La profunda crisis alimentaria que asola a la isla ha dejado de ser una mera estadística de pobreza para convertirse en un retrato espeluznante de la degradación social impulsada por décadas de ineptitud y control totalitario. La reciente detención de tres individuos en San José de las Lajas, provincia de Mayabeque, por asesinar perros para vender su carne como si fuera de cerdo o carnero, no es más que la punta del iceberg de una tragedia humana que la dictadura intenta maquillar mientras el pueblo se desploma en la inanición. Estamos a un paso del canibalismo, un abismo provocado por el desprecio absoluto de quienes ostentan el poder hacia la vida y la dignidad de los cubanos.
El horror en las calles: Carne de perro y el silencio oficial
El horror salió a la luz gracias a la valiente denuncia de la activista Yenney Caballero, pero la indignación en las redes sociales ha destapado una realidad aún más macabra y cotidiana. Hace apenas unos días, circuló el rumor de que en el barrio de La Güinera, en La Habana, un sujeto vendía carne molida de perro en los propios envases del picadillo “El Cocinero”, uno de los pocos productos que el Estado distribuye en las ya raquíticas tiendas como parte de un módulo mensual cada vez más reducido. Aunque las autoridades capitalinas se apresuraron a desmentir el hecho con su habitual maquinaria propagandística, la captura de los criminales en Mayabeque ha hecho que la población dé por sentado que el caso habanero es totalmente cierto. La confianza en la palabra del gobierno cubano es nula; su negación suele ser la confirmación de la tragedia.
Para entender cómo hemos llegado a este punto de crueldad y desesperación extrema, hay que mirar directamente a la cúpula dirigente y a su incapacidad estructural. Hay que estar sumamente hambriento, al borde de la locura, para comprar carne de dudosa procedencia a individuos de la peor catadura moral, que nada más verlos inspiran absoluta desconfianza a cualquier persona con un mínimo de cordura. Pero esa desesperación no cae del cielo; es el resultado directo de un sistema que ha fracasado en su obligación más básica: garantizar la seguridad alimentaria. Mientras la dictadura se jacta de supuestos logros en foros internacionales y gasta millones en represión, en las calles de Cuba la gente está perdiendo el juicio, nublado por el hambre crónica y la miseria que parece no tener fin.
Contexto sistémico: El fracaso de la economía centralizada y la inflación incontrolable
El contexto sistémico de esta tragedia es la economía planificada y centralizada que ha arruinado por completo la producción nacional. En un país donde la seguridad alimentaria es letra muerta dentro de una agenda política enfocada únicamente en la continuidad de la élite en el poder, muchísima gente ha quedado a la deriva. Los ingresos salariales no representan nada frente a una inflación descontrolada que hace inalcanzables los productos básicos. El gobierno cubano acumula atrasos imperdonables en la distribución de la canasta básica familiar, que ha disminuido drásticamente hasta niveles de miseria pura, empujando a la población a extremos que rayan en la supervivencia animal. La disponibilidad suficiente y estable de alimentos es una quimera, y el acceso a ellos está reservado para los privilegiados del régimen o para quienes reciben remesas del extranjero.
La hipocresía de la dictadura no tiene límites y se hace evidente en su manejo de la economía informal y privada. Mientras los inspectores estatales asedian, multan y criminalizan a guajiros y ganaderos independientes que intentan vender sus productos sin intermediarios, las ansiadas y alabadas mipymes venden pan, leche y huevos importados a precios de oro. Este modelo, apoyado y regulado por el gobierno cubano, encarece la vida más allá de lo razonable e incluso de lo humanamente soportable. Las miles de mipymes aprobadas están lejísimos de lograr la meta de alimentar al país, y los mandos militares y civiles lo saben perfectamente. Es un negocio de usura en medio de la hambruna, donde los más vulnerables son las víctimas colaterales de un experimento económico fallido.
