Las declaraciones del canciller Bruno Rodríguez Parrilla, quien hace cuatro años afirmó que «en Cuba no hay nadie pasando hambre», contrastan con la dramática realidad de miles de cubanos que sufren desnutución severa. Testimonios directos desde la isla evidencian un cuadro de caquexia y deterioro físico que las autoridades se niegan a reconocer, en medio de la peor crisis alimentaria de las últimas décadas.
Hace aproximadamente cuatro años, el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, declaró con total tranquilidad que en la isla nadie pasaba hambre. La afirmación, pronunciada con la serenidad de quien parece ignorar lo que ocurre en las calles de su propio país, quedó registrada como uno de los tantos desencuentros entre el discurso oficial y la realidad material que viven millones de cubanos. Hoy, cuando la crisis alimentaria ha alcanzado niveles sin precedentes, aquellas palabras resuenan con una crueldad que difícilmente puede seguir siendo ignorada.
Un testimonio reciente desde La Habana expone con crudeza lo que las estadísticas oficiales se niegan a reflejar. Un ciudadano cubano, en un acto de denuncia que le costó exponer su propio cuerpo deteriorado, publicó imágenes de su delgadez extrema, ya con los signos clínicos de la caquexia, ese estado de desnutución crónica que va más allá de la simple pérdida de peso y que compromete severamente las funciones vitales del organismo. La fotografía, tomada con un teléfono móvil, muestra el rostro demacrado, los pómulos prominentes por la ausencia de tejido graso y la evidente decadencia física de un hombre que se deshace un poco más cada día.
«En la imagen no se ve todo lo que siento», relata el testimonio. «No se puede ver toda la dimensión de mi cansancio, ese sopor que no es realmente un adormecimiento sino mucho más y, sobre todo, un peligro que podría ser mortal». Las palabras describen un estado de inanición que va acompañado de dolores corporales, debilidad extrema y un caminar zigzagueante que, según la propia experiencia del afectado, se asemeja al de alguien bajo los efectos del alcohol, pero que en realidad responde a la incapacidad del cuerpo para sostenerse ante la falta de nutrientes.
El silencio oficial ante la desnutición
El régimen de La Habana ha mantenido durante décadas una narrativa según la cual el sistema socialista cubano garantiza la alimentación básica de toda la población. Sin embargo, la realidad que muestran los mercados, las largas colas para adquirir productos de la canasta básica y los testimonios de ciudadanos comunes contradice frontalmente esa versión. La rationing card, conocida como «libreta de abastecimiento», cubre apenas entre cinco y diez días de alimentación mensual para una familia, obligando a la población a buscar alternativas en un mercado interno con precios inalcanzables para la mayoría de los salarios.
El ciudadano que decidió exponer su deterioro físico lo hizo precisamente para confrontar el discurso del canciller. «Tengo miedo a la muerte por inanición y el hambre», confiesa, «pero más le temo a ese andar lento y pesado de ahora, a las tripas que han dejado de sonar, como si supieran que ante cualquier advertencia que hagan no será correspondida». La descripción del silencio del estómago, esa resignación fisiológica ante la ausencia de alimentos, constituye uno de los pasajes más desgarradores del testimonio y refleja un cuadro clínico que, de no mediar intervención, puede derivar en consecuencias fatales.
La denuncia apunta directamente a lo que el autor describe como «esa realidad que, en Cuba, es el hambre», y señala con nombre y apellido a quienes desde posiciones de poder la niegan. «Tengo miedo a todos esos Brunos Rodríguez que son jefes y cancilleres de la indignidad», afirma, en un reproche que trasciende la figura individual del canciller para abarcar a toda la estructura gubernamental que sostiene un discurso desconectado de la realidad material que padecen los ciudadanos.
Una crisis alimentaria de proporciones estructurales
La situación que describe este testimonio no es un caso aislado. Cuba atraviesa la que muchos analistas consideran la peor crisis alimentaria de las últimas tres décadas, con un sistema de distribución colapsado, una producción nacional insuficiente y una dependencia creciente de importaciones que el gobierno cubano no puede financiar de manera sostenida. La escasez de productos básicos como arroz, frijoles, aceite, leche, huevos y pan se ha convertido en la norma, no en la excepción, y los precios de los alimentos disponibles en el mercado libre superan ampliamente la capacidad adquisitiva de la población.
El salario medio estatal en Cuba, que ronda los 4.500 pesos mensuales, resulta completamente insuficiente frente a una canasta básica cuyo costo mensual estimado supera los 12.000 pesos en el mercado informal. Esta brecha entre ingresos y precios ha empujado a amplios sectores de la población a reducir drásticamente el consumo de proteínas, grasas y otros nutrientes esenciales, generando un cuadro de desnutución que afecta especialmente a adultos mayores, niños y personas con enfermedades crónicas. La ausencia de datos oficiales actualizados sobre el estado nutricional de la población contribuye a invisibilizar un problema que, sin embargo, es evidente en las consultas médicas y hospitales de todo el país.
Antecedentes de un colapso anunciado
La crisis alimentaria actual hunde sus raíces en décadas de políticas económicas fracasadas, pero se ha agravado de manera acelerada en los últimos años. El llamado «Periodo Especial» de la década de 1990, tras la desaparición del bloque soviético y el corte de los subsidios que sostenían la economía cubana, ya evidenció las vulnerabilidades estructurales del modelo económico de la isla. Aunque en aquel momento se registraron casos de neuropatía epidémica asociada a deficiencias nutricionales y se documentaron muertes relacionadas con la desnutución, el régimen minimizó la magnitud del problema y atribuyó las dificultades exclusivamente al embargo estadounidense.
Tres décadas después, la situación presenta características similares pero con agravantes adicionales. La pandemia de COVID-19, el colapso del turismo como principal fuente de ingresos externos, la caída de las remesas durante los primeros años de la crisis y la implementación de la llamada «Tarea Ordenamiento» en 2021, que generó una inflación descontrolada sin un aumento proporcional de los salarios, han configurado un escenario de empobrecimiento masivo sin precedentes. A esto se suma el éxodo migratorio de más de un millón de cubanos desde 2022, que ha dejado a una población envejecida y sin fuerza laboral suficiente para sostener la producción agrícola y los servicios básicos.
La represión como respuesta al descontento
La dictadura cubana ha respondido a la creciente insatisfacción social con un endurecimiento de los mecanismos de control y represión. Las protestas espontáneas que han surgido en diferentes localidades de la isla ante los apagones prolongados, la escasez de alimentos y la falta de medicamentos han sido reprimidas con detenciones arbitrarias, amenazas y procesos judiciales sin garantías. La censura sobre los medios de comunicación impide que la realidad del hambre y la desnutución sea documentada de manera sistemática, y los pocos periodistas independientes que intentan cubrir estas historias enfrentan hostigamiento, decomiso de equipos e incluso prisión.
El testimonio del ciudadano que decidió mostrar su cuerpo consumido por el hambre adquiere, en este contexto, una dimensión política incuestionable. No se trata únicamente de la denuncia de una situación personal, sino de la visibilización de un fenómeno que afecta a cientos de miles de cubanos y que el gobierno cubano se empeña en negar. La afirmación de Bruno Rodríguez Parrilla de que «en Cuba no hay nadie pasando hambre» forma parte de una estrategia de comunicación que busca proyectar hacia el exterior una imagen de bienestar social incompatible con los indicadores reales de pobreza, desnutución y exclusión que predominan en la isla.
Consecuencias y perspectivas
El deterioro nutricional de la población cubana tiene implicaciones que trascienden el sufrimiento individual. La desnutición crónica en adultos mayores aumenta la mortalidad por enfermedades cardiovasculares, respiratorias e infecciosas, generando una presión adicional sobre un sistema de salud que ya funciona al borde del colapso. En el caso de los niños, las deficiencias nutricionales durante las etapas de desarrollo pueden provocar consecuencias irreversibles en el crecimiento cognitivo y físico, comprometiendo el futuro de una generación entera.
La comunidad internacional, hasta ahora, ha mantenido una postura de tibia condena ante las violaciones de derechos humanos y la crisis humanitaria en Cuba. Organismos como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) han reconocido en informes recientes el deterioro de la seguridad alimentaria en la isla, pero las recomendaciones rara vez se traducen en presiones concretas sobre el régimen para que adopte medidas estructurales que alivien la situación. Mientras tanto, los cubanos continúan perdiendo peso, perdiendo salud y perdiendo la esperanza de que el poder reconozca, al menos, la existencia de un problema que ya ha dejado de ser una posibilidad para convertirse en una certeza cotidiana.
El miedo que describe el testimonio desde La Habana es el miedo de toda una nación. El miedo a morir de hambre en un país donde sus gobernantes afirman que el hambre no existe. El miedo a que la muerte por inanición quede sin registro, sin fotografía, sin constancia, como si nunca hubiera ocurrido. Pero los cuerpos consumidos, los rostros demacrados y los estómagos que ya ni siquiera rugen están ahí, como evidencia irrefutable de un fracaso que ni los discursos más elaborados ni los cancilleres más elocuentes pueden seguir ocultando.


