Lunes, 21 de septiembre de 2026
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A los 106 años, Amelia del Castillo recuerda la Cuba republicana que la dictadura intentó borrar

A los 106 años, Amelia del Castillo recuerda la Cuba republicana que la dictadura intentó borrar

Con la lucidez asombrosa de quien ha transitado más de un siglo de historia, Amelia del Castillo, nacida en 1920 en el seno de una familia fundadora de la República de Cuba, ofrece un testimonio invaluable desde su exilio en Miami. Hija de un coronel del Ejército Nacional que combatió en la Guerra de Independencia de 1895, su memoria preserva los detalles de una Cuba institucional, democrática y culturalmente vibrante que el régimen de La Habana ha pretendido sistemáticamente erase de la conciencia colectiva de la isla.

Amelia Núñez del Castillo Rosado cumple este año 106 años de vida. Su longevidad, lejos de ser una mera anécdota biológica, representa un puente viviente entre la Cuba republicana —aquella que emergió del sacrificio independentista y construyó instituciones, escuelas, cuarteles y una vida cultural propia— y la diáspora contemporánea, obligada al exilio por el fracaso del proyecto totalitario impuesto en 1959. Su voz, firme y clara, conserva el tono de quien creció escuchando el toque de diana en el cuartel Columbia y los sones del Trío Matamoros en celebraciones familiares que ya ningún cubano de la isla puede recordar directamente.

Su padre, Rafael del Castillo Márquez, regresó de la Guerra de Independencia de 1895 para convertirse en uno de los fundadores del Ejército Nacional de la República. Hijo de Evaristo Núñez del Castillo y Conchita Márquez, propietarios del cafetal Derraigan, quedó huérfano a los cinco años junto a otros ocho hermanos. Pese a esa adversidad temprana, se incorporó a la lucha libertadora como ayudante del general Juan Bruno Zayas y, tras la intervención norteamericana de 1898 a 1902, fue designado coronel del distrito militar de Santiago de Cuba primero y de Matanzas después. Ese itinerario militar explica por qué Amelia nació el 14 de junio de 1920 en Matanzas, en una casa de la calle Milanés, justo frente a la que viera nacer al poeta José Jacinto Milanés. «Fue como una premonición», afirma ella, pues la poesía ha sido el género literario que más ha cultivado a lo largo de su dilatada vida.

La infancia en Columbia: una Cuba que dejó de existir

Tras apenas año y medio en Matanzas, la familia se trasladó a La Habana, específicamente al cuartel militar de Columbia, en Marianao. Allí, en las afueras del núcleo del recinto, su padre mandó construir la casa familiar. Amelia recuerda con precisión fotográfica las primeras edificaciones de madera estilo bungalow que los norteamericanos levantaron durante el periodo de ocupación, las barracas de los soldados a la izquierda de la entrada, las casas de los oficiales a la derecha y, entre ambas, el enorme polígono. Aquellas instalaciones fueron transformadas en 1933 en construcciones más modernas, aunque para entonces su padre ya había erigido la casa nueva donde la familia residiría.

El coronel Rafael del Castillo Márquez, padre de la entrevistada (Foto: Cortesía)

El coronel Rafael del Castillo Márquez, padre de la entrevistada (Foto: Cortesía)

Un detalle revelador del carácter de su padre ilustra el espíritu republicano que impregnó la educación de Amelia. Cuando el arquitecto colocó en el frontón de la casa el escudo de los Núñez del Castillo, pensando en halagar al coronel, este le ordenó tajantemente que lo retirara. El escudo se transformó entonces en una extraña cabeza de soldado con un lagarto sin significación alguna. Su padre prefería cualquier cosa antes que los blasones que le recordaran la Corona española contra la que había combatido. Ese rechazo a los símbolos coloniales y esa fidelidad al proyecto republicano marcaron profundamente la formación cívica de Amelia, quien durante años se levantó con el toque de diana y se acostó con el toque de queda, aprendiendo desde niña el significado de la disciplina militar al servicio de la nación y no de un hombre o un partido.

