El deportista ciego Yunerki Ortega, quien abandonara la concentración de la isla durante los Juegos Parapanamericanos de Santiago, consolidó su libertad al recibir la nacionalidad por gracia del Senado chileno, culminando un éxodo que expone la explotación y el control del sistema deportivo cubano.
El Senado de Chile aprobó por amplia mayoría la concesión de la nacionalidad por gracia al nadador paralímpico Yunerki Ortega. Con 30 votos a favor, ninguna oposición y una sola abstención, las autoridades legislativas chilenas materializaron el último paso de un proceso burocrático iniciado meses atrás. El atleta, presente en la sesión junto a la diputada y principal promotora de la iniciativa, Érika Olivera, selló así su ruptura definitiva con las autoridades de la isla y aseguró su permanencia en el país sudamericano.
La huida de Ortega se materializó a finales de 2023, cuando abandonó de manera voluntaria y en plena madrugada la Villa Panamericana en Santiago. Según el parte oficial de Carabineros, el deportista no vidente se presentó por iniciativa propia en una comisaría, acompañado de su abogado Mijail Bonito Lovio, para solicitar asilo político. Este movimiento le permitió poner fin a la denuncia por presunta desgracia que había emitido la delegación cubana, una práctica habitual del régimen de La Habana para presionar a los atletas que deciden no regresar a la isla tras competiciones internacionales.
Para Ortega, la decisión de no regresar a su país natal fue el resultado de una profunda reflexión sobre sus condiciones de vida y trabajo. En declaraciones anteriores, el deportista, que acumula siete medallas en certámenes parapanamericanos, comparó la dinámica del deporte en la isla con la de los gladiadores en la época romana. El atleta relató que en Cuba sentía que lo sacaban a competir sin obtener beneficio alguno, una realidad que se vuelve insostenible a medida que el deportista envejece, conforma una familia y enfrenta necesidades básicas que el sistema no resuelve.

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Reinserción y nuevos horizontes deportivos
Tras su salida de la dictadura cubana, Ortega ha comenzado a reconstruir su carrera deportiva y personal en suelo chileno. Con el respaldo de figuras como Yasmani Acosta, a quien considera un mentor, y otros deportistas como Santiago Ford y Érika Olivera, el paratleta ha encontrado una sólida red de integración. Su enfoque ha pivotado hacia el paratriatlón, disciplina en la que entrena bajo la dirección del atleta venezolano Miguel Brito, también residente en Chile, quien funge como su entrenador y guía.
La transición no ha estado exenta de obstáculos materiales, una realidad que comparten muchos atletas migrantes en Sudamérica que huyen de regímenes autoritarios. Brito ha destacado el alto nivel de exigencia y profesionalismo en los entrenamientos de Ortega, alcanzando estándares internacionales a pesar de las limitaciones de equipamiento, llegando incluso a entrenar con una bicicleta en mal estado. La meta del nadador es representar a su nueva nación en los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028 y llevar al paratriatlón chileno a su primer podio histórico, demostrando que en Chile el deporte inclusivo es una prioridad real y no una retórica oficialista.
El colapso estructural y el éxodo del talento
El caso de Yunerki Ortega no es un hecho aislado, sino un síntoma más del colapso estructural que atraviesa la isla. En los últimos años, el éxodo de atletas cubanos se ha acelerado de manera alarmante, paralelo a la crisis migratoria masiva que ha llevado a cientos de miles de ciudadanos a abandonar el país. La falta de libertades, la hiperinflación, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y la nula perspectiva de desarrollo personal han empujado a figuras deportivas de alto rendimiento a renunciar a sus carreras en Cuba para buscar supervivencia en el extranjero.
Históricamente, el ejecutivo cubano ha monopolizado el deporte como un instrumento de soft power y propaganda internacional. Los atletas son formados en escuelas estatales desde edades tempranas, pero sus ingresos y contratos son controlados por la burocracia, recibiendo apenas una fracción mínima de las ganancias que generan. La represión y la vigilancia constante sobre las delegaciones cuando viajan al exterior son tácticas de la dictadura cubana para evitar deserciones, tratando a los deportistas más como rehenes del sistema que como profesionales autónomos con derechos laborales.
La deserción durante eventos multideportivos se ha convertido en una vía de escape recurrente y visible. Desde los Juegos Panamericanos y Parapanamericanos hasta campeonatos mundiales en diversas disciplinas, la fuga de talentos refleja el agotamiento de la población ante un modelo totalitario que no admite disidencia ni mejoras económicas. El gobierno cubano suele responder a estas fugas con desprecio y campañas de descrédito, catalogando a los desertores como «traidores», mientras ignora las causas profundas que motivan el abandono de la representación nacional.
Implicaciones y futuro
La nacionalización de Ortega en Chile representa no solo un triunfo personal para el atleta, sino un nuevo reproche internacional a las políticas del régimen de La Habana. Mientras el gobierno cubano sigue perdiendo a sus mejores talentos debido a su incapacidad para garantizar condiciones de vida dignas y libertades básicas, la comunidad internacional y los países receptores continúan integrando a estos ciudadanos que huyen de la represión y la miseria impuesta.
El futuro de Ortega en el paratriatlón se erige como un testimonio de resistencia y de cómo la búsqueda de la libertad puede superar las ataduras de un sistema que explota a sus propios ciudadanos. Su historia pone de relieve la tragedia silenciosa de cientos de deportistas cubanos que, privados de su autonomía, ven en la deserción la única vía para recuperar su dignidad humana y profesional. El éxito de Ortega en Chile será, en esencia, un recordatorio del fracaso del modelo deportivo y social impuesto en la isla.



