La congresista cubanoamericana María Elvira Salazar ha exigido a la Unión Europea (UE) la suspensión inmediata de sus relaciones diplomáticas y financieras con el régimen de La Habana, en medio del reinicio del diálogo político bilateral celebrado en Bruselas. La legisladora republicana advirtió que cualquier inyección económica hacia la isla sirve de combustible para la maquinaria represiva de la dictadura, en un momento en el que la sociedad civil cubana se enfrenta a una profunda crisis humanitaria y a un aumento de la violencia estatal.
Las declaraciones de Salazar coinciden con la celebración del cuarto ciclo de conversaciones bilaterales bajo el marco del Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación (ADPC), un mecanismo instituido para estrechar lazos y supuestamente impulsar reformas en la isla. Sin embargo, la iniciativa ha sido fuertemente repudiada por la disidencia interna, organizaciones defensoras de los derechos humanos y legisladores internacionales, quienes argumentan que el pacto ha servido únicamente para oxigenar económicamente a las autoridades de la isla sin exigir contrapartidas democráticas reales.
A través de un mensaje publicado en la red social X, la representante por Florida vinculó directamente la postura europea con la realidad que viven los cubanos a pie. Salazar subrayó que mientras los eurodiputados dialogan con funcionarios del gobierno cubano, en las calles de la isla se desarrollan protestas universitarias, se agravan los cortes de electricidad y se profundiza la escasez de alimentos. «El pueblo cubano no puede soportar ni un día más de dictadura», sentenció la congresista, instando a Europa a asumir una postura ética frente al sufrimiento de la población.
Las manifestaciones estudiantiles, que han cobrado fuerza en diversas instituciones educativas del país, reflejan el hartazgo de una generación que no vislumbra un futuro bajo el modelo impuesto. La respuesta del Estado ante estas demandas ciudadanas ha sido la intimidación y la amenaza de expulsión, lo que evidencia la falta de espacios para el disenso y la criminalización de la protesta pacífica que mantiene el ejecutivo cubano.
Las críticas de Salazar no están aisladas y se suman a las persistentes demandas de su colega republicano Mario Díaz-Balart, quien también ha abogado por la derogación del ADPC. Díaz-Balart ha documentado cómo, desde la entrada en vigor de este acuerdo en 2017, el régimen de La Habana ha expandido y perfeccionado sus mecanismos de represión contra la disidencia. Ambos legisladores han denunciado además la complicidad del gobierno de la isla con Rusia, incluyendo el envío de tropas y mercenarios para apoyar la invasión a Ucrania, lo que sitúa a Cuba como un actor desestabilizador a nivel internacional.
Desde la perspectiva europea, la alta representante de la UE para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, ha defendido la continuidad del acuerdo argumentando que es la «mejor baza» del bloque europeo para influir en el panorama interno cubano. No obstante, en un giro que refleja el fracaso de la estrategia, Kallas admitió recientemente que el pacto «no ha aportado» los resultados esperados. La diplomática reconoció la gravedad de la situación en materia de derechos humanos, citando específicamente las detenciones arbitrarias de líderes opositores como José Daniel Ferrer y Félix Navarro, quienes permanecen tras las rejas por su activismo pacífico.
La sociedad civil ha sido aún más contundente en su evaluación del Acuerdo. El Observatorio Cubano de Derechos Humanos ha calificado de «nulos» los efectos del ADPC sobre las libertades fundamentales, evidenciando que el compromiso europeo no ha logrado detener ni un ápice la maquinaria represiva. Por su parte, la organización Prisoners Defenders presentó un informe en abril que documenta la existencia de al menos 1.155 presos políticos en la isla. Esta organización ha criticado severamente que el gobierno cubano tenga la facultad de vetar la participación de representantes independientes en los diálogos con Europa, convirtiendo el proceso en un teatro unilateral.
