El refresco instantáneo en polvo, uno de los productos más consumidos por las familias cubanas como alternativa económica para la merienda escolar, ha desaparecido prácticamente de los establecimientos mayoristas de las mipymes en las últimas semanas, coincidiendo con el inicio del curso escolar y agravando aún más la precaria alimentación de millones de personas en la isla.
La ausencia de este producto, que durante años representó la opción más barata para preparar bebidas en los hogares cubanos, ha generado preocupación entre padres y madres que dependen de él para complementar la alimentación infantil. Con su desaparición, se suma una nueva carencia a la ya extensa lista de bienes básicos que escasean de forma crónica en el país, desde la leche en polvo hasta el pan de molde, pasando por el aceite comestible y los huevos.
Las mipymes mayoristas, que en los últimos años habían absorbido parte de la distribución de alimentos y productos de consumo que el Estado abandonó progresivamente, reportan desde hace semanas la imposibilidad de adquirir el refresco en polvo para revender. Los propietarios de estos negocios señalan que los proveedores no están entregando el producto, y cuando lo hacen, los precios resultan prohibitivos para la mayoría de la población.
Esta situación golpea de manera especial a las familias con hijos en edad escolar, para quienes el refresco instantáneo constituía una de las pocas alternativas viables para enviar algo de tomar en la mochila. Con la leche inexistente en el mercado minorista, el yogurt fuera del alcance de los salarios promedio y los jugos naturales convertidos en artículos de lujo, el refresco en polvo era el último recurso accesible.
Un sistema económico que no abastece ni protege
La desaparición del refresco en polvo no es un fenómeno aislado, sino el síntoma de una crisis económica profunda y estructural que el régimen de La Habana ha sido incapaz de resolver. El modelo centralizado, la dependencia de importaciones que el país no puede financiar, la caída de la producción nacional y la inflación galopante han convertido la alimentación básica en un desafío diario para la mayoría de los cubanos.
El gobierno cubano ha promovido las mipymes como una supuesta apertura hacia el sector privado, pero la realidad demuestra que estos negocios operan en un entorno hostil, con regulaciones cambiantes, impuestos elevados, falta de acceso a divisas y un sistema bancario que no facilita las transacciones. La ausencia de un mercado mayorista funcional y estable obliga a los emprendedores a depender de importaciones informales o de canales limitados que el propio Estado controla.
En este contexto, los productos que llegan a los anaqueles lo hacen con precios que superan ampliamente la capacidad adquisitiva de un trabajador cuyo salario promedio no alcanza para cubrir ni una semana de alimentación básica. El refresco en polvo, que en años anteriores podía adquirirse por unos pocos pesos, ahora cuando aparece se vende en moneda libremente convertible o a precios equivalentes en pesos cubanos que lo sitúan fuera del alcance de la mayoría.
El impacto silencioso en la infancia cubana
La desaparición de productos como el refresco en polvo tiene consecuencias que trascienden la incomodidad económica y se instalan en el terreno de la salud pública y la nutrición infantil. Aunque se trate de un producto procesado con alto contenido de azúcar y sin valor nutricional significativo, en la realidad cubana actual representa una fuente de calorías accesible que muchas familias utilizan para asegurar que sus hijos tengan algo en el estómago durante la jornada escolar.
La canasta básica familiar, que el Estado supuestamente garantiza a través del sistema de normados controlados, ha perdido progresivamente su contenido. Lo que alguna vez incluyó arroz, frijoles, azúcar, café, sal, aceite y productos cárnicos, hoy se reduce a porciones ínfimas que no alcanzan para cubrir ni una fracción de las necesidades mensuales. El refresco en polvo era uno de los productos que complementaba esa entrega insuficiente.
Organizaciones internacionales como el Programa Mundial de Alimentos y UNICEF han advertido en informes recientes sobre el deterioro de la seguridad alimentaria en Cuba, especialmente entre la población infantil y los adultos mayores. Sin embargo, la dictadura cubana ha mantenido una política de opacidad informativa, dificultando el acceso a datos actualizados sobre desnutrición, anemia y otras condiciones asociadas a la falta de acceso a alimentos.
La responsabilidad del régimen en el colapso del abastecimiento
La crisis de abastecimiento que hoy afecta a Cuba no es resultado exclusivo del embargo estadounidense, como insiste en repetir la propaganda oficial. Décadas de mala gestión, corrupción institucionalizada, priorización del sector turístico y militar sobre la producción de alimentos, y una negativa a implementar reformas estructurales genuinas han llevado al país a depender de importaciones que no puede sostener.
El régimen de La Habana ha preferido mantener el control político sobre la economía antes que liberalizar sectores clave que podrían aumentar la producción nacional de alimentos. Las tierras ociosas, que el gobierno distribuyó supuestamente para fomentar la agricultura, siguen en gran medida sin cultivarse debido a la falta de insumos, maquinaria, combustible y a la imposibilidad de los agricultores de decidir libremente a quién vender y a qué precio.
Mientras tanto, las autoridades de la isla continúan culpando a factores externos por una crisis que es fundamentalmente endógena. La desaparición del refresco en polvo, como la de tantos otros productos, responde a la incapacidad del sistema para garantizar cadenas de abastecimiento estables, a la inexistencia de un mercado mayorista competitivo y a la política de control cambiario que asfixia a los actores económicos privados y estatales por igual.
Un futuro alimentario cada vez más incierto
La perspectiva a corto plazo no ofrece motivos para el optimismo. Sin reformas estructurales que liberen las fuerzas productivas, sin acceso real a divisas para los actores económicos y sin transparencia en la gestión gubernamental, la escasez continuará profundizándose. Cada producto que desaparece del mercado deja un vacío que las familias intentan llenar con estrategias de supervivencia cada vez más extremas.
La comunidad internacional y los organismos de derechos humanos deberían prestar mayor atención a la crisis alimentaria cubana no como un asunto humanitario aislado, sino como consecuencia directa de las políticas de un régimen que prioriza su permanencia en el poder sobre el bienestar de su población. La desaparición del refresco en polvo es apenas un capítulo más de una historia de fracaso sistémico que demanda respuestas urgentes y accountability por parte de quienes han gobernado la isla durante más de seis décadas.