Las autoridades de la isla han presentado la elaboración de masa para croquetas a partir de «hueso blanco» o caña como una de las iniciativas para hacer frente a la escasez de alimentos en Camagüey. La propuesta, surgida en un taller sobre «economía circular», evidencia la profundidad de la crisis alimentaria que atraviesa el país y la incapacidad del gobierno cubano para ofrecer soluciones estructurales a una población que enfrenta niveles críticos de desnutrición y pobreza.
La iniciativa fue expuesta durante el III Taller Provincial «Reciclando para no contaminar», celebrado en la provincia de Camagüey. Arenayda Manzanares Horta, especialista superior del Grupo de Calidad Ambiental y Economía Circular en el territorio, justificó la medida como una respuesta a las carencias materiales que sufre la población. Según la funcionaria, el objetivo es reutilizar los residuos para elaborar productos deficitarios, enmarcando la medida dentro de un supuesto modelo de sostenibilidad y aprovechamiento.
Sin embargo, lejos de tratarse de una política ambiental avanzada, la propuesta revela los extremos a los que ha llegado el desabastecimiento en Cuba. Durante el mismo evento, la Empacadora Raúl Cepero Bonilla detalló otras prácticas similares, como el aprovechamiento de tripas, grasas y sangre animal en la elaboración de embutidos. Lo que en otras latitudes podría ser un subproducto de la industria cárnica, en la isla se convierte en el ingrediente principal para intentar paliar el hambre de una población que carece de acceso a proteínas básicas y dignas.
Antecedentes de propuestas alimentarias cuestionadas
La normalización de la escasez a través de recetas extremas no es una práctica nueva para el régimen de La Habana. A lo largo de las últimas décadas, la población cubana ha sido testigo de cómo el discurso oficial ha intentado introducir alternativas alimentarias que han generado más indignación que alivio. Estas medidas, impuestas desde la cúpula del poder sin control democrático ni consulta popular, reflejan la profunda desconexión de la dictadura con la realidad cotidiana de los ciudadanos.
Uno de los ejemplos más emblemáticos fue la promoción de la moringa como panacea para todos los males nutricionales, impulsada por el fallecido Fidel Castro. En 2018, el gobierno cubano llegó a crear la Entidad de Ciencia, Tecnología e Innovación «Sierra Maestra» para materializar estas ideas sobre seguridad alimentaria. No obstante, los campesinos que intentaron cultivar la planta perdieron tiempo, esfuerzo e inversión, sin lograr los resultados milagrosos prometidos por las autoridades, evidenciando el fracaso de las directrices agrícolas centralizadas.
Otro episodio de desconexión gubernamental ocurrió en 2019, cuando el comandante Guillermo García Frías aseguró públicamente que el consumo de carne de avestruz y jutía era una solución viable, argumentando que el avestruz producía «más carne que una vaca». En medio de una grave crisis alimentaria, la declaración fue percibida como una burla por los cubanos, quienes rápidamente inundaron las redes sociales con memes y críticas hacia una propuesta considerada ofensiva ante la imposibilidad de acceder a una dieta básica.
La lista de alimentos inverosímiles ha continuado creciendo. En 2020, Santiago Sobrino Martínez, entonces ministro de la Industria Alimentaria, defendió en el programa oficial Mesa Redonda el uso de «gallinas decrépitas» y la reutilización de dos millones de metros de tripas de res y cerdo para la elaboración de croquetas. Sobrino llegó a asegurar que esta práctica no era propia de países pobres, sino que reflejaba un aprovechamiento típico de «países desarrollados», una afirmación que generó un fuerte rechazo social al considerar humillante la comparación.
Incluso en marzