La Habana — Aitana Alberti León, hija de los intelectuales españoles Rafael Alberti y María Teresa León, falleció en La Habana a los 84 años. Su deceso ocurre tras cuatro décadas de residencia en la isla, un periodo en el que el régimen de La Habana la utilizó como símbolo de su panteón cultural, pese a la profunda paradoja de vivir en una nación que hoy expulsa a sus propios creadores.
Su muerte fue confirmada por el Centro Cultural Dulce María Loynaz, institución donde laboró por más de quince años. Nacida en Buenos Aires en 1941 durante el exilio de sus padres tras la Guerra Civil española, Alberti se estableció en Cuba en 1984 tras una invitación del poeta Nicolás Guillén, entonces al frente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Su radicación en el país fue autorizada personalmente por Fidel Castro.
Como poeta, traductora y promotora cultural, Alberti dedicó su vida a preservar la memoria de la Generación del 27 y del exilio republicano. En la isla, presidió la Cátedra Rafael Alberti en la Universidad de La Habana e impulsó diversos proyectos literarios. Para el gobierno cubano, su presencia representaba la incorporación de una pieza de prestigio vinculada a la izquierda internacional, fortaleciendo una narrativa oficial que buscaba legitimarse a través de la cultura.
La paradoja del exilio en la Cuba actual
Sin embargo, su biografía encierra una contradicción insoslayable. Hija del destierro, Alberti terminó sus días en un país que, bajo el control absoluto de la dictadura cubana, ha forzado a generaciones de intelectuales, artistas y periodistas al exilio. Mientras la prensa oficial la despedía como una figura esencial, la realidad de la isla muestra un escenario de censura, persecución política y falta de libertades que ha provocado una de las mayores diásporas culturales y sociales de la historia reciente del continente.
Aitana Alberti se definía a sí misma como argentina, española y cubana, aceptando con convicción su rol institucional. Su partida deja un vacío en los espacios literarios de la capital, pero también evidencia el contraste entre la Cuba que la acogió hace cuatro décadas y la nación actual. De cara al futuro, el país se enfrenta al agravamiento de su crisis estructural, con un colapso de servicios públicos y un endurecimiento de la represión estatal que seguirá empujando a sus ciudadanos y creadores hacia el exilio, profundizando el deterioro del tejido cultural nacional.