Jesús Gilberto García Alonso, uno de los últimos sobrevivientes del legendario yate Granma que en 1956 transportó a Fidel Castro y sus hombres desde México hacia las costas orientales de Cuba, falleció este viernes en La Habana a los 95 años de edad. Su muerte pone fin a una trayectoria vital estrechamente ligada a los orígenes y consolidación del sistema político que ha gobernado la isla durante más de seis décadas, y que la prensa oficial despidió elogiando su «lealtad absoluta» a los hermanos Castro.
El deceso fue confirmado a través del sitio web del Partido Comunista de Cuba (PCC), donde se publicó una nota necrológica que repasa la biografía del fallecido y resalta su pertenencia al grupo fundacional de la llamada Revolución. Según ese relato oficial, García Alonso nació en 1930 y su primer contacto con Fidel Castro se produjo alrededor de 1950, cuando el entonces joven abogado lo patrocinó en un litigio laboral contra el Ministerio de Trabajo por un despido injustificado. Ese vínculo personal marcó el inicio de una adhesión política que se prolongaría por el resto de su vida.
Antes de incorporarse a la lucha armada contra el gobierno de Fulgencio Batista, García Alonso militó en el Partido Ortodoxo, formación política de corte nacionalista fundada por Eduardo Chibás, y posteriormente en el Movimiento 26 de Julio. Durante esa etapa participó en actividades de apoyo logístico a la insurrección, incluyendo colectas de fondos, manifestaciones públicas y la adquisición de armamentos tras el fallido asalto al cuartel Moncada en julio de 1953, episodio que marcó el lanzamiento público de Castro como líder opositor.
Del exilio mexicano al desembarco del Granma
En junio de 1956, García Alonso fue enviado a México como parte de los preparativos para la expedición que pretendía iniciar la guerra de guerrillas en la Sierra Maestra. Desde las costas mexicanas partió el 25 de noviembre de ese mismo año a bordo del yate Granma, junto a Fidel Castro, Raúl Castro, Ernesto «Che» Guevara y otros 79 expedicionarios. El desembarco, ocurrido el 2 de diciembre en Las Coloradas, fue un desastre militar inmediato: la mayoría de los integrantes del grupo fue asesinada, capturada o dispersada por las fuerzas del ejército batistiano antes de llegar a la sierra. Solo una veintena logró replegarse y reorganizarse.
Tras el triunfo del movimiento rebelde el 1 de enero de 1959, el proceso político encabezado por Fidel Castro derivó rápidamente en un régimen de partido único, eliminación de libertades públicas, confiscación de propiedades y concentración de poder sin precedentes en la historia republicana de Cuba. García Alonso, como muchos de los expedicionarios sobrevivientes, fue incorporado a las estructuras del nuevo Estado. Prestó servicios en el Ejército Rebelde destinado en la Isla de Pinos, luego en la Aviación y finalmente en el Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde (DIER), organismo de inteligencia militar donde alcanzó el grado de capitán.
Una carrera dentro del aparato de poder
La trayectoria institucional de García Alonso refleja el patrón habitual del régimen cubano de recompensar a los miembros del grupo fundacional con cargos de confianza dentro del aparato estatal, independientemente de su formación técnica o competencia profesional específica. Entre 1981 y 1982 se desempeñó como jefe del Departamento de América del Sur en el Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX), y posteriormente, entre 1983 y 1985, ocupó el cargo de embajador en Cabo Verde, pequeño país africano con el que el gobierno cubano mantenía vínculos en el marco de su política exterior de alineamiento con el bloque soviético y apoyo a movimientos de liberación en el continente africano.
Tras su jubilación en 1988, García Alonso fue incorporado a la Dirección Provincial de Atención a Combatientes en Ciudad de La Habana, un organismo dedicado a la asistencia y control de los veteranos de la llamada lucha insurreccional. Esta estructura, mantenida por el Estado durante décadas, ha servido simultáneamente como mecanismo de bienestar social para los excombatientes y como instrumento de cohesión ideológica dentro de un sector cuya lealtad política resulta estratégica para la legitimidad narrativa del régimen.
Como miembro fundador del Partido Comunista de Cuba, García Alonso recibió a lo largo de su vida múltiples condecoraciones y reconocimientos por su servicio al Estado. La prensa estatal informó que su cadáver será cremado y sus cenizas depositadas de manera transitoria en el Panteón de los Veteranos de la Necrópolis de Colón, uno de los recintos funerarios más emblemáticos de La Habana, reservado para figuras destacadas dentro del panteón oficialista.
El culto a la lealtad como pilar del régimen
Los reportes oficiales difundidos tras su muerte destacaron lo que consideran sus virtudes principales: «lealtad absoluta a Fidel y Raúl, su defensa permanente de la unidad entre los revolucionarios y su consagración hasta el último aliento a las tareas que la Revolución le encomendó». Esta formulación revela uno de los rasgos definitorios de la cultura política impuesta por la dictadura cubana desde sus orígenes: la exaltación de la lealtad personal y la obediencia incondicional como valores supremos, por encima de cualquier noción de rendición de cuentas, pluralismo o control institucional sobre el poder. En ese esquema, la pertenencia al grupo de los expedicionarios del Granma funciona como un título de nobleza política que garantiza prestigio y privilegios, pero que también exige sumisión absoluta a la línea marcada por la cúpula dirigente.
