Nereida y Ciria Zanches Zanches, de 80 y 83 años respectivamente, sobreviven en la ciudad de Holguín en medio de la escasez extrema, dependiendo de la caridad para alimentarse y de un sistema de salud que las ha dejado en espera de una cirugía vital durante cinco años. Su caso evidencia el fracaso de las políticas sociales del gobierno cubano, que ha dejado en el desamparo a una población envejecida que dedicó su vida laboral y comunitaria al Estado. La pensión de 1.300 pesos mensuales que recibe Nereida y la pérdida de la asistencia social de Ciria configuran un panorama de pobreza profunda en la oriental provincia cubana.
La situación económica de ambas hermanas es un reflejo de la dramática pérdida de poder adquisitivo en la isla. Nereida, quien dedicó su vida laboral al sector del Comercio, recibe una jubilación de 1.300 pesos mensuales, una cifra que en el contexto de la inflación galopante y la devaluación del peso cubano apenas alcanza para adquirir productos de primera necesidad en el mercado informal. Por su parte, Ciria era beneficiaria de un subsidio por Asistencia Social que las autoridades de la isla le retiraron de forma arbitraria, dejándola sin ningún ingreso fijo y dependiendo por completo de su hermana menor.
La alimentación de ambas octogenarias depende hoy de la solidaridad de una iglesia local. Cada día, Nereida recorre el trayecto hasta el templo para consumir su almuerzo y poder llevar la ración correspondiente a Ciria, quien debido a su edad y dolencias no puede desplazarse con facilidad. En las tardes, ambas preparan lo poco que logran conseguir o que algún vecino les dona. «Un arrocito, una viandita», relató Ciria a medios independientes, describiendo una dieta carente de nutrientes esenciales. El consumo de proteínas es una rareza absoluta, algo que la anciana resumió con amarga ironía al referirse a la carne como «la de cada mil años». En ocasiones excepcionales, logran comprar una lata de leche condensada para mezclar con el café, un lujo en la Cuba actual.
El caso de Ciria añade un capítulo de profunda contradicción al relato de la revolución cubana. Durante 32 años, esta mujer estuvo vinculada a los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), llegando incluso a desempeñarse como vicecoordinadora municipal, una posición de mediano rango dentro de la estructura de control territorial del régimen. A pesar de décadas de lealtad y trabajo político a favor del sistema, la anciana termina sus días en la indigencia, ignorada por las mismas instituciones a las que dedicó gran parte de su vida. Este contraste demuestra cómo la retórica oficial de protección social se desvanece frente a la realidad de la miseria generalizada.
A la precariedad económica se suman los problemas de salud, agravados por el colapso del sistema sanitario nacional. Ciria padece de asma y una afección arterial que, según asegura, logra mantener controladas a duras penas. Sin embargo, también había recibido tratamiento psiquiátrico en el pasado, una atención que ha tenido que suspender por la imposibilidad de conseguir los medicamentos recetados en las farmacias estatales, las cuales llevan años sufriendo un desabastecimiento crónico que afecta especialmente a la población vulnerable.
La mayor preocupación de Ciria es una afección visual que requiere intervención quirúrgica. Según su testimonio, lleva aproximadamente cinco años esperando ser llamada para operarse. «Me hicieron los papeles y me dijeron: ‘Vamos a esperar que te llamen'», recordó la anciana. En el hospital, el personal médico le explicó que la demora se debe a la falta de insumos básicos, mencionando específicamente la escasez de guantes quirúrgicos. La incapacidad del régimen de La Habana para garantizar algo tan elemental como guantes para una cirugía ocular expone el grado de deterioro de la infraestructura hospitalaria cubana.
El fracaso del sistema de seguridad social y la crisis estructural
El drama de Nereida y Ciria no es un caso aislado, sino la norma en la Cuba contemporánea. La isla atraviesa una de las peores crisis económicas de su historia, caracterizada por una inflación que ha destruido el salario y la pensión promedio, un desabastecimiento generalizado y una fragmentación monetaria que ha empobrecido a la mayoría de la población. Las jubilaciones en Cuba, que oscilan entre los 1.500 y 2.000 pesos para la mayoría de los ancianos, son insuficientes frente a los precios del mercado, donde un cartón de huevos o una libra de carne de cerido pueden costar más de la mitad de la pensión mensual de una persona de la tercera edad. El gobierno cubano ha demostrado una incapacidad absoluta para indexar las pensiones a la inflación real, condenando a los jubilados a la pobreza extrema.
Paralelamente, el sistema de salud pública, otrora presentado por la dictadura cubana como uno de sus mayores logros y exportado como modelo a otras naciones, se encuentra en estado de ruina. La falta de medicamentos, la infraestructura hospitalaria deteriorada, la ausencia de higiene y la escasez de especialistas —muchos de los cuales han emigrado en busca de mejores condiciones de vida— han transformado la atención médica en un privilegio inalcanzable para quienes no tienen familiares en el extranjero que les envíen remesas. La espera de cinco años de Ciria por una cirugía es la consecuencia directa de la falta de inversión estatal en el sistema sanitario y de la priorización de otros rubros, como el turismo y la construcción de hoteles, sobre la salud de la ciudadanía.
El envejecimiento poblacional y el éxodo migratorio
El panorama se complica aún más por el acelerado envejecimiento demográfico que sufre el país. Cuba es la nación más envejecida de América Latina, con más del 20% de su población por encima de los 60 años. Esta realidad estructural ha sido agravada por el éxodo migratorio masivo de los últimos años, que ha arrancado de la isla a cientos de miles de jóvenes en edad productiva. La fuga de talento y de fuerza laboral ha dejado a una generación de ancianos solos, sin redes familiares de apoyo que les brinden cuidado o asistencia económica. En el caso de Nereida y Ciria, la ausencia de familiares cercanos las ha empujado a depender de la caridad de instituciones religiosas, un vacío que el Estado debería cubrir pero que ignora sistemáticamente.
Históricamente, el régimen de La Habana ha utilizado a las personas de la tercera edad como legitimadores de su discurso, exigiéndoles fidelidad y trabajo a cambio de la promesa de una vejez digna. Sin embargo, la realidad actual muestra que ese pacto social ha sido roto unilateralmente por el ejecutivo cubano. La burocracia estatal, a través de mecanismos como la retirada de la Asistencia Social a Ciria, penaliza la pobreza y abandona a los ciudadanos cuando ya no son considerados productivos o políticamente útiles para la maquinaria gubernamental.
Consecuencias y panorama futuro
La situación de estas dos hermanas en Holguín proyecta una sombra preocupante sobre el futuro de la nación caribeña. Mientras el régimen mantenga sus políticas económicas fallidas y se niegue a implementar reformas estructurales que liberalicen la economía y permitan el acceso a recursos básicos, la mortalidad por causas evitables —como la desnutrición y la falta de atención médica— continuará en aumento entre los adultos mayores. La comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos deben prestar atención a esta crisis silenciosa que azota a los sectores más vulnerables de la sociedad cubana.
El abandono de Nereida y Ciria es la radiografía perfecta de un país en decadencia. La dictadura cubana, al priorizar el control político sobre el bienestar de sus ciudadanos, ha generado un sistema donde la lealtad no garantiza la supervivencia. La espera de cinco años por unos guantes quirúrgicos y la supervivencia a base de arroz y viandas no son solo tragedias individuales, sino el resultado inevitable de décadas de mala gestión, corrupción institucional y ausencia de libertades que han llevado a la nación al borde del colapso humanitario.



