Domingo, 27 de septiembre de 2026
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Ernesto Borges recobra la libertad tras casi 27 años de prisión política: «Pagué un alto precio para no romperme»

Ernesto Borges recobra la libertad tras casi 27 años de prisión política: «Pagué un alto precio para no romperme»

El exoficial de Inteligencia Ernesto Borges Pérez salió el pasado 24 de abril de la prisión de El Combinado del Este tras cumplir casi 27 años de una condena de 30 por presunto espionaje. En su primera entrevista exhaustiva tras recuperar la libertad, Borges detalla el infierno de su cautiverio bajo la dictadura cubana, la crueldad de un sistema que lo utilizó como «escarmiento» y la firmeza de sus convicciones que le impidieron doblegarse ante el régimen de La Habana.

Ver el mar de nuevo después de casi tres décadas fue un momento abrumador para Ernesto Borges. Su hermano lo llevó al Malecón habanero, donde la inmensidad del océano le devolvió una sensación que creía olvidada tras años de encierro. «Solía hacer pesca submarina, era mi terapia», relata. En la prisión, intentaba consolar a otros reclusos recordándoles que el sol del patio era el mismo que brillaba en Varadero, aunque sin el olor a sal. Esa pequeña evocación de libertad fue su refugio durante un calvario que comenzó cuando tenía 32 años y concluyó a los 59.

Los primeros instantes de libertad fueron de una intensidad emocional profunda. A la una y veinte de la tarde del 24 de abril, Borges salió de El Combinado del Este vestido con ropa de presidiario. En la sala de visitas, su hermano César le entregó ropa civil y allí se produjo el primer abrazo que le confirmó que el tormento había terminado. Al llegar a casa, se reencontró con su padre, Raúl Borges Álvarez, quien dedicó su vida a luchar por la excarcelación de su hijo. Borges es claro al señalar quiénes son los verdaderos protagonistas de su historia: «La gente me dice que soy un héroe, pero los verdaderos héroes anónimos son mis familiares».

Un escarmiento diseñado por la Seguridad del Estado

Arrestado en 1998, Borges enfrentó desde el primer momento la maquinaria represiva de la dictadura cubana. Su delito fue intentar transmitir información a un diplomático estadounidense en La Habana, un plan que fue frustrado antes de concretarse. Durante el proceso de interrogatorio, los agentes de la Seguridad del Estado le dejaron claro que su caso sería utilizado como una lección ejemplar. En aquel entonces, el delito de espionaje se castigaba con un máximo de 20 años o la pena de muerte. Al conmutarle la pena capital, las autoridades de la isla le impusieron 30 años de prisión, una sentencia que él describe como una «condena de muerte conmutada en el acto».

Borges junto a su padre y hermano

Borges junto a su padre y hermano

El régimen de La Habana justificó esta severidad en el contexto posterior a la caída de la Unión Soviética en 1991. La profunda crisis económica que azotó a la isla provocó la deserción de varios oficiales de inteligencia, tanto en el exterior como dentro de Cuba. Borges fue uno de los pocos capturados, y su negativa a continuar viviendo una doble vida selló su destino. A diferencia de otros militares que se quebraron bajo la presión carcelaria, él optó por mantenerse fiel a sus principios, lo que lo convirtió en un «mal ejemplo» para los oficiales activos y en un objetivo prioritario para la crueldad del sistema penitenciario.

El infierno del aislamiento y el costo familiar

Los primeros años de reclusión fueron los más desgarradores. Tras casi un año de investigación, fue trasladado a la prisión de Guanajay, donde permaneció 11 años, la mayor parte del tiempo en celdas de castigo y aislamiento. Encerrado en un espacio opresivo de apenas dos por tres metros, sin posibilidad de interactuar con otros reclusos para mitigar el trauma de los interrogatorios, Borges tuvo que construir un mundo interior para sobrevivir. La lectura y la reflexión filosófica se convirtieron en sus únicas herramientas para resistir el embate psicológico de sus carceleros.

