Un residente de Puerto Padre, en la provincia de Las Tunas, ha denunciado la inacción y la aplicación selectiva de la ley por parte de la Fiscalía Municipal ante los constantes abusos de un vecino que, al parecer, cuenta con respaldo político. Mientras los trabajadores humildes son sancionados con rapidez por alteraciones del orden, las quejas reiteradas contra individuos con presuntas influencias permanecen en el silencio absoluto, evidenciando la falta de independencia judicial y la crisis de legalidad que impera en la isla.
Desde junio de 2024 hasta abril de 2025, un ciudadano de la localidad de Puerto Padre ha ejercido de manera ininterrumpida sus derechos constitucionales de queja y petición ante la Fiscalía Municipal. El reclamante ha solicitado incluso la intervención del fiscal jefe, tras no obtener respuesta de sus subordinados, en cumplimiento estricto del artículo 61 de la Constitución de la República. Sin embargo, hasta la fecha, las autoridades de la isla han mantenido un silencio cómplice, violando flagrantemente el marco legal que supuestamente rige la nación y dejando a los ciudadanos en un estado de total desamparo.
Las quejas del residente se originan por los actos continuos de un vecino que, amparado en lo que parece ser una red de protección política, ha convertido el descanso de la comunidad en una tortura cotidiana. A altas horas de la madrugada, incluso durante los frecuentes apagones que azotan al país, este individuo despliega equipos de amplificación a todo volumen. La situación trasciende el mero ruido molesto; en reiteradas ocasiones, el agresor ha utilizado altavoces para lanzar mensajes intimidatorios y amenazantes contra los vecinos, instándolos a mudarse del barrio si no están conformes con su comportamiento, generando un ambiente de hostilidad y zozobra.
Esta impunidad contrasta de manera escandalosa con la rigurosidad con la que el régimen de La Habana aplica la ley a los ciudadanos comunes. En mayo del año pasado, la propia Fiscalía Municipal de Puerto Padre actuó con celeridad contra un grupo de trabajadores del «Almacén de la harina», perteneciente a la industria alimentaria. Estos empleados fueron sancionados por alteraciones del orden público que consistían en amplificación de música, cánticos y vulgares a altas horas de la noche. La diferencia en el trato evidencia una justicia de dos velocidades, donde el estatus, las conexiones y el dinero determinan la respuesta institucional.
Resulta paradójico, y profundamente revelador de la decadencia institucional, que el individuo que ahora actúa con total impunidad sea un residente en el extranjero o cubanoamericano. Mientras en Estados Unidos nadie, independientemente de su poder adquisitivo, podría perpetuar este tipo de francachelas sin enfrentar la intervención inmediata de la policía, en Cuba este sujeto hace lo que le place. El gobierno cubano, que en su discurso oficial fustiga constantemente a quienes emigran, tolera y protege a aquellos que traen divisas, permitiéndoles comportamientos que vulneran los derechos del cubano de a pie y que jamás se atreverían a tener fuera de la isla.
Este caso particular pone sobre la mesa la hipocresía de la supuesta cruzada oficial contra el «delito, la corrupción, las ilegalidades y las indisciplinas sociales». Si esta campaña fuera genuina y no una mera herramienta de propaganda para aparentar control, la Fiscalía General de la República, el Tribunal Supremo Popular y la propia cúpula del Partido Comunista deberían intervenir para restablecer el orden. Sin embargo, la dictadura cubana opera bajo una lógica donde la ley es un instrumento de control político y represión, no un mecanismo de justicia social o de defensa de la ciudadanía.
El colapso del orden público y la justicia bajo el régimen
El caso de Puerto Padre no es un hecho aislado, sino un síntoma más del profundo colapso institucional que atraviesa Cuba. La falta de separación de poderes garantiza que la Fiscalía y los tribunales actúen como apéndices del ejecutivo cubano, priorizando la lealtad ideológica y los intereses de la cúpula sobre el bienestar ciudadano. La impunidad para los aliados del régimen o para quienes poseen influencias y dinero se ha convertido en la norma, destruyendo el ya frágil tejido social y la convivencia pacífica entre vecinos.
Esta crisis de legalidad se entrelaza directamente con la severa crisis económica y social que sufre la nación. En medio de una inflación galopante, un desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, e interminables apagones energéticos, la ciudadanía se ve privada no solo de servicios básicos, sino también del derecho fundamental al descanso y a la salud mental. La incapacidad del Estado para garantizar un entorno pacífico y aplicar la ley de manera equitativa empuja a más cubanos a tomar la decisión de exiliarse, alimentando un éxodo migratorio sin precedentes que el régimen intenta minimizar pero que vacía al país de su fuerza productiva.
Antecedentes de la represión legal y la impunidad en Cuba
Históricamente, el sistema judicial en Cuba ha sido utilizado por la dictadura para reprimir a la disidencia política, silenciar a la prensa independiente y controlar a la sociedad civil, mientras se hace de la vista gorda ante la corrupción desenfrenada de los funcionarios y sus allegados. La Constitución de 2019, en su artículo 61, consagra el derecho de los ciudadanos a dirigir quejas y peticiones a las autoridades, exigiendo una respuesta oportuna. No obstante, en la práctica, este derecho es sistemáticamente violado, especialmente cuando las denuncias involucran a figuras con poder o a miembros de la nomenclatura que controlan los recursos a nivel local y municipal.
La prevaricación y el cohecho son males que corroen la base de la administración pública en la isla. Cuando un ciudadano acude a las instituciones competentes para exigir sus derechos y se encuentra con un muro de silencio, lo que en realidad enfrenta es la protección institucionalizada del abuso. Las fiscalías municipales, lejos de ser garantes de la legalidad, funcionan como filtros para proteger los intereses de la burocracia local, permitiendo que individuos con «capa protectora» política actúen por encima de la ley, tal como se denuncia en esta localidad tunera.
Implicaciones y consecuencias a futuro
La inacción de la Fiscalía en Puerto Padre envía un mensaje devastador a la ciudadanía: la ley en Cuba no protege al débil, sino que ampara al fuerte y al afín al poder. Mientras persista esta estructura de impunidad y abuso de poder, la confianza en cualquier proceso de supuesta institucionalización o democratización interna quedará completamente anulada. La frustración ciudadana ante la indolencia de las instituciones es un caldo de cultivo para el descontento social, que el régimen solo logra contener temporalmente mediante el miedo y la represión policial.
La comunidad internacional y las organizaciones defensoras de los derechos humanos deben continuar documentando estas violaciones cotidianas, que, aunque no alcancen la notoriedad de los juicios políticos a gran escala o las detenciones masivas, demuestran de manera fehaciente la naturaleza autoritaria y arbitraria del sistema. El restablecimiento de la legalidad en Cuba no será posible mientras el poder judicial permanezca secuestrado por los intereses del Partido Comunista, y mientras los ciudadanos continúen sufriendo la prepotencia de los privilegiados en medio de la profunda crisis estructural que asola al país.