El Machadato y la lealtad institucional del Ejército republicano

El testimonio de Amelia sobre el periodo machadato ofrece una perspectiva poco conocida sobre la actuación del Ejército republicano durante la crisis política de los años treinta. Su padre, con filiación política liberal, mantenía sin embargo una lealtad institucional al gobernante electo. Cuando Mario García Menocal fue presidente y estalló la llamada Guerrita de la Chambelona, solicitó al coronel Del Castillo que contuviera a los revoltosos. Este cumplió con su deber y, cuando Menocal quiso condecorarlo con una medalla, respondió con una frase que Amelia conserva como patrimonio moral: «No, gracias, no se reciben medallas por cumplir con su deber».

El episodio más revelador de su relato es, sin embargo, la anécdota directa sobre Gerardo Machado. Amelia tenía 12 años cuando cerraron todos los centros educativos por la convulsión política. Recuerda perfectamente cuando Machado, aferrado al poder, acudió al cuartel Columbia para preguntar al coronel Del Castillo qué posibilidades tenía de que el Ejército lo respaldara en caso de revolución. La respuesta fue contundente y sin ambages: «En Columbia no cuentas con nadie. Déjate de bobería y acábate de ir porque te van a matar». Su padre, que cada sábado visitaba el Palacio Presidencial en tranvía, sin escoltas, terminó por romper esa costumbre cuando Machado decidió la prórroga de poderes para eternizarse en el cargo. Esa lección de institucionalidad —un militar que respeta al poder civil pero que no lo acompaña en el abuso— contrasta dramáticamente con la subordinación absoluta de las fuerzas armadas cubanas al aparato represivo de la dictadura actual.

Amelia Rosado Mojena, madre de la entrevistada (Foto: Cortesía)

Amelia Rosado Mojena, madre de la entrevistada (Foto: Cortesía)

La formación educativa de una generación privilegiada

Amelia relata con detalle su trayectoria educativa, que refleja la diversidad y calidad del sistema escolar cubano de la primera mitad del siglo XX. Sus primeros años, incluido el kínder, los cursó en la escuela del cuartel Columbia, rodeada de los hijos e hijas de oficiales. Posteriormente estudió tres años, hasta 1928, en el colegio de Las Ursulinas, centro que tuvo una influencia profunda en ella, hasta el punto de conservar aún en su cuarto un retrato de Santa Teresita de Jesús. Su hermana mayor, casada con el doctor Severo Pina, la inscribió luego en el colegio Sepúlveda, cuyas dueñas, Adelaida y Adelina Sepúlveda, no eran normalistas como la mayoría de las directoras de centros educativos cubanos, sino auténticas pedagogas con formación especializada.

Este recorrido educativo —escuela militar, colegio religioso, institución laica con pedagogas profesionales— ilustra la pluralidad de opciones que existían en la Cuba republicana y que fueron suprimidas tras 1959, cuando el gobierno cubano monopolizó la educación y la convirtió en instrumento de indoctrinación ideológica. La posibilidad de elegir el modelo educativo para los hijos, hoy inexistente en la isla, era entonces un derecho natural que ninguna familia cuestionaba. La contraposición entre aquella diversidad pedagógica y el actual sistema uniformado de educación estatal obligatoria resulta especialmente significativa a la luz del deterioro que sufre hoy la enseñanza en Cuba, afectada por el desabastecimiento, la falta de maestros y la prioridad asignada al adoctrinamiento sobre la formación académica.

La escritora centenaria y el exilio cultural

Amelia del Castillo no es solo una testigo de la historia: es también una escritora y poeta activa que, incluso a sus 106 años, continúa produciendo obra literaria. Desde finales de la década de 1990, fue asidua a las actividades del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio, fundado en 1997 y dirigido por el poeta y exprisionero político Ángel Cuadra. Junto a figuras como la poeta Eyda Machín, el escritor Luis de la Paz, la periodista Olga Connor y el propio Cuadra, participó en presentaciones de libros en el Koubek Center y en la Casa Bacardí de la Universidad de Miami. Su presencia en esos espacios culturales del exilio representaba un puente entre la Cuba literaria de la República y la producción cultural de la diáspora, que el régimen de La Habana ha intentado sistemáticamente invisibilizar o desacreditar.