Antecedentes de un pacto fallido
Para comprender la magnitud del desencanto con el ADPC, es necesario remitirse a sus orígenes. El acuerdo fue firmado en 2016 y entró en vigor en 2017, diseñado para sustituir la «Posición Común» que la UE había mantenido desde 1996, la cual condicionaba las relaciones con la isla a avances democráticos. La transición hacia el ADPC fue celebrada en su momento como un paso hacia la modernización de los vínculos, pero la realidad ha demostrado que las autoridades de la isla interpretaron la apertura europea como una concesión a carta blanca para endurecer su control interno sin rendir cuentas a la comunidad internacional.
Contexto sistemico: Crisis, represion y colapso
El reinicio del diálogo en Bruselas ocurre en un escenario nacional de colapso sistémico. La isla atraviesa una de sus peores crisis económicas en décadas, caracterizada por una hiperinflación galopante, la dolarización forzada de la economía y un desabastecimiento crónico que impide a las familias acceder a productos de primera necesidad. La devaluación del peso cubano frente al dólar y la incapacidad estatal para garantizar salarios dignos han provocado que la supervivencia diaria se convierta en un desafío titánico para la mayoría de los habitantes.
El sistema electroenergético nacional se encuentra en estado terminal, provocando apagones que superan las 10 y 12 horas diarias en varias provincias, una situación que ha encendido la mecha de la protesta social. Frente a este panorama de desesperación, la respuesta del gobierno cubano ha sido el endurecimiento de la represión. La dictadura ha incrementado el uso de tácticas de amedrentamiento, detenciones arbitrarias, juicios sumarios y confinamiento solitario para silenciar cualquier voz disidente. Las fuerzas del orden actúan con total impunidad, sabiendo que no existen contrapesos institucionales ni una justicia independiente que pueda frenar los abusos. Esta violencia estatal es financiada, en parte, por los recursos que ingresan al país a través de acuerdos de cooperación como el firmado con la UE, lo que valida el argumento de Salazar sobre la complicidad financiera internacional.
A la crisis interna se suma el imparable éxodo migratorio que ha vaciado a la isla de su fuerza laboral y de su juventud. Cientos de miles de cubanos han emigrado en los últimos años hacia Estados Unidos y otras naciones huyendo de la falta de oportunidades y de la asfixia política. El régimen de La Habana ha utilizado el flujo migratorio como una válvula de escape para aliviar la presión social, evitando así un estallido generalizado, mientras el país se descapitaliza a un ritmo alarmante.
Implicaciones y el futuro de las relaciones con Cuba
La advertencia de la congresista Salazar sobre la inevitabilidad del colapso del régimen plantea un dilema histórico para la comunidad internacional, particularmente para la Unión Europea. Mantener un diálogo que ha demostrado ser ineficaz para promover la democracia, pero que sí proporciona legitimidad diplomática a la dictadura cubana, plantea serias interrogantes sobre la coherencia de la política exterior europea. La política del bloque hacia América Latina y el Caribe se encuentra en una encrucijada, ya que continuar legitimando a un gobierno que exporta mercenarios a conflictos bélicos internacionales y reprime a su población contradice los valores fundacionales de la UE.
«A la UE: La caída del régimen cubano es inevitable. Cuando llegue ese día, ¿cómo los recordará la historia? ¿Del lado de la libertad, o con los opresores?», cuestionó Salazar, en un llamado a reevaluar las prioridades geopolíticas del bloque. Las consecuencias de continuar con esta política de apaciguamiento recaen directamente sobre la ciudadanía cubana. Mientras los intercambios diplomáticos en Bruselas prosiguen sin exigir reformas tangibles, los cubanos continúan soportando el peso de un modelo económico fallido y una política de aniquilación de las libertades.
La presión internacional, condicionada a verdaderos avances en derechos humanos y a la liberación incondicional de los presos de conciencia, se presenta como el único mecanismo viable para forzar una transición pacífica que evite un caos mayor en la isla. El futuro de Cuba, y el papel que jugará Europa en ese desenlace, se define en decisiones como las que se debaten hoy en los pasillos de la diplomacia internacional, donde elegir entre la conveniencia burocrática y la defensa de los derechos humanos se ha vuelto insoslayable.


