Domingo, 27 de septiembre de 2026
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El preso político José Gabriel Barrenechea clama por su madre fallecida tras negarle el régimen el derecho a despedirse en vida

El preso político José Gabriel Barrenechea clama por su madre fallecida tras negarle el régimen el derecho a despedirse en vida

Desde la prisión La Pendiente, en Santa Clara, el escritor y preso político cubano José Gabriel Barrenechea ha hecho pública una carta de despedida a su madre, Zoila Esther Chávez Pérez, fallecida el pasado 4 de mayo a los 84 años. A pesar de los reiterados ruegos familiares, las autoridades penitenciarias le negaron el permiso para visitarla en sus últimos días, autorizando únicamente su presencia en el funeral bajo fuerte custodia militar. La misiva se convierte así en un testimonio íntimo de dolor y en una evidencia más de la crueldad institucionalizada que castiga a quienes disienten en la isla.

Zoila Esther Chávez Pérez perdió la vida en el municipio de Encrucijada, provincia de Villa Clara, tras semanas postrada a causa de un agresivo cáncer de vejiga con metástasis en la uretra y los riñones. El 21 de abril, ante una alarmante baja de hemoglobina, los médicos le practicaron una transfusión sanguínea. Sin embargo, al no registrar mejoría clínica, fue enviada de vuelta a su hogar, donde pasó sus últimos días cantando y llorando por su hijo, sin fuerzas para viajar a la prisión y sin obtener respuesta a su último deseo: verlo una vez más en vida.

El escrito, difundido por el medio independiente 14ymedio, reconstruye el dolor de un hijo atrapado tras las rejas. Barrenechea reflexiona sobre el papel fundamental de las madres en el sustento humano y confiesa su remordimiento por no haberla acompañado en su trance final. «Todas las elevadas entelequias que los hombres, y algunas mujeres, nos hacemos solo son autoengaños para ocultarnos lo que realmente somos: descartables actores sobre el teatro humano que de sí mismas se sacan nuestras madres», reflexiona el prisionero desde su celda.

La negativa de las autoridades de la isla a permitir el encuentro madre-hijo en vida contrasta de manera dramática con el traslado posterior. El lunes siguiente a su deceso, Barrenechea fue conducido de madrugada en ambulancia hasta la funeraria municipal de Encrucijada. Al descender le retiraron las esposas, pero permaneció bajo la estricta vigilancia de cuatro militares, incluido el jefe de la prisión, la misma figura que días atrás había rechazado de plano la solicitud de visita para acompañar a la anciana en su lecho de muerte.

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En su texto, el también historiador reconstruye con nostalgia la figura de una mujer de campo, «hecha para el sacrificio», y evoca escenas de su infancia en los años setenta. «Desde la sala, donde juego con mis soldaditos a los pies de mi papá que lee el periódico, la veo en la cocina, ajetreada con la comida en una tarde luminosa… Huele a gloria toda la casa, entre el sofrito para los frijoles y la escrupulosa limpieza», escribe. Su retrato de Zoila resalta sus «giros idiomáticos arcaicos», su risa «amplia y suave» y sus «manos ya gastadas de lavar para la calle».

Barrenechea asume la culpa por el sufrimiento final de su progenitora, atribuyéndolo a su decisión de ejercer el derecho a la protesta ciudadana. «La culpa es mía. Porque a sabiendas del país en que me tocó vivir, cometí el gravísimo crimen de unirme a mis vecinos en el reclamo cívico de corriente eléctrica», señala con amarga ironía. No obstante, añade un matiz crítico hacia el sistema que lo encierra: «Mas ello no justifica la realidad de sus últimos seis meses, en que por creerme que vivía en un país diferente la dejé todavía más sola, más envuelta en las tinieblas y tristezas de una noche interminable».

