Cuatro testimonios recogidos en la isla exponen la grave vulnerabilidad de los ciudadanos que padecen enfermedades crónicas, cáncer y discapacidades. La falta de medicamentos, equipos médicos, transporte y asistencia social evidencia el deterioro terminal del sistema sanitario y la indolencia de las autoridades cubanas ante una crisis que cobra vidas en silencio.
El sistema de salud pública en Cuba, otrora presentado por el Estado como uno de los principales logros de su modelo social, atraviesa un colapso sin precedentes que afecta de manera letal a la población más vulnerable. Ciudadanos que padecen enfermedades graves y discapacidades han denunciado la absoluta falta de medicamentos, equipos médicos, transporte y asistencia social, una situación que agrava padecimientos que requieren atención permanente y pone en riesgo directo sus vidas. Los relatos de los pacientes dibujan un panorama de desamparo total, donde la burocracia y la inoperancia gubernamental se convierten en una sentencia de muerte.
Entre los casos más críticos se encuentra el de una mujer diagnosticada en 2014 con bronquiectasia cilíndrica, cáncer de pulmón, hipertensión, una enfermedad cardíaca y episodios de formación de coágulos. Su condición provoca graves dificultades respiratorias que, en sus momentos más agudos, han requerido la inyección de epinefrina en ambos brazos para reanimarla. Sin embargo, la paciente carece de acceso a los recursos básicos para su supervivencia. «No tengo oxígeno, el balón está vacío. Me prestaron este aparatico y no hay goticas de salbutamol para echarle», relató en referencia al nebulizador que necesita para mitigar sus crisis.
La situación de esta paciente ilustra no solo la carestía médica, sino también la inexistencia de una red de apoyo social funcional. La mujer requiere una silla de ruedas y un acompañante permanente, pero las autoridades de la isla le niegan la asistencia bajo el argumento de que vive con su esposo. «Requiero hasta de una silla de ruedas y no hay. Requiero un acompañante permanente, pero no tengo comida para darle al asistente que venga a cuidarme. No hay ayuda ni nada porque tengo marido», lamentó. Durante un solo año, su deteriorado estado de salud la obligó a ser ingresada en nueve ocasiones, un dato que contrasta con la nula atención preventiva que recibe en la actualidad.
El impacto letal de la crisis energética y la desnutrición
A la escasez de insumos médicos se suman los apagones prolongados, que representan un peligro inminente para quienes dependen de equipos para respirar o mantener sus tratamientos. Sin electricidad y sin una fuente de oxígeno, la paciente con cáncer de pulmón solo puede intentar mantener la calma y buscar un lugar con mayor ventilación en la calle. «En crisis, en apagones, pidiéndole a Dios y tratando de estar tranquila. Me tengo que sentar afuera porque la falta de aire es muy grande, rogándole a Dios que me dé fuerza», contó. Esta realidad expone cómo la dictadura cubana, al no garantizar un servicio eléctrico estable ni suministros médicos básicos, viola sistemáticamente el derecho a la vida y a la salud de sus ciudadanos.
Otro de los testimonios expone la crudeza de la crisis desde la perspectiva de la niñez. La madre de una niña con una enfermedad poco común que provoca convulsiones relató que tuvo que trasladarse por sus propios medios hasta Santa Clara para conseguir un diagnóstico. La menor depende completamente de ella para las actividades cotidianas, pero el sistema sanitario local ha sido incapaz de proveer el tratamiento necesario. «El medicamento para mi niña lo he cogido aquí en la farmacia cuatro veces, como mucho, desde que se detectó la enfermedad. El medicamento que tiene es porque yo lo he comprado o me lo han regalado, no porque aquí me lo hayan dado», denunció.
El mercado negro y la inflación galopante actúan como el único mecanismo de acceso a medicamentos, pero a precios inalcanzables. Un frasco de 30 pastillas para la menor cuesta unos 4.000 pesos, mientras que una presentación de 60 tabletas puede alcanzar los 10.000 pesos. La ayuda económica que el gobierno cubano otorga por el cuidado de la hija es de apenas 2.795 pesos mensuales, una cifra irrisoria frente a la inflación que azota al país. «Yo no puedo trabajar porque ella depende de mí para todo», señaló la madre, quien además denunció que la niña no recibe pañales ni la dieta especial que requiere. La última entrega de asistencia social, compuesta únicamente por arroz, chícharos y aceite, ocurrió en noviembre.
