Rafael Miyar tenía 13 años cuando en noviembre de 1960 sus padres lo enviaron solo a Miami, en uno de los tantos vuelos de la época que transportaban a niños cubanos hacia un destino incierto. Era parte de una generación que creció en una Cuba próspera y cosmopolita, y que de la noche a la mañana fue arrancada de sus raíces por la imposición de un sistema totalitario que nacionalizó escuelas, confiscó empresas y disolvió cualquier atisbo de vida cívica normal. Su trayectoria, desde las aulas del Colegio de Belén hasta los pasillos de la banca internacional en Nueva York, es el retrato de lo que Cuba perdió y de lo que sus hijos tuvieron que reconstruir en el exilio.
Miyar nació en La Habana en 1947, en la Clínica Miramar, en el seno de una familia que encarnaba el carácter abierto y emprendedor de la Cuba republicana. Su padre, Rafael Miyar López, había estudiado derecho pero nunca ejerció la abogacía: prefería el mundo de los negocios. Tras trabajar para la Standard Oil y la Compañía Cubana de Petróleo, fundó junto a un grupo de socios la Havana Oil Company, una empresa dedicada a la distribución de gasolina y derivados del petróleo en estaciones y tiendas de todo el país, con oficinas en la calle Aguiar, en La Habana Vieja. Era la Cuba de la iniciativa privada, del comercio floreciente, de un sector empresarial que, sin ser perfecto, generaba prosperidad y oportunidades.
Por el lado materno, la historia era igualmente reveladora de los lazos transnacionales que definían a la sociedad cubana de la época. Su madre, Olga Riamonde Blanco, nació en Nueva York, hija de padres cubanos. El bisabuelo de Rafael, Patricio Blanco Verard, había estado implicado en el movimiento independentista contra España y tuvo que exiliarse en Tampa. Su abuela materna, María Teresa Blanco Acosta, aunque nacida en la isla, se educó en Tampa y Nueva York, hablaba perfectamente inglés y español, y trabajó como telefonista en el hotel Sevilla-Biltmore del Paseo del Prado. Allí conoció al abuelo gallego de Rafael, Ramón Riamonde Edesa, quien le propuso matrimonio con la condición de que se trasladaran a vivir a Nueva York. En esa ciudad nacieron la madre de Rafael y su tía Renée. Como dato curioso, el abuelo trabajó en el City National Bank, la misma institución donde décadas después Rafael comenzaría su carrera bancaria.
La infancia en una Cuba que dejó de existir
Los primeros años de Rafael transcurrieron en la Ampliación de Almendares, un barrio residencial de La Habana donde la familia vivía con los abuelos maternos en la avenida 13, frente al cine Metropolitan. Aquella casa, recuerda, todavía está en pie y se conserva bastante bien. Más tarde, los abuelos construyeron un edificio en la calle 80 del mismo barrio, al que se mudaron antes de la salida definitiva del país. Era una Habana de barrios pulidos, cines repletos, comercios activos y una vida cotidiana que poco tiene que ver con el deterioro urbano que padecen hoy los habitantes de la capital.

Rafael Miyar en su casa en La Habana (Foto: Cortesía)
Su educación comenzó en el Colegio CIMA, un centro bilingüe situado en la misma calle de su casa, donde ingresó a los tres años. Poco después, su madre lo inscribió en la Havana Military Academy (HMA), en el reparto Biltmore, una decisión que, según cuenta Miyar con humor, tomó tras ver los uniformes de las distintas escuelas cubanas exhibidos en los escaparates de la tienda El Encanto, en la calle Galiano. Los cadetes llamaban jocosamente a la escuela «Hambre, Miseria y Angustia», por sus siglas, aunque Miyar no recuerda que se comiera mal allí. Sí recuerda, en cambio, que por ser gordito lo sentaron en la mesa de dieta, una experiencia que dice lo traumatizó para el resto de la vida. Era una Cuba donde los padres elegían la educación de sus hijos, donde existía una pluralidad de instituciones docentes y donde la libertad de elección era parte de la normalidad.