La criminalización de la protesta y el colapso energético

La detención de José Gabriel Barrenechea en 2023 no es un hecho aislado, sino una consecuencia directa de la política represiva implementada por la dictadura cubana para silenciar el descontento social. Su único delito fue participar en una protesta pacífica motivada por los constantes apagones en su barrio, una realidad que afecta a millones de cubanos diariamente. El colapso del Sistema Electroenergético Nacional (SEN) es uno de los síntomas más visibles de la profunda crisis estructural que atraviesa la isla, marcada por la falta de mantenimiento, la corrupción interna y la dependencia de combustibles importados que el régimen de La Habana no logra costear.

Frente a las manifestaciones ciudadanas que exigen soluciones básicas, el gobierno cubano ha optado invariablemente por la vía policial y judicial. Decenas de activistas, periodistas y ciudadanos comunes han sido encausados con cargos de desorden público, desacato o sedición, sometidos a juicios sumarios y condenados a penas que en muchos casos superan los cinco años de privación de libertad. Esta estrategia busca desincentivar cualquier forma de organización comunitaria y enviar un mensaje de disuasión a la población, profundizando el clima de terror y autocensura que impera en la sociedad.

El caso de Barrenechea ilustra además la dimensión humana y familiar de la represión. La negación de permisos penitenciarios para atender situaciones de fuerza mayor, como enfermedades terminales o fallecimientos de familiares directos, es una práctica habitual en las prisiones del país. Esta medida, que vulnera derechos elementales reconocidos en pactos internacionales suscritos por el ejecutivo cubano, funciona como una forma de tortura psicológica adicional contra los presos políticos y sus familias, extendiendo el castigo más allá del individuo encarcelado y sembrando el dolor en generaciones enteras.

Antecedentes de un encierro injusto

Las protestas en las que participó Barrenechea se enmarcan en una ola de movilizaciones sociales que se han recrudecido desde el estallido popular del 11 de julio de 2021. Aunque el régimen ha intentado proyectar una imagen de normalidad institucional hacia el exterior, los cortes de electricidad, la escasez de alimentos, la inflación galopante y el deterioro del sistema de salud han mantenido la tensión social en niveles críticos. En este contexto, la respuesta del poder ha sido la represión selectiva y masiva, el hostigamiento y el encarcelamiento de voces críticas.

Barrenechea, conocido por su labor intelectual y sus posiciones críticas hacia el modelo totalitario, fue absorbido por el engranaje represivo del Estado cuando intentó canalizar el descontento de su comunidad. Su traslado a la prisión La Pendiente, una de las instalaciones con mayor hacinamiento y peores condiciones sanitarias del país, forma parte del castigo ejemplarizante que la dictadura impone a quienes se atreven a cuestionar la narrativa oficial. La separación de su madre en sus últimos meses de vida es un corolario de esta política de aniquilación moral.

Implicaciones y silencio internacional

La carta de José Gabriel Barrenechea trasciende el ámbito personal para convertirse en un documento acusatorio de la realidad cubana contemporánea. «No pude despedirme de ella, no pude pedirle que me perdonara y recibir su bendición», concluye el preso político, consciente de que el perdón de su madre está asegurado, pero también de que su ausencia fue orquestada por un sistema que castiga la dignidad. Su testimonio pone rostro y nombre a las miles de familias fracturadas por la persecución política, el exilio migratorio masivo y el encierro arbitrario en la isla.

Para la ciudadanía cubana, episodios como este reafirman la naturaleza intrínsecamente represiva del poder en la isla y la inexistencia de canales institucionales para reclamar justicia o elemental piedad. Mientras tanto, la comunidad internacional y los organismos de derechos humanos mantienen una postura de tibias condenas diplomáticas que no han logrado detener la maquinaria represiva del régimen. La impunidad con la que las autoridades penitenciarias operan, negando derechos fundamentales a presos de conciencia, proyecta un panorama sombrío donde la vida humana y los lazos familiares quedan subordinados al control político absoluto.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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