Las autoridades de la isla arrestaron a Juan Alberto Kessel Linares y Víctor Bravo Cabañas, Gran Maestro y Gran Secretario por sustitución reglamentaria de la Gran Logia de Cuba (GLC), respectivamente, tras ser citados en la estación de Picota en La Habana. La detención, ejecutada por la Seguridad del Estado, marca un nuevo episodio de injerencia gubernamental y criminalización contra las organizaciones de la sociedad civil que intentan funcionar con autonomía frente al control absoluto del Estado.
Según relataron testigos presenciales bajo condición de anonimato por temor a represalias, los líderes masónicos acudieron a la unidad policial acompañados por varios miembros de la orden para una supuesta entrevista. Minutos después de su ingreso, una oficial vestida de civil salió de las instalaciones, entregó las pertenencias de los citados y notificó que permanecerían bajo arresto, sin ofrecer más explicaciones a los presentes. La operación represiva estuvo dirigida por la teniente coronel Kenia María Morales Larrea, reconocida oficial de la Seguridad del Estado con un amplio historial de persecución a activistas de derechos humanos y opositores políticos en la isla.
El arresto de Kessel Linares y Bravo Cabañas se produce en el clímax de una aguda disputa interna dentro de la masonería cubana, profundizada por la injerencia del Estado. Ambos líderes habían convocado a la comunidad masónica a reunirse en la GLC para defender pacíficamente la legalidad de la institución frente a las acciones de Mayker Filema Duarte, Gran Maestro destituido el 25 de mayo por más del 60% de los masones reunidos en Alta Cámara, tras su negativa a realizar elecciones generales. Pese a su destitución democrática, Filema Duarte continúa ocupando la sede de la institución, emitiendo decretos y suspendiendo arbitrariamente a las logias que aprobaron su salida.
La injerencia del Estado y el uso de la Ley de Asociaciones
La crisis institucional ha sido exacerbada por la intromisión directa del Ministerio de Justicia (MINJUS). A través de la Ley 54, o Ley de Asociaciones, el régimen de La Habana ejerce un control asfixiante sobre las organizaciones de la sociedad civil, exigiendo que cada acuerdo interno sea validado por el aparato burocrático estatal. En este conflicto, Miriam García Meriño, Directora del Registro de Asociaciones del MINJUS, ha ignorado sistemáticamente la destitución de Filema Duarte y continúa respaldándolo como Gran Maestro, en abierta contradicción con la legislación masónica y la voluntad soberana de las logias.
Horas antes de su detención, Kessel Linares había emitido un comunicado advirtiendo sobre la gravedad de la situación. En el texto, el líder masónico señalaba que la responsabilidad de esta «usurpación» recaía no solo en Filema Duarte, sino directamente en las autoridades civiles del MINJUS, a quienes acusó de «desatención cómplice» y de sostener la mecha de una «bomba de tiempo» que ellos mismos permitieron encender. Kessel enfatizó que la presencia unida de los masones era imperativa para impedir la ofensa a su dignidad institucional y para salvaguardar la legalidad de la institución centenaria.
El aparato represivo no se ha limitado a las detenciones. Esta es la segunda ocasión en menos de un mes en que Kessel Linares es citado por la Seguridad del Estado. El 21 de junio fue interrogado en la estación de Infanta y Manglar, donde la teniente coronel Morales Larrea lo amenazó con acusaciones de «desorden público» si continuaba convocando a los masones a confrontar la injerencia estatal. Durante aquel interrogatorio, los agentes también cuestionaron la presencia de la periodista independiente Camila Acosta en actividades masónicas, a lo que Kessel respondió reafirmando el carácter libre de los espacios y el derecho a la información.
Persecución a la cúpula masónica y represión del 11J
La presión sobre la dirigencia de la Gran Logia también alcanza al Soberano Gran Comendador, José Ramón Viñas Alonso, quien ha estado en la mira de los órganos de inteligencia desde que firmó una carta dirigida a Miguel Díaz-Canel rechazando la violenta represión estatal contra las protestas del 11 de julio de 2021. El intento del MINJUS de fracturar la unidad de los masones a nivel provincial, realizando reuniones para recabar apoyo a Filema y desviar los ataques hacia Viñas Alonso, evidencia una estrategia de desgaste y control por parte del ejecutivo cubano para neutralizar cualquier espacio que cuestione su autoridad moral o política.
Contexto Sistémico: El cierre del espacio cívico en Cuba
La ofensiva contra la Gran Logia de Cuba no es un hecho aislado, sino que se enmarca en el endurecimiento del control estatal sobre cualquier forma de organización independiente en la isla. La dictadura cubana ha incrementado su hostigamiento a instituciones históricas, iglesias, sindicatos y asociaciones civiles, impidiendo su funcionamiento autónomo y criminalizando a sus líderes cuando estos se atreven a exigir el cumplimiento de sus propios estatutos. En un país donde el monopolio de la organización social pertenece al Estado, la masonería ha representado históricamente uno de los últimos reductos de sociabilidad, pensamiento crítico y filantropía fuera del control oficialista.
Este incremento de la represión institucional ocurre en medio de la peor crisis estructural que ha enfrentado la nación en décadas. La hiperinflación, el colapso del sistema eléctrico, el desabastecimiento generalizado y la profunda crisis sanitaria han provocado un éxodo migratorio sin precedentes, vaciando las filas de la sociedad civil y debilitando aún más a las organizaciones tradicionales. Ante la incapacidad manifiesta del gobierno cubano para ofrecer respuestas a la emergencia económica y social, las autoridades han optado por el blindaje represivo, utilizando a la Seguridad del Estado para silenciar cualquier voz disidente o cualquier institución que demande transparencia, legalidad y respeto a sus derechos fundamentales.
Implicaciones a futuro y respuesta institucional
El caso de Mayker Filema Duarte ilustra cómo el aparato burocrático instrumentaliza las disputas internas para asegurar su hegemonía. Al negarse a realizar elecciones y abandonar la sesión de Alta Cámara el pasado 23 de marzo, Filema forzó una crisis constitucional en la orden. La negativa del MINJUS de reconocer su destitución demuestra que, bajo la legislación cubana actual, la legalidad estatal está por encima de la voluntad democrática de cualquier asociación. Esta herramienta jurídica ha sido utilizada históricamente para asfixiar a las ONG, gremios y grupos religiosos que no se alinean con la agenda del partido único.
La detención de Kessel Linares y Bravo Cabañas envía un mensaje intimidatorio de cara a la sesión convocada por la dirigencia legítima de la masonería. Filema Duarte ha anunciado que presentará acusaciones formales por supuestos delitos de «usurpación de cargo» y «reunión ilegal», mientras su facción planea introducir seguridad privada en el templo masónico, una medida calificada por los miembros de la GLC como una grave provocación y una falta de respeto a la tradición pacífica de la orden. El destino de la masonería cubana pende de un hilo, atrapada entre la voluntad de sus miembros de preservar su institucionalidad y el peso de un sistema autoritario dispuesto a aplastar cualquier manifestación de independencia.
La criminalización de los actos legales de la Gran Logia de Cuba evidencia el cierre definitivo del ya estrecho espacio cívico en la nación. Si el régimen logra imponer a la fuerza a un líder destituido por sus propios pares, sentará un precedente funesto para la autonomía de las pocas instituciones independientes que sobreviven en el país. La comunidad internacional y las organizaciones defensoras de la libertad de asociación deberán prestar atención a este caso, ya que la suerte de la masonería cubana es un claro termómetro de la salud democrática y del nivel de represión que impera bajo la dictadura en la isla.