Salones cerrados y equipos averiados: el abandono del enfermo oncológico
El desabastecimiento también impacta de lleno en la atención hospitalaria. Un hombre operado de cáncer labial relató que su tratamiento de seguimiento permanece detenido porque los salones quirúrgicos están cerrados y los equipos médicos necesarios se encuentran averiados. «Ahora tengo que volver al otro proceso, pero no hay condiciones. Los salones están cerrados porque no hay medicamentos, no hay nada para operar. Los aparatos que tienen que hacerme las radiaciones aquí en el cuello están rotos», explicó. El paciente sufre el conocido «peloteo», siendo enviado de un centro médico a otro sin recibir una solución, mientras observa cómo la enfermedad avanza sin freno.
A la inoperancia del sistema sanitario se suma el colapso del transporte público. El paciente oncológico denunció que no existen ambulancias disponibles para traslados médicos y que los precios del transporte privado son inalcanzables para los enfermos. «Uno no puede darse el lujo de estar yendo de un hospital al otro. No hay transporte y los transportes están carísimos. Están maltratando a uno, porque eso es maltrato: tú, con tu enfermedad, tienes que ir y no hay una ambulancia, no hay nada», expresó. Esta falta de logística es una política de facto del régimen de La Habana, que traslada la responsabilidad de la supervivencia al ciudadano, desentendiéndose de sus obligaciones básicas.
Un cuarto testimonio, el de un hombre hipertenso, diabético y con una discapacidad física, confirma la desesperanza generalizada. Ante el desabastecimiento crónico de medicamentos para la diabetes y la hipertensión, el paciente se vio obligado a suspender su tratamiento clínico y recurrir a la automedicación tradicional. «Los diabéticos no tenemos derecho a nada. No podemos desayunar porque no tenemos nada», afirmó. Ante la falta de pastillas, comenzó a consumir un remedio elaborado con albahaba morada para intentar aliviar la fatiga inmensa que padece. «Dejé de tomar pastillas porque no hay. Estoy tomando albahaca morada», relató, evidenciando el retroceso sanitario al que el ejecutivo cubano ha sometido a la población.
Contexto: El mito sanitario derrumbado por la crisis estructural
Estos cuatro testimonios no son casos aislados, sino el reflejo de una crisis estructural profunda que ha destruido el tejido social y sanitario de la isla. Durante décadas, el gobierno cubano utilizó el sistema de salud como principal herramienta de propaganda internacional, ocultando bajo un manto de cifras manipuladas la creciente precariedad de los hospitales, la falta de especialistas debido al exilio médico, y el desabastecimiento crónico. La caída del turismo tras la pandemia, el endurecimiento del embargo financiero de Estados Unidos y, sobre todo, la ineficiencia del modelo económico centralizado, provocaron una inflación que superó el 300% en productos básicos, dejando a la población sin poder adquisitivo para suplir las carencias del Estado.
La crisis del sistema de salud es inseparable del colapso de los servicios públicos. Los apagones diarios, que en algunas provincias superan las 12 horas, paralizan los equipos de soporte vital en los hogares y saturan los hospitales, que operan con generadores que carecen de combustible. La falta de mantenimiento de la infraestructura hospitalaria, denunciada por médicos y enfermeros que han migrado masivamente, ha convertido a los centros asistenciales en lugares inseguros. La dictadura cubana prioriza la represión, la censura y el sostenimiento del aparato burocrático sobre la vida de sus ciudadanos, destinando recursos mínimos a la atención primaria y a la importación de medicamentos.
El abandono de los pacientes crónicos, oncológicos y discapacitados representa una violación flagrante de los derechos humanos. El régimen de La Habana no garantiza el derecho a la salud, sino que obliga a los ciudadanos a depender de la solidaridad familiar, de remesas desde el extranjero o de la caridad internacional para sobrevivir. La indiferencia institucional ante la madre que mendiga una vivienda digna para su hija con convulsiones, o ante el hombre que ve crecer su cáncer sin poder operarse, demuestra la deshumanización del sistema. Para los cubanos enfermos, la escasez no es un fenómeno económico abstracto; es una amenaza cotidiana que acelera el deterioro de sus cuerpos y acorta sus vidas bajo la mirada cómplice e inmutable de las autoridades.