La desaparición progresiva de los expedicionarios originales coincide con una de las etapas más críticas de la historia reciente de Cuba. Mientras la prensa oficial rinde homenaje a figuras como García Alonso y reafirma su relato fundacional, la población de la isla enfrenta una crisis estructural sin precedentes: inflación descontrolada que ha erosionado drásticamente el poder adquisitivo de los salarios, desabastecimiento crónico de alimentos, medicamentos y combustible, colapso del sistema eléctrico con apagones prolongados que afectan a todo el territorio nacional, y un éxodo migratorio masivo que ha llevado a cientos de miles de cubanos a abandonar el país en los últimos años, principalmente hacia Estados Unidos, pero también hacia América Latina y Europa.
El contraste entre el relato fundacional y la realidad actual
La muerte de García Alonso ocurre en un momento en que el gobierno cubano atraviesa una crisis de legitimidad cada vez más evidente. Las promesas de soberanía popular, prosperidad económica y justicia social que acompañaron al discurso revolucionario desde 1959 contrastan de manera abrupta con la realidad que viven hoy los ciudadanos. La concentración del poder en manos de una élite no elegida mediante sufragio libre, la represión sistemática contra activistas, periodistas independientes y opositores políticos, y la incapacidad del modelo económico estatal para garantizar niveles mínimos de bienestar material han generado un descontento social que las autoridades han intentado contener mediante una combinación de control policial, censura informativa y apelación retórica al pasado heroico.
En este sentido, la figura de los expedicionarios del Granma cumple una función simbólica central para el régimen. Su supervivencia es utilizada como puente viviente entre el mito de origen y el presente, como prueba de continuidad entre la gesta insurreccional contra Batista y el gobierno actual encabezado por Miguel Díaz-Canel. Sin embargo, ese recurso narrativo muestra signos evidentes de agotamiento. Las nuevas generaciones de cubanos, que no vivieron los acontecimientos de los años cincuenta y que experimentan cotidianamente las consecuencias del modelo impuesto por aquella generación, mantienen un vínculo cada vez más tenue con esa memoria oficial.
El fallecimiento de figuras como García Alonso representa también un proceso de transición generacional dentro de las estructuras de poder de la isla. A medida que desaparecen los protagonistas directos de la lucha armada, el régimen pierde uno de sus principales argumentos de legitimación histórica y se ve obligado a sostener su autoridad sobre bases cada vez más frágiles: el control de las fuerzas de seguridad, el monopolio sobre los medios de comunicación y la inexistencia de canales institucionales para la alternancia política. La ausencia de mecanismos democráticos se ha vuelto particularly visible en los últimos años, tras las protestas del 11 de julio de 2021, que fueron reprimidas con dureza y dejaron a cientos de ciudadanos procesados y encarcelados por el delito de ejercer su derecho a la manifestación pacífica.
El legado incómodo de una revolución incumplida
La biografía de Jesús Gilberto García Alonso encapsula, en cierto modo, la trayectoria completa de la Revolución Cubana: desde la insurrección contra una dictadura militar hasta la construcción de un sistema autoritario que ha perdurado 66 años en el poder. Su paso por las estructuras militares, diplomáticas y partidistas del Estado ilustra cómo el grupo que llegó al poder en 1959 se transformó en una nueva clase dirigente, con sus propios mecanismos de reproducción, sus jerarquías internas y sus códigos de lealtad. El expedicionario del Granma que en su juventud luchó contra la arbitrariedad de Batista terminó sirviendo a un régimen que ha ejercido el poder sin contrapesos institucionales ni rendición de cuentas durante más de medio siglo.
La comunidad internacional ha mantenido posiciones diversas frente a la situación cubana. Mientras organismos como la ONU y organizaciones de derechos humanos han documentado de manera reiterada las violaciones sistemáticas a las libertades fundamentales en la isla, algunos gobiernos de la región continúan priorizando la diplomacia y el diálogo bilateral sin condicionar sus relaciones a avances concretos en materia democrática. La muerte de los últimos expedicionarios del Granma ofrece una oportunidad para reflexionar sobre el balance de más de seis décadas de régimen castrista: un país que sacrificó sus libertades públicas en nombre de un proyecto de emancipación social y que hoy enfrenta pobreza generalizada, dependencia económica exterior y la pérdida de una parte significativa de su población por la vía del exilio.
Con la desaparición de García Alonso, el círculo de testigos directos del desembarco del Granma se reduce aún más. Quedan muy pocos sobrevivientes de aquella expedición que cambió el rumbo de la historia de Cuba. Lo que permanece, en cambio, es el legado contradictorio de aquel acontecimiento: una promesa de justicia y soberanía que derivó en una de las dictaduras más prolongadas del hemisferio occidental, y una sociedad que hoy busca caminos para recuperar los derechos que le fueron arrebatados en nombre de una revolución que, como sus protagonistas originales, se apaga lentamente sin haber cumplido lo que prometió.