El costo humano de su intransigencia fue devastador. En 2004, consciente de que pasaría décadas tras las rejas, autorizó a su hija, entonces de cuatro años, a viajar a Canadá con su madre. Fue una decisión desgarradora que implicó perder el contacto directo con ella; hoy, su hija tiene 31 años. Mantener la comunicación desde la prisión requería esfuerzos titánicos, como conseguir tarjetas telefónicas en divisas para poder escuchar su voz. Además, sufrió la incertidumbre de la cirugía a corazón abierto de su padre en España en 2010 y el dolor inmenso de la muerte de su madre en febrero de 2020, acontecimientos que vivió tras los barrotes.

La arbitrariedad del gobierno cubano se manifestó constantemente en la negación de beneficios legales. Borges no tuvo acceso a cambios de régimen penitenciario ni a la libertad condicional, derechos que la ley cubana contempla pero que el ejecutivo cubano manipula a su antojo en casos políticos. Solo fue trasladado a un campamento de trabajo después de 22 años de encierro, en 2020. Tras 10 meses en la «Zona Cero», anexa a El Combinado del Este, le revocaron el beneficio y lo devolvieron a la prisión común. Asimismo, fue sistemáticamente excluido de los canjes de espías y liberaciones de presos políticos que ocurrieron en 2014 y en años posteriores.

Contexto: La represión como pilar del régimen

El caso de Ernesto Borges no es un hecho aislado, sino el reflejo de la naturaleza represiva y totalitaria de la dictadura cubana. Desde la década de 1990, frente al colapso económico de la llamada «Período Especial», el régimen de La Habana endureció su maquinaria de control social y político. La utilización de penas desproporcionadas, el aislamiento en celdas de castigo y la negación de derechos penitenciarios son tácticas sistemáticas empleadas para silenciar la disidencia y castigar la deslealtad. La Seguridad del Estado opera sin contrapesos institucionales, convirtiendo el sistema judicial en un apéndice de la represión política.

Esta dinámica estructural se mantiene intacta en la actualidad. La crisis sistémica que vive la isla —caracterizada por una inflación galopante, el desabastecimiento crónico, el colapso de los servicios públicos y el éxodo migratorio masivo— ha sido respondida por las autoridades de la isla con un incremento en la vigilancia, la censura y el encarcelamiento de opositores. Las protestas del 11 de julio de 2021 demostraron que la respuesta institucional ante el descontento social es la cárcel y la criminalización de la protesta, perpetuando el mismo modelo de «escarmiento» que sufrió Borges hace más de dos décadas.

El control de la información y el uso del miedo son fundamentales para la supervivencia del régimen. Borges señala que poseía información clasificada y que su integridad moral representaba una amenaza para una institución militar acostumbrada a la obediencia ciega. La represión en Cuba no solo busca neutralizar al individuo, sino enviar un mensaje intimidatorio a la sociedad civil y a las filas del propio aparato estatal, demostrando que cualquier desviación de la ortodoxia será castigada con la máxima dureza.

La negativa a colaborar y el futuro

A partir de 2012, ante su inquebrantable postura, la dictadura cubana intentó un cambio de estrategia. Le ofrecieron repetidamente la posibilidad de colaborar con la Seguridad del Estado a cambio de abandonar el país. Borges rechazó la propuesta por tres razones fundamentales: su transformación política, el rechazo a ser responsable del sufrimiento de otras familias y la desconfianza absoluta en sus captores. «Sabía muy bien que eso les molestaba», admite. Su negativa a convertirse en instrumento de la represión garantizó que cumpliera la sentencia casi en su totalidad.

Tras recuperar la libertad, Borges afronta el reto de reconstruir una vida fracturada por casi tres décadas de injusticia. Su liberación deja al descubierto la crueldad de un sistema que castiga la conciencia y destruye vínculos familiares en nombre de la ideología. Mientras la comunidad internacional mantiene su escrutinio sobre la situación de los derechos humanos en Cuba, testimonios como el suyo son pruebas irrefutables de la urgencia de exigir al gobierno cubano la liberación incondicional de todos los presos políticos y el cese de las prácticas de tortura y aislamiento. Ernesto Borges ha pagado un altísimo precio, pero su mensaje es una victoria moral frente al terror de Estado: no lograron romperlo.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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