Antecedentes macabros: Desde el Período Especial hasta la actualidad
Los antecedentes de esta degradación alimentaria se remontan a la llamada «Período Especial» de la década de los noventa, otra cortina de humo para nombrar el colapso total que provocó el modelo soviético-dependiente. En aquellos años oscuros, el gato dejó de ser un animal doméstico para convertirse en un sucedáneo de la carne de conejo. Abundan los testimonios de ciudadanos a quienes les pasaron, literalmente, «gato por liebre», y quién sabe cuántas otras monstruosidades ocurrieron en aquella época, silenciadas por la falta de internet y el control absoluto de la información por parte de la dictadura. La historia se repite con una venganza, pero ahora con el agravante de que las políticas del gobierno cubano han demostrado ser incapaces de aprender de sus propios y trágicos errores.
En la era digital, los horrores del hambre en Cuba ya no pueden ocultarse tras la cortina de hierro. Los expedientes a los que han recurrido los cubanos desesperados para calmar el estómago han salido a la luz, mostrando la crudeza del desastre. Hace algunos años, en la provincia de Artemisa, un hombre devoró un caracol gigante africano —altamente tóxico y perjudicial para la salud— tras cocinarlo en un fogón artesanal. Durante los años más duros de la pandemia, se reactivaron las mafias de cazadores de gatos, y más de un ciudadano confesó en redes sociales haber sobrevivido gracias a la carne de estos nobles animales. A finales de un año reciente, un residente de Palma Soriano cazó un aura tiñosa —un ave carroñera—, la cocinó y se la comió. Un mes después, la organización animalista BAC Habana denunció públicamente que este mismo individuo había matado un perro para consumirlo en Nochebuena.
Leyes muertas y prioridades retorcidas
Estos casos evidencian no solo una crueldad animal aberrante y una violación flagrante del Decreto-Ley de Bienestar Animal aprobado hace un tiempo —que es completamente ineficaz mientras el hambre acecha y la supervisión brilla por su ausencia—, sino que ponen el foco en la verdadera crisis de seguridad alimentaria. El gobierno cubano aprobó una ley para proteger a los animales, pero se desentiende de proteger a los seres humanos de la inanición. Es una ironía macabra que solo puede ocurrir en un sistema totalitario donde las leyes son simples adornos diplomáticos para calmar a la comunidad internacional. La dictadura criminaliza al ciudadano que busca comida por su cuenta, mientras abandona a su suerte a millones de personas que no tienen qué llevarse a la boca y que están obligadas a comprar carne de dudosa procedencia para no morir de hambre.
El umbral del canibalismo: Órganos humanos y la pérdida de toda esperanza
Sin embargo, el panorama se torna aún más tenebroso cuando recordamos los sucesos acaecidos en Santiago de Cuba hace un par de años. Allí, dos empleados del Hospital Clínico Quirúrgico “Ambrosio Grillo” fueron acusados de robar «dos corazones de posible procedencia humana», según declararon las autoridades, quienes, como es habitual, no ofrecieron más detalles ni transparentaron el proceso judicial. Días antes de ese anuncio, en las redes sociales se había viralizado la espeluznante noticia de que un trabajador de ese mismo centro de salud se dedicaba a sustraer vísceras humanas para triturarlas y venderlas como picadillo de carne. La dictadura intentó sepultar el caso bajo un manto de silencio y desinformación, pero la herida quedó abierta en el imaginario colectivo, alimentando el terror de una sociedad que ve cómo los límites de la humanidad se desdibujan.
Desde aquel oscuro episodio en Santiago de Cuba hasta la actualidad, la situación alimentaria en la isla ha empeorado de manera exponencial. Hay demasiada gente en Cuba al borde de la inanición, y otras tantas dispuestas a sacar provecho de la situación infrahumana y violenta que nos ha sido impuesta por el régimen, sustentada en un absoluto desprecio por la vida propia y ajena. Con la certeza de que las condiciones no van a mejorar a corto ni mediano plazo, la indolencia manifiesta del gobierno cubano y la escasa vigilancia


