El régimen de La Habana mantiene su censura sobre las transmisiones de las Grandes Ligas de Béisbol (MLB), limitándose a ofrecer resúmenes informativos en un nuevo programa televisivo, mientras observa cómo el deporte nacional se hunde en la mediocridad y pierde espacio frente al fútbol internacional. La negativa de las autoridades de la isla de permitir que los cubanos vean a sus compatriotas jugar en la Gran Carpa contrasta con su intención de convocar a estos mismos atletas para el próximo Clásico Mundial, evidenciando una política deportiva incoherente y profundamente desconectada de la realidad.
Hace varias semanas, el canal estatal Tele Rebelde estrenó el programa «Swing Extra», un espacio emitido cada lunes a las 7:00 de la noche dedicado a informar sobre el mundo del béisbol, con un enfoque particular en la MLB. Los periodistas Rodolfo García, Reinier González y Camilo Pérez Pérez se encargan de repasar el estado de los equipos en la Gran Carpa, los acontecimientos más relevantes de la última semana y el desempeño de los peloteros cubanos en dicho campeonato. Según el criterio de la prensa oficial, la puesta al aire de este espacio representa un «gran avance» en la cobertura deportiva.
Sin embargo, para el aficionado cubano promedio, esta iniciativa resulta no solo insuficiente, sino casi burlona. ¿De qué sirve mencionar los nombres de los peloteros o mostrar un breve compendio de las mejores jugadas si se mantiene la prohibición absoluta de transmitir los juegos completos? La medida es percibida como un intento del gobierno cubano de controlar la narrativa, permitiendo que se conozcan los resultados de forma aséptica, pero impidiendo que la población disfrute del espectáculo deportivo en su máxima expresión y se vincule emocionalmente con sus ídolos.
La hipocresía de esta política deportiva se hace aún más evidente al compararla con la cobertura que la Televisión Cubana brindó al recién finalizado Campeonato Mundial de Clubes de Fútbol. Las autoridades de la isla llegaron a transmitir hasta tres partidos diarios de ese torneo, en una nación donde el fútbol no logra levantar cabeza ni siquiera en el área centroamericana y caribeña. Hace muy poco, la selección nacional de Cuba quedó eliminada en las competencias por clasificar al próximo campeonato mundial, demostrando un nivel competitivo paupérrimo que no justifica tanta atención.
Esta sobreexposición al fútbol internacional ha calado profundamente en las nuevas generaciones. Cada vez es más difícil sostener que el béisbol es el deporte nacional. Los jóvenes cubanos conversan con fluidez sobre las hazañas de Messi, Cristiano Ronaldo o Mbappé, y es común verlos portar camisetas del Real Madrid o el Barcelona, mientras que los nombres de los peloteros que destacan en las series nacionales pasan casi inadvertidos. El tejido social y cultural alrededor del béisbol se deshilacha, en gran medida por la inacción y el control estricto del ejecutivo cubano sobre los medios de difusión.
El desplome competitivo y el uso propagandístico del deporte
El declive identitario va de la mano con el desplome competitivo. Un país que en su momento dominó el escenario internacional, ganando tres medallas de oro olímpicas y dos de plata, ha caído estrepitosamente en el ranking mundial. Actualmente, Cuba ocupa el puesto 12, superada por Japón, Taipei de China, Estados Unidos, Corea del Sur, México, Venezuela, Puerto Rico, Países Bajos, Panamá, República Dominicana y Australia. Algunas de estas naciones ostentan una tradición beisbolera mucho menor que la cubana, lo que subraya la magnitud del retroceso institucional.
Durante décadas, el aparato estatal utilizó el béisbol como una vitrina de la supuesta superioridad de su sistema deportivo, enviando atletas amateurs a competir contra semiprofesionales de otras latitudes. Con la globalización y la profesionalización del deporte, esa ventaja se esfumó, dejando al descubierto las deficiencias de un modelo centralista que asfixia el talento. El régimen de La Habana, aferrado a sus dogmas, se negó a adaptarse, provocando el aislamiento y el consecuente declive de la pelota cubana.
Ante este panorama, las autoridades deportivas centran ahora su atención en el VI Clásico Mundial, a celebrarse en marzo de 2026. Recientemente se nombró a Germán Mesa como nuevo director del equipo, con la esperanza de lograr una actuación que maquille, al menos parcialmente, la crisis del béisbol nacional. Se prevé que se realicen gestiones para integrar a peloteros cubanos que actúan en la MLB, repitiendo la estrategia de años anteriores para evitar una humillación deportiva.
El antecedente del V Clásico Mundial de 2023 sigue fresco en la memoria. En aquella ocasión, tras múltiples presiones y negociaciones, se permitió la inclusión de jugadores de las Grandes Ligas, pero el equipo Cuba fue eliminado en fase de grupos tras demostrar una evidente falta de química y nivel. A pesar de la expectativa generada, las autoridades no aprendieron la lección y mantienen las mismas restricciones que impiden un verdadero desarrollo del deporte en la isla.
No obstante, el camino hacia el 2026 está lleno de obstáculos, muchos de ellos generados por la propia torpeza e ingratitud de los federativos cubanos. En el pasado, atletas como Joan Moncada y Luis Robert Moirán fueron convocados y utilizados para tratar de salvar el prestigio del equipo Cuba, pero una vez concluido el evento, las autoridades deportivas los ignoran por completo, omitiendo informar sobre sus actuaciones en la Gran Carpa en los noticieros nacionales, en un claro acto de silencio mediático.
A esta ingratitud institucional se suma un factor aún más determinante: la censura impuesta por la dictadura cubana. Varios peloteros se preguntan con lógica por qué deberían integrar la selección nacional y representar a un gobierno que, al negarse a televisar los juegos de la MLB, impide que sus propios familiares en la isla puedan verlos jugar. Es una contradicción insalvable que revela cómo el control informativo y el sectarismo político priman sobre cualquier intento de reconciliación deportiva.
El colapso del deporte como reflejo de la crisis estructural
La situación del béisbol no es un fenómeno aislado, sino el reflejo del deterioro generalizado de la infraestructura estatal en Cuba. Al igual que los sistemas de salud, educación y transporte, el deporte de alto rendimiento ha sufrido el impacto de la falta de recursos, la mala gestión y la corrupción institucionalizada. Los estadios se derrumban, el material deportivo escasea y la alimentación de los atletas es deficiente, condiciones que hacen inviable la formación de talentos capaces de competir a nivel mundial.
A esto se suma el éxodo masivo de atletas, que no difiere del resto de la población. La crisis económica y la falta de libertades han empujado a cientos de deportistas a abandonar la isla, buscando en otras naciones las oportunidades que el régimen les niega. La fuga de cerebros y talentos físicos es una hemorragia constante que el gobierno cubano intenta detener con medidas paliativas, como permitir contratos en ligas extranjeras, pero sin ceder el control centralista que asfixia el desarrollo deportivo y personal de los atletas.
El monopolio de la información ejercido por la dictadura es el último bastión para mantener la apariencia de normalidad. Al censurar la MLB, el régimen pretende evitar que los cubanos tengan un referente de calidad y libertad, y que se percaten de la enorme brecha entre el béisbol profesional y el nivel amateur al que ha sido reducido el deporte nacional. La negativa a transmitir estos juegos es, en el fondo, un acto de represión cultural y política que busca mantener a la población en un estado de ignorancia sobre los estándares mundiales.
Un futuro incierto bajo el control del régimen
Las implicaciones de esta política son profundas y trascienden el ámbito deportivo. Mientras el gobierno cubano mantenga su postura intransigente y utilice el béisbol como una herramienta de propaganda política en lugar de un derecho de la ciudadanía, el deporte nacional continuará su espiral descendente. La comunidad internacional y las ligas profesionales observarán con escepticismo las gestiones del régimen de La Habana, y los peloteros en el exilio tendrán cada vez menos incentivos para representar a un sistema que los censura, los utiliza y los olvida.
El aficionado cubano, mientras tanto, seguirá siendo el principal perjudicado de esta disputa entre el control ideológico y la realidad. Con un béisbol doméstico en ruinas y el acceso bloqueado a las grandes ligas, el público se ve obligado a volcar su atención hacia disciplinas foráneas que sí reciben cobertura estatal, como el fútbol. El futuro del deporte de las bolas y los strikes en Cuba parece estar condenado a la mediocridad, a menos que ocurra un cambio estructural que desmonte el aparato censor y permita la libre práctica, transmisión y disfrute del deporte sin ataduras políticas.