Amelia del Castillo en una fiesta en el Miramar Yacht Club de La Habana, en 1940 (Foto: Cortesía)

Amelia del Castillo en una fiesta en el Miramar Yacht Club de La Habana, en 1940 (Foto: Cortesía)

Su libro de memorias, titulado «Detrás de la memoria», recoge buena parte de estos recuerdos familiares y históricos. A sus 106 años, Amelia recuerda con asombrosa claridad cada detalle, desplazándose sin ayuda y demostrando una vitalidad que desafía toda explicación médica. «A los 106 años soy el conejillo de Indias de los médicos», comenta con humor, mientras muestra en su teléfono móvil el sitio web donde aparece su biografía y un resumen de su obra literaria. Su hijo mayor, Ernesto Martín del Castillo, gestiona la publicación de un libro manuscrito que ella ya ha entregado y que permanece inédito, una situación que ella le recuerda con insistencia.

Contexto: la memoria como resistencia frente al relato oficial

El testimonio de Amelia del Castillo adquiere una relevancia particular en el contexto actual de Cuba, donde el régimen de La Habana ha construido durante más de seis décadas un relato oficial que distorsiona, omite o falsifica la historia de la República. La narrativa del poder presenta el periodo republicano como una era de corrupción, subdesarrollo y dependencia neocolonial, borrando deliberadamente los logros institucionales, educativos, sanitarios y culturales que posicionaron a Cuba entre los países más avanzados de América Latina en la primera mitad del siglo XX. Voces como la de Amelia —testigos directos de aquella realidad— constituyen una forma de resistencia memorial frente a la manipulación histórica del Estado.

La dictadura cubana ha comprendido siempre el peligro que representa la memoria viva. Por ello ha promovido la sustitución generacional del recuerdo, aprovechando el exilio masivo y el envejecimiento de quienes nacieron en la República para consolidar su versión monopolica de la historia. Cada cubano centenario que fallece sin dejar testimonio es una fuente primaria que se pierde para siempre. La labor de documentar estas experiencias —como ha hecho quien ha entrevistado a Amelia como sujeto número 106 de una serie dedicada a preservar la memoria— resulta esencial para contrarrestar la maquinaria propagandística del gobierno cubano y para ofrecer a las nuevas generaciones una visión completa y honesta de su pasado nacional.

Un siglo de Cuba en una sola vida

La trayectoria vital de Amelia del Castillo sintetiza, en cierto modo, la tragedia cubana del siglo XX y lo que va del XXI. Nacida en la República que sus padres ayudaron a fundar, educada en un sistema plural y de calidad, formada en el respeto a la institucionalidad y al servicio público, tuvo que marchar al exilio cuando la dictadura destruyó el marco cívico y económico que sustentaba la vida nacional. Su padre, coronel del Ejército republicano, representaba una tradición militar subordinada al poder civil y comprometida con la soberanía popular. Esa tradición fue aniquilada tras 1959, cuando las fuerzas armadas fueron convertidas en brazo represivo del partido único y sus doctrinas importadas.

El contraste entre el coronel Del Castillo —que visitaba el Palacio Presidencial en tranvía, sin escoltas, y que rechazaba condecoraciones por cumplir con su deber— y la cúpula militar que hoy controla la economía, la política y la represión en Cuba es tan elocuente como doloroso. Aquella Cuba de instituciones imperfectas pero perfeccionables, de discrepancias políticas sin persecución, de educación plural y de cultura floreciente, es la que Amelia preserva en su memoria y la que ofrece a quienes quieran escuchar, con la lucidez intacta de sus 106 años y la coquetería de quien muestra sus piernas sin arrugas y dice: «Mira, ni una vena».

El futuro de Cuba dependerá, en buena medida, de la capacidad de sus ciudadanos para recuperar esa memoria secuestrada y reconstruir un proyecto nacional sobre bases de libertad, pluralismo y respeto institucional. Mientras tanto, voces como la de Amelia del Castillo —cada vez más escasas, cada vez más valiosas— siguen resonando desde el exilio como un testimonio irrefutable de que otra Cuba fue posible y de que otra Cuba podrá serlo de nuevo. La comunidad internacional y las organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos humanos y la preservación del patrimonio cultural deberían prestar mayor atención a estos testimonios antes de que el tiempo los silencie definitivamente.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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