi seis años de conflicto iniciado el 1 de septiembre de 1939 con la invasión de Polonia.
Sin embargo, la firma de Reims no fue la única ceremonia de rendición. Iósif Stalin exigió un segundo acto en Berlín, ante el mariscal Gueorgui Zhúkov, que se materializó el 9 de mayo. Esta «segunda rendición», montada como una escenografía teatral, es la que los exsoviéticos y hoy el gobierno ruso conmemoran como el «Día de la Victoria». La pregunta que surge es por qué Doenitz envió a Jodl a Reims y no a Berlín, en un momento en que la capital alemana estaba a punto de caer bajo las fuerzas soviéticas.
Los «dos milagros» de Eisenhower
El propio general Eisenhower identificó lo que él llamó «dos milagros» que explican que la capitulación alemana se produjera ante el mando aliado occidental y no ante el soviético. El primero fue la transformación de Estados Unidos en lo que él denominó «el arsenal de la democracia»: una potencia industrial y militar sin precedentes que, en apenas tres años y medio, pasó de tener un sistema de defensa inadecuado para su tamaño territorial, poblacional y económico, a producir la maquinaria combatiente más formidable del mundo.
Este esfuerzo industrial fue colosal. Estados Unidos, que en ese momento solo libraba guerra abierta contra el Imperio Japonés tras Pearl Harbor, logró abastecer no solo a sus propias fuerzas sino a todos los ejércitos aliados. La logística estadounidense alcanzó niveles que asombraron incluso a los mandos soviéticos. Para garantizar el suministro de combustible a las tropas que avanzaban por Europa, se tendieron tuberías flexibles submarinas a través del Canal de la Mancha —operación conocida como PLUTO (Pipeline Under the Ocean)—, y desde las playas de Normandía el combustible era bombeado hacia el frente mediante tuberías instaladas sobre el terreno.
El segundo factor fue el liderazgo político-militar estadounidense, que Eisenhower describió como cercano a la perfección. Este liderazgo no fue impuesto sino que emergió de manera natural, mediante la construcción de consensos en torno a intereses políticos, económicos y militares compartidos, incluso cuando existieron divergencias importantes entre líderes políticos y militares de las distintas naciones aliadas. Fue esa capacidad de articulación la que permitió que el mando operativo de las fuerzas aliadas recayera naturalmente en Eisenhower.
El asombro de los mariscales soviéticos
En su obra «Cruzada en Europa», Eisenhower relata un episodio revelador: los mariscales y generales del Ejército Rojo, incluido el propio Stalin, le pidieron explicaciones sobre las disposiciones de abastecimiento que permitieron a las fuerzas aliadas occidentales marchar desde la cabeza de playa de Normandía —un perímetro estrecho y vulnerable— hasta cubrir rápidamente Francia, Bélgica, Luxemburgo y alcanzar las fronteras mismas de Alemania. «Sugirieron ellos que de todas las proezas espectaculares de la guerra, incluyendo las suyas propias, los éxitos aliados en el aprovisionamiento de la persecución del enemigo por Francia pasaría a la historia como la más asombrosa», recordó Eisenhower.
Este reconocimiento de los mandos soviéticos contrasta profundamente con la narrativa que décadas después construiría la propaganda comunista, tanto en la Unión Soviética como en sus aliados, incluida Cuba. El régimen de La Habana, desde su alineamiento con el bloque soviético en los años sesenta, ha promovido sistemáticamente una versión de la historia donde el papel de la Unión Soviética en la derrota del fascismo se magnifica hasta el punto de borrar o minimizar la contribución decisiva de Estados Unidos y las democracias occidentales.
La manipulación totalitaria de la historia
Ochenta años después del fin de la guerra, persisten quienes se empeñan en glorificar la escenografía stalinista. Vladimir Putin, rodeado de líderes invitados a Moscú para los desfiles del Día de la Victoria, continúa utilizando el relato soviético como instrumento de legitimación política, tanto interna como externa. Esta exaltación de la figura de Stalin —cuyo régumen fue tan genocida como el de Hitler, responsable de la muerte de millones de personas en purgas, hambrunas provocadas y campos de trabajo— constituye una distorsión deliberada del pasado para justificar ambiciones expansionistas en el presente.
La dictadura cubana ha sido históricamente cómplice de esta manipulación. Las autoridades de la isla han participado en los desfiles del 9 de mayo en la Plaza Roja y han reproducido fielmente la narrativa soviética en sus medios de comunicación y en el sistema educativo. Generaciones de cubanos han sido educados bajo un relato donde la victoria sobre el fascismo se atribuye casi exclusivamente a la Unión Soviética, mientras la contribución logística, industrial y militar de Estados Unidos se reduce a una nota al margen o se presenta bajo sospecha.
Contexto: Cuba y el secuestro de la memoria histórica
Esta apropiación y distorsión de la historia no es un fenómeno aislado en el caso cubano. El régimen de La Habana ha construido su legitimidad sobre una narrativa histórica cuidadosamente filtrada, donde los hechos que no encajan en el relato oficial son omitidos o reinterpretados. La misma lógica que permite glorificar a Stalin mientras se silencian sus crímenes opera en la política interna cubana: la represión estatal, las ejecuciones sin debido proceso, los campos de reeducación y el exilio forzado de cientos de miles de ciudadanos han sido borrados del relato oficial o justificados como «necesidades históricas».
La crisis estructural que hoy atraviesa Cuba —con una economía colapsada, inflación galopante, desabastecimiento crónico, apagones prolongados y un éxodo migratorio sin precedentes— es consecuencia directa de un modelo político que, al igual que el soviético que tanto admira, prioriza el control ideológico sobre el bienestar ciudadano. La dependencia histórica de La Habana primero de Moscú y luego de Caracas, y ahora nuevamente de Rusia y China, reproduce el mismo patrón de subordinación que caracterizó a los Estados satélite del bloque comunista, donde la fidelidad ideológica se premiaba con subsidios que enmascaraban la ineficiencia sistémica.
Mientras el gobierno cubano continúa rindiendo homenaje a símbolos y narrativas del pasado soviético, la población de la isla enfrenta las consecuencias materiales de décadas de planificación centralizada, corrupción institucionalizada y ausencia de libertades económicas y políticas. La paradoja es evidente: quienes celebran la «victoria» sobre el fascismo mantienen un sistema que comparte con los regímenes derrotados en 1945 rasgos esenciales como el partido único, la censura, la represión de la disidencia y el control absoluto del Estado sobre la vida ciudadana.
Implicaciones y consecuencias
La conmemoración del 80 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial ofrece una oportunidad para reexaminar no solo los hechos históricos sino también cómo estos han sido instrumentalizados por regímenes autoritarios. El reconocimiento del papel decisivo de Estados Unidos como «arsenal de la democracia» no es una cuestión de chauvinismo sino de rigor histórico: fue la capacidad industrial, la innovación logística y el liderazgo consensuado de la potencia norteamericana lo que permitió la victoria aliada en los términos en que se produjo.
Para la ciudadanía cubana, sometida durante más de seis décadas a un relato histórico manipulado, el desafío consiste en recuperar la verdad sobre el pasado como condición para comprender el presente y construir un futuro distinto. La dictadura cubana, al igual que el régimen ruso, entiende que el control de la narrativa histórica es un instrumento esencial de poder. Desmontar esa narrativa, restituir los hechos y reconocer el papel real de cada actor en los grandes procesos históricos es un acto de resistencia tanto como de justicia. En un momento en que la comunidad internacional observa con preocupación el fortalecimiento de alianzas entre regímenes autoritarios, la memoria honesta de lo que significó la derrota del totalitarismo en 1945 resulta más necesaria que nunca.



