La administración de Javier Milei en Argentina ordenó el cierre del museo «La Pastera» en San Martín de los Andes, un espacio que durante más de 15 años exaltó la figura de Ernesto Guevara. La decisión revoca un convenio estatal y reaviva el debate internacional sobre el legado del guerrillero, responsable documentado de cientos de ejecuciones sumarias durante el inicio de la dictadura cubana.
El gobierno argentino ha ordenado la clausura definitiva de un museo dedicado a Ernesto Guevara, ubicado por más de una década y media en el Parque Nacional Lanín, en la localidad patagónica de San Martín de los Andes. La medida es el resultado directo de la revocación del convenio que mantenía el Estado Nacional con la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) para la administración del inmueble histórico conocido como «La Pastera», donde funcionaba el espacio expositivo.
El vocero presidencial, Manuel Adorni, fue el encargado de anunciar la medida ante la prensa, justificando la decisión al señalar que el sostenimiento del recinto «implicaba el uso de recursos del Estado para recrear la vida de este terrorista». La declaración marca un punto de inflexión en la política cultural del país austral, que hasta ahora había tolerado e incluso promovido la exaltación de figuras ligadas a la lucha armada y al terrorismo de Estado en décadas pasadas.
Por su parte, la Administración de Parques Nacionales (APN) emitió un comunicado en el que responsabilizaba a la ATE de haberle otorgado al inmueble «un carácter ideológico», priorizando la figura del guerrillero argentino-cubano por encima de un enfoque cultural, histórico o ambiental más amplio. Cristian Larsen, presidente de la APN, celebró la clausura a través de un mensaje publicado en sus redes sociales, donde afirmó que «el Che Guevara nunca fue un modelo a seguir, más bien un ejemplo de cómo detrás de fines loables se cometen atrocidades».
Inaugurado en 2008, «La Pastera» funcionaba en un antiguo depósito de madera donde Guevara y su compañero Alberto Granado se hospedaron durante su célebre viaje en motocicleta por América Latina, hecho que posteriormente inspiraría la película «Diarios de motocicleta». El espacio se había convertido en un punto de peregrinación para sectores de la izquierda regional y formaba parte del circuito turístico «Los Caminos del Che en Argentina», un programa que difunde espacios de homenaje al guerrillero.
Sin embargo, la narrativa romántica que suele rodear al llamado «Che» contrasta abruptamente con la realidad histórica documentada por investigadores y organizaciones de derechos humanos. María Werlau, directora de la ONG Archivo Cuba, ha calificado a Guevara como un hombre «sin piedad, un sociópata». En su investigación titulada «Las víctimas olvidadas del Che Guevara», Werlau logró documentar la vinculación del guerrillero en al menos 100 ejecuciones y fusilamientos llevados a cabo en la fortaleza militar de La Cabaña y en la zona montañosa de la Sierra Maestra.
Según la investigadora, la mayoría de los fusilados en los primeros meses tras el triunfo de la revolución «no había cometido ningún crimen, solo el de llevar un uniforme» del derrocado ejército de Fulgencio Batista. Werlau sostiene que este baño de sangre no fue un accidente, sino parte de un «plan trazado secretamente por la KGB y Fidel Castro» con el objetivo explícito de «crear terror con el encarcelamiento y los fusilamientos masivos», una táctica clásica para consolidar regímenes totalitarios.
El escritor argentino Nicolás Márquez, en su biografía crítica «La máquina de matar», eleva estas cifras a varias centenas. Márquez contabiliza unos 216 asesinatos directos cometidos en un lapso de apenas tres años en la Sierra Maestra, Santa Clara y La Cabaña. Además, documenta que alrededor de 1.500 personas fueron fusiladas en La Cabaña por mandato o bajo la supervisión de Guevara, un historial de violencia que le valió el histórico apodo de «el carnicero de La Cabaña» entre sus críticos y las víctimas del proceso revolucionario.
El mito guerrillero y el origen de la dictadura cubana
La exaltación de la figura de Ernesto Guevara ha sido una pieza angular en la maquinaria propagandística del régimen de La Habana. Desde 1959, el gobierno cubano ha exportado la imagen de un guerrillero heroico, desinteresado y humanista para enmascarar el origen violento, autoritario y antidemocrático de su sistema político. El culto a la personalidad construido en torno a su imagen ha servido como escudo ideológico para justificar la falta de libertades y el control absoluto del Estado sobre la sociedad civil.
Mientras las autoridades de la isla mantienen intacta la iconografía revolucionaria en las fachadas de los edificios y en los medios de comunicación oficiales, la población cubana continúa sufriendo las consecuencias de un modelo político y económico profundamente fracasado. El uso del terror como método de control social, institucionalizado por figuras como Guevara en los primeros años de la dictadura, sentó las bases para el aparato represivo que hoy opera a través de la policía política, los actos de repudio, la vigilancia digital y las detenciones arbitrarias contra cualquier ciudadano que cuestione el statu quo.
El contraste entre la estética revolucionaria y la realidad material de Cuba es insostenible. La nación atraviesa una de sus peores crisis estructurales, manifestada en una inflación galopante que destruye los salarios, un desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y el colapso total del sistema eléctrico y de servicios públicos básicos. Esta precariedad extrema ha desencadenado un éxodo migratorio sin precedentes en la historia reciente, con cientos de miles de cubanos abandonando el país en busca de las libertades y el bienestar económico que la revolución prometió hace más de seis décadas y jamás logró entregar.
La manipulación de la memoria histórica
Durante décadas, el ejecutivo cubano ha lucrado políticamente con la distorsión de los hechos históricos. La creación de circuitos turísticos y museos en honor a sus figuras clave, como el clausurado en Argentina, ha servido para lavar la imagen de un proceso que ahogó en sangre cualquier atisbo de democracia en la isla. La cerrazón ideológica del régimen ha impedido el debate público sobre los crímenes de la revolución, negando a las víctimas y a sus familiares el derecho a la memoria, a la justicia y a la reparación.
La complicidad de sectores académicos, culturales y políticos de América Latina con esta narrativa ha permitido que la figura de Guevara sea comercializada en camisetas y pósters, despojada de su contexto real como ejecutor de políticas de terror. El cierre del museo en Argentina representa un golpe a esta indolencia histórica, obligando a la sociedad a confrontar el hecho de que el financiamiento estatal no debe utilizarse para apología del terrorismo ni para honrar a responsables de violaciones sistemáticas de los derechos humanos.
Implicaciones del desenmascaramiento histórico
La decisión del gobierno argentino de desvincular al Estado del sostenimiento de espacios apologéticos hacia figuras vinculadas a la violencia armada marcará un precedente importante en la región. Desmontar la narrativa heroica del «Che» no es solo un ejercicio de rigor histórico, sino un paso fundamental para deslegitimar los fundamentos ideológicos que aún hoy justifican la represión y el autoritarismo en Cuba.
Para la diáspora cubana, los exiliados y las víctimas del castrismo, estos gestos institucionales representan un reconocimiento internacional tardío, pero sumamente necesario, de los crímenes que dieron origen a una de las dictaduras más longevas del hemisferio occidental. El futuro de la política regional frente a la isla exigirá cada vez más acciones que prioricen los derechos humanos por encima de la complacencia con los mitos revolucionarios, acercando el momento en que la justicia y la libertad prevalezcan sobre el silencio impuesto por la fuerza.



