Rigoberto Senarega Madruga, referente indiscutible de la fotografía y el cine documental en Cuba, falleció en la madrugada de este lunes en La Habana a los 65 años de edad, víctima de un infarto cardíaco. Su deceso, confirmado por la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), marca una nueva pérdida para el sector cultural de la isla, sumido en una profunda crisis estructural y acosado por la falta de recursos, el éxodo migratorio y las restricciones impuestas por el régimen de La Habana.
Según el obituario emitido por el organismo estatal, el cuerpo de Senarega Madruga fue velado en la funeraria de Santa Catalina, con un sepelio previsto para las 3:00 p.m. Su partida ocurre en un contexto donde el colapso de los servicios públicos, incluida la atención médica de emergencia, es una constante que cobra la vida de cientos de ciudadanos diariamente, una tragedia silenciosa de la que ni siquiera las figuras más destacadas de la intelectualidad y el arte logran escapar.
Nacido en Matanzas en 1960, Senarega perteneció a una generación que intentó construir un puente audiovisual desde la base, sorteando las limitaciones materiales y el dogmatismo ideológico de la época. Licenciado en Geografía-Pedagogía en 1983, su verdadera vocación lo llevó a ser uno de los fundadores del movimiento de cine aficionado en Cuba y un miembro activo de los cine clubes durante la década de los 80. En ese periodo de efervescencia, logró filmar más de 20 obras en formato de 16 mm, abarcando tanto documentales como piezas de ficción, muchas de las cuales fueron reconocidas y premiadas por su notable calidad visual y sensibilidad.
Su trayectoria profesional se consolidó al ejercer como profesor de Fotografía en el Instituto Superior de Arte (ISA), formando a nuevas generaciones bajo un sistema educativo fuertemente vigilado por el gobierno cubano. A partir de 1984, inició su carrera formal en la productora TRIMAGEN, extendiendo posteriormente su colaboración hacia el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) y el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Estas instituciones, que durante décadas han servido en gran medida como aparatos de control y difusión del ejecutivo cubano, también funcionaron como refugios para talentos que buscaban subvertir los límites impuestos desde la impronta artística.
Un capítulo particular en su vida fue su participación como documentalista en la cobertura de la batalla de Cuito Cuanavale en Angola. Senarega fue enviado al conflicto africano por la dictadura cubana como parte de su maquinaria de guerra y propaganda internacional. Sin embargo, su mirada como artista logró trascender la consigna oficial en su documental Gracias por el miedo, una obra donde narró la experiencia humana y el terror de los corresponsales cubanos en el frente, despojando al conflicto bélico del heroísmo esterilizado que exigían las autoridades de la isla.
A pesar de las limitaciones del entorno nacional, su obra trascendió fronteras y fue reconocida tanto dentro como fuera de Cuba. Participó en festivales y muestras en países como España, Italia y Estados Unidos. Más allá de los encargos de las instituciones oficiales, Senarega logró prestar servicios para televisoras internacionales de la talla de NBC, BBC y Televisión de Galicia, y produjo varios documentales de manera independiente. Su filmografía incluye más de 30 producciones, destacando títulos como Ecos (1987), Un pedazo de mí (1989), La Americana (1990), Enigma (1996), Los dioses rotos (2008), Los últimos gaiteros de La Habana (2004) y la serie documental de 20 capítulos Pensar con el corazón, entre otras.
La noticia de su fallecimiento ha generado reacciones de pesar en la comunidad artística, tanto dentro como fuera de la isla. El actor Héctor Noas, a través de su cuenta de Instagram, evocó los inicios de ambos a mediados de los años 80. «Hacíamos cine con Tomás Piard y todo lo que ello conllevaba: ilusiones y sacrificios», escribió Noas, resaltando no solo el talento sino la calidad humana de Senarega: «Fuiste un ser humano muy noble y solidario. Contigo se trabajaba maravillosamente». Esa mención a los «sacrificios» resume la historia de generaciones enteras de creadores que han intentado mantener viva la cultura en medio de la precariedad material y el asfixiante control político.
El colapso cultural y la diáspora del cine cubano
La muerte de Senarega ocurre en uno de los momentos más críticos para la cinematografía nacional. Las instituciones creadas en los primeros años de la revolución, como el ICAIC, hoy atraviesan un proceso acelerado de desinversión, abandono y pérdida de su capacidad productiva. La falta de recursos para la realización, el envejecimiento del equipamiento técnico, los apagones constantes y la censura previa han provocado un éxodo masivo de directores, fotógrafos, guionistas y técnicos hacia el exilio.
Quienes permanecen en la isla deben lidiar con una inflación galopante que hace imposible la supervivencia con los salarios del sector estatal, además de enfrentarse a una burocracia que penaliza cualquier intento de expresión que se desvíe del discurso oficial de la dictadura. La trayectoria de Senarega es testimonio del deterioro progresivo del país: desde la euforia de los cine clubes en los 80, pasando por el trauma del Período Especial en los 90 —que diezmó la producción audiovisual—, hasta la actual crisis multidimensional. El régimen de La Habana ha preferido destinar sus escasos recursos a la infraestructura turística y a los aparatos represivos antes que al sostenimiento de la industria cultural.
La crisis sanitaria y la pérdida de figuras clave
Además de la asfixia cultural y la precariedad material, la situación sanitaria juega un papel determinante en la pérdida de figuras como Senarega. Un infarto cardíaco a los 65 años, en cualquier otro contexto o país con un sistema de salud funcional, podría tener un pronóstico favorable con una atención médica oportuna. Sin embargo, el colapso del sistema de salud cubano, afectado por la falta de medicamentos, ambulancias que no llegan a tiempo, salas de emergencia saturadas y hospitales en condiciones deplorables, reduce drásticamente las posibilidades de supervivencia ante emergencias cardiovasculares.
El gobierno cubano ha demostrado ser incapaz de garantizar la seguridad sanitaria básica de su población, una crisis que afecta por igual al ciudadano común y a los referentes de la intelectualidad. La falta de transparencia en las estadísticas de mortalidad y el abandono de la atención primaria son factores estructurales que pesan sobre cada vez más hogares cubanos que ven partir a sus familiares prematuramente.
Un legado visual en medio de la decadencia institucional
Rigoberto Senarega deja un legado visual ineludible, construido a base de «ilusiones y sacrificios», como bien apuntó su colega Héctor Noas. Su partida es un recordatorio de cómo la dictadura cubana ha desperdiciado, marginado y forzado al exilio a sus mejores talentos, obligándolos a desenvolverse en un sistema que prioriza la lealtad ideológica sobre el mérito artístico y la libertad de creación.
Mientras la isla continúa sumida en un ciclo de represión, desabastecimiento y crisis económica sin solución a corto plazo, la pérdida de este documentalista y fotógrafo simboliza el lento pero inexorable apagón cultural que sufre la nación. Las futuras generaciones de cineastas cubanos tendrán la tarea de reconstruir una industria en ruinas, un desafío que solo podrá superarse cuando se restablezcan las libertades democráticas, se desmonte el aparato censor y se reconstruyan las instituciones sobre bases de transparencia, pluralidad y respeto absoluto a la creación artística.



