Cientos de miembros de las comunidades del exilio cubano y venezolano en el condado de Miami-Dade se reunieron este domingo en la iglesia cristiana Presencia Viva, en Doral, para participar en una jornada de oración dedicada a la liberación de ambas naciones. El evento, organizado por la Asamblea de la Resistencia Cubana (ARC), combinó la reflexión espiritual con una firme exigencia de fin a la represión estatal y el retorno a las libertades fundamentales en los dos países.
La convocatoria logró aglutinar a una amplia representación de la diáspora, incluyendo líderes religiosos, pastores, figuras masónicas, ex presos políticos y dirigentes de diversas organizaciones del exilio. La jornada también contó con la presencia de funcionarios y figuras políticas locales y federales, entre ellos representantes vinculados a la Casa Blanca y la alcaldesa de Doral, Christi Fraga. La asistencia de estas autoridades subrayó el peso político e institucional que ha adquirido la diáspora en el sur de la Florida como voz legítima de los desposeídos dentro de sus países de origen.
Bajo el lema «Oración por una Venezuela libre y una Cuba libre», el acto se desarrolló en un ambiente de profunda solemnidad pero con un mensaje político inequívoco. Durante la celebración religiosa, se pidió por el colapso de los sistemas autoritarios que gobiernan ambas naciones y por la instauración de un estado de derecho que garantice la dignidad humana. La intersección entre fe y activismo cívico se presentó como una herramienta indispensable frente a la asfixia institucional que sufren los ciudadanos en la isla y en territorio venezolano.
Antes del inicio de la actividad, el secretario general de la ARC, Orlando Gutiérrez, enfatizó que la convocatoria respondía a una dimensión espiritual intrínsecamente ligada al proceso político de ambas naciones. Gutiérrez señaló que la lucha contra el autoritarismo trasciende lo terrenal y se consolida como una batalla por la salvación y el futuro de los pueblos oprimidos. Asimismo, destacó que esta iniciativa en el exilio corre en paralelo a acciones similares dentro de Cuba, donde ciudadanos se reúnen a pesar del acoso del aparato represivo para orar por un cambio de régimen y la conquista de la libertad.
El pastor Edwin Castro, líder de la iglesia Presencia Viva, asumió un rol protagónico al subrayar la responsabilidad moral de las comunidades de fe frente a la crisis regional. Castro recordó que su congregación ha orado por Venezuela durante más de una década, pero consideró imperativo extender ese respaldo a la causa cubana. En su intervención, el líder religioso enfatizó que el silencio cómplice no es una opción para los creyentes, quienes tienen el deber bíblico de defender la justicia, hablar por los que no tienen voz y confrontar las estructuras de poder que anulan los derechos ciudadanos.
Uno de los momentos más resonantes de la jornada estuvo a cargo del líder opositor cubano José Daniel Ferrer, quien conectó la espiritualidad con la acción cívica directa. Ferrer aseveró que la oración debe ir de la mano con la resistencia en las calles para lograr el disfrute de los derechos que poseen casi todas las naciones del hemisferio occidental. En su discurso, responsabilizó directamente a las dictaduras de Cuba y Venezuela por la profunda miseria económica y moral que padecen ambas sociedades, señalando que estos regímenes operan en contra de cualquier plan de prosperidad y de libre mercado que pueda sacar a las poblaciones de la ruina.
La jornada concluyó con una ceremonia religiosa centrada en las víctimas del autoritarismo. Se ofrecieron oraciones colectivas por los presos políticos que languidecen en cárceles de alta peligrosidad, por los familiares de los fallecidos a manos de la represión estatal y por los millones de ciudadanos afectados por las crisis humanitarias complejas. El cierre dejó patente la unidad estratégica entre las comunidades de fe, las organizaciones del exilio y los actores cívicos del sur de Florida.
El contexto de crisis estructural y represión
Esta muestra de unidad en el exilio no ocurre en el vacío, sino en medio de la peor crisis estructural que ha atravesado la isla en las últimas décadas. El régimen de La Habana ha llevado a la economía cubana a un punto de colapso irreversible, caracterizado por una hiperinflación galopante, el desabastecimiento crónico de productos de primera necesidad y el deterioro total del sistema electroenergético. La incapacidad del gobierno cubano para garantizar los servicios básicos ha generado un nivel de pobreza extrema que obliga a miles de ciudadanos a emigrar diariamente, desarticulando por completo la estructura social del país.
Paralelamente a la crisis económica, la dictadura cubana ha endurecido su maquinaria represiva contra cualquier forma de disidencia. La implementación de tácticas de acoso, detenciones arbitrarias, juicios sumarios y confinamiento solitario se ha vuelto la norma para neutralizar a activistas, periodistas independientes y líderes religiosos que se atreven a cuestionar el poder. La libertad de culto también ha sido vulnerada, con un control estricto sobre las denominaciones religiosas que no se alinean con la oficialidad, lo que explica por qué la oración por la libertad ha tenido que refugiarse en la clandestinidad dentro de la isla y multiplicarse en el exilio.
Antecedentes de una crisis compartida
La simbiosis entre las crisis cubana y venezolana tiene profundas raíces históricas y geopolíticas. Durante más de dos décadas, el ejecutivo cubano ha exportado su modelo de control social, inteligencia y represión hacia Caracas, consolidando un aparato de seguridad que mantiene al chavismo en el poder pese al repudio popular. A su vez, el envío de combustible y recursos venezolanos ha funcionado como un salvavidas temporal para las autoridades de la isla, creando una dependencia mutua que prolonga el sufrimiento de ambas poblaciones y aísla cualquier intento de democratización.
En este escenario, la comunidad exiliada en Miami ha consolidado su rol como el principal contrapeso político frente a la narrativa oficial de ambos regímenes. La Asamblea de la Resistencia Cubana y otras organizaciones han transitado de la protesta tradicional a la articulación de redes de apoyo más sofisticadas, buscando incidir en la política exterior de Estados Unidos y presionar a la comunidad internacional para que no normalice las relaciones con gobiernos que violan sistemáticamente los derechos humanos. La jornada de oración en Doral se inscribe en esta estrategia de mantener la presión mediática y diplomática.
Implicaciones a futuro
La convergencia entre el exilio cubano y venezolano en espacios de fe y resistencia política envía un mensaje claro sobre el futuro de la región: la estabilidad democrática en América Latina es inalcanzable mientras persistan enclaves autoritarios en el Caribe. La continuidad de estas alianzas cívicas será determinante para sostener la atención internacional sobre las violaciones de derechos humanos que ocurren a puertas cerradas en La Habana y Caracas.
Para la ciudadanía atrapada bajo el yugo de estas dictaduras, los actos de solidaridad en el exterior representan un respiro moral y una garantía de que su lucha no cae en el olvido. Sin embargo, la transición hacia la democracia requerirá no solo de la oración y la condena internacional, sino de un endurecimiento de las políticas coercitivas y un apoyo decidido a los actores democráticos en el interior. Mientras tanto, la diáspora seguirá ejerciendo su derecho a la protesta, actuando como la voz de los millones de cubanos y venezolanos a quienes sus gobiernos les han arrebatado el derecho a expresarse libremente.