El quiebre: nacionalizaciones y exilio
El 1 de enero de 1959 cambió todo. Miyar pasó el primer año posterior al triunfo revolucionario en la HMA, pero ya se cernía la amenaza de la nacionalización de los centros educativos. En el verano de 1960, mientras Rafael estaba de vacaciones en Miami Beach con su abuela, que visitaba a su hija Renée en Estados Unidos, la HMA fue intervenida por las nuevas autoridades. A su regreso, su padre buscó desesperadamente un colegio donde el niño pudiera cursar el bachillerato y logró inscribirlo en el Colegio de Belén, la prestigiosa institución jesuita que había formado a generaciones de profesionales y también, paradójicamente, al propio Fidel Castro. Rafael solo estuvo tres meses allí. La situación del país se deterioraba con rapidez y sus padres tomaron la decisión de enviarlo a Miami. Tenía 13 años. Sus padres no saldrían hasta dos años más tarde, aferrados a la esperanza de que todo volviera a la normalidad. Esa esperanza, como la de cientos de miles de cubanos, se extinguiría para siempre.
La historia de la salida de Miyar no es excepcional: es la historia de toda una generación. Entre 1960 y 1962, decenas de miles de niños cubanos fueron enviados solos a Estados Unidos en lo que se conoció como la Operación Pedro Pan, la mayor evacuación de menores sin acompañantes en el hemisferio occidental. Padres que veían cómo el régimen de La Habana avanzaba sobre la educación, la propiedad privada y las libertades básicas optaron por separarse de sus hijos antes de someterlos a un sistema que les iba a inculcar la doctrina oficial. La Havana Oil Company, como miles de empresas privadas en la isla, fue confiscada. Los negocios familiares, las viviendas, los ahorros de toda una vida: todo quedó atrás, absorbido por un Estado que se atribuyó la propiedad sobre cada rincón de la economía cubana.

Rafael Miyar con sus padres en Cuba (Foto: Cortesía)
Reconstruir una vida en el exilio
Rafael se instaló primero con su abuela en la Pequeña Habana, en la calle 4 y avenida 8 del suroeste de Miami, y fue inscrito en un colegio público mixto, una experiencia que le resultó desconcertante después de años en escuelas exclusivamente masculinas. Cuando sus padres llegaron, se mudaron a la calle 6 y avenida 12 del mismo barrio. Completó su bachillerato en el Miami Senior High School, la secundaria más antigua del condado de Miami-Dade, fundada en 1903 y ubicada en la avenida 24 y la calle 1.ª del SW, un edificio de estilo mediterráneo que por aquellos años vio pasar a miles de jóvenes cubanos que, como Miyar, intentaban recomponer sus vidas en una tierra extraña.
Tras graduarse en 1963, a los 16 años, se inscribió en el Dade County Junior College —hoy Miami Dade College— por ser la opción más accesible económicamente. Dos años después dio el salto a la Universidad de Miami, donde quería estudiar algo vinculado a la diplomacia y las relaciones internacionales. Sin embargo, su estatus de inmigrante cubano le cerró esa puerta y se conformó con administración y finanzas. Fue en la UM donde se enteró de la existencia del American Institute for Foreign Trade, hoy conocido como Thunderbird, en Glendale, Arizona, una institución especializada en carreras internacionales. Allí completó su posgrado en 1968, armándose de las herramientas que lo llevarían a una carrera de décadas en la banca internacional.
Su vida profesional comenzó lejos de Miami. Quería independizarse, en parte porque el divorcio de sus padres y la partida de su padre a Puerto Rico habían dejado a su madre en una situación emocional difícil. Consiguió un puesto en Citibank —entonces First National City Bank—, pero no le convenció. Compartía apartamento con John Harriman, un amigo angloperuano de Thunderbird que trabajaba en Bankers Trust Company, una entidad con un perfil más acorde a sus intereses. En enero de 1969 ingresó al programa de entrenamiento del departamento internacional de esa institución. Dieciocho meses después pasó a la división de América Latina, aprovechando su dominio del español, el inglés y el portugués, las tres lenguas esenciales para gestionar aquel mercado. Fue en esa etapa cuando conoció a Marijean Collado, su esposa, durante un viaje a Miami para asistir a la boda de un primo.

Rafael Miyar con el uniforme de la Havana Military Academy (Foto: Cortesía)
El exilio como experiencia fundacional
La trayectoria de Rafael Miyar ilustra algo que el régimen cubano ha intentado sistemáticamente borrar de su narrativa oficial: el exilio no fue una fuga de privilegiados, sino la expulsión de una ciudadanía completa. Médicos, abogados, ingenieros, banqueros, maestros, comerciantes, agricultores: la dictadura cubana vació al país de su capital humano con la misma determinación con la que confiscó su capital material. Las empresas nacionalizadas nunca fueron reemplazadas por una economía estatal eficiente. Al contrario, la gestión centralizada y planificada hundió a Cuba en un modelo dependiente de subsidios externos —primero soviéticos, luego venezolanos— que colapsó cada vez que el padrino geopolítico de turno retiró su apoyo.
La Havana Oil Company que fundó su padre era una de las miles de empresas privadas que funcionaban en la Cuba de los años cincuenta. El país tenía uno de los mayores índices de telefonía per cápita de América Latina, una red de escuelas privadas y públicas que cubría la mayor parte del territorio, una industria turística pujante y un sector bancario integrado al sistema financiero internacional. La nacionalización de la enseñanza, que obligó a Miyar a cambiar tres veces de colegio en menos de un año, fue el primer paso de un proceso de control ideológico que se extiende hasta hoy. Más de seis décadas después, la educación en Cuba sigue siendo un monopolio del Estado, donde la formación académica está supeditada a la adhesión política y donde los padres no tienen alternativa real sobre qué y cómo aprenden sus hijos.
Una Cuba que se visita como un yacimiento arqueológico
Miyar describe el regreso a Cuba después de décadas de ausencia como «una clase de arqueología». La metáfora es certera. Quienes vuelven a la isla después de tantos años no encuentran el país que dejaron, sino los restos fosilizados de aquel país: edificios que se sostienen por inercia, calles que conservan el trazado pero han perdido el alma, barrios que fueron prósperos y hoy son ruinas habitadas. La casa de la avenida 13 de Almendares, donde Rafael pasó su infancia, sigue en pie «bastante conservada», según dice, pero es una excepción en un paisaje urbano donde el colapso estructural es la norma. En La Habana, cientos de edificios se derrumban cada año, y las autoridades de la isla carecen de recursos —o de voluntad— para abordar una crisis habitacional que afecta a millones de personas.
La sensación de estar excavando entre ruinas no es solo arquitectónica: es también cultural y humana. Los exiliados que regresan encuentran a una población envejecida, con un porcentaje creciente de jóvenes que han emigrado. El éxodo actual, que ha vaciado pueblos enteros y ha reducido la fuerza laboral del país a niveles críticos, es la continuación de un proceso que comenzó en 1959 y que nunca se detuvo. La diferencia es que en los años sesenta salieron los profesionales y empresarios de la Cuba republicana; hoy salen los médicos, los ingenieros, los maestros y los obreros de la Cuba socialista. El régimen de La Habana, que durante décadas culpó al exilio de traición y deslealtad, ahora ve cómo sus propios cuadros profesionales abandonan la isla en masa, incapaces de sobrevivir con salarios que no cubren ni una fracción de la canasta básica.
El costo humano de un proyecto fracasado
Lo que la historia de Rafael Miyar pone en evidencia es el costo humano de un proyecto político que prometió emancipación y entregó despojo. Su padre, que construyó una empresa desde cero, perdió todo. Su madre, que hablaba dos idiomas y tenía una visión del mundo tan amplia como su biografía, tuvo que rehacer su vida en Miami. El propio Rafael, un adolescente de 13 años con la vida por delante en La Habana, tuvo que aprender a existir en otro idioma, en otra cultura, en otro sistema. Lo logró, como lo lograron cientos de miles de cubanos en el exilio, pero el logro no borra la pérdida. Cada uno de ellos carga con una vida paralela que pudo ser y no fue, con un país que dejó de existir y que solo sobrevive en la memoria y en los escaparates de una tienda —El Encanto— que también fue nacionalizada y luego destruida.
El régimen cubano ha construido toda su legitimidad sobre un relato de resistencia y soberanía, pero la realidad de sus más de seis décadas en el poder cuenta una historia distinta: la de un país que expulsó a su gente más capacitada, que destruyó su tejido empresarial, que sometió a su población a décadas de escasez y represión, y que hoy sobrevive gracias a las remesas que envían los exiliados —esos mismos a los que el discurso oficial llamó traidores y gusanos. La paradoja es cruel: la dictadura cubana depende económicamente de los hijos del exilio que ella misma provocó.
Para Rafael Miyar, como para tantos cubanos de su generación, volver a la isla es una clase de arqueología porque lo que encuentran ya no es un país vivo, sino los restos petrificados de una nación que fue próspera, abierta y conectada con el mundo. La Cuba que él recuerda —la del cine Metropolitan, la tienda El Encanto, la Havana Military Academy, la Havana Oil Company— no existe. En su lugar hay un país empobrecido, envejecido y silenciado, donde la libertad sigue siendo una promesa pendiente y donde cada generación que nace lo hace con la certeza de que su futuro, probablemente, estará en otra parte. Esa es la herencia más duradera y más trágica de la revolución cubana: haber convertido a un país de nacimiento en un país de despedida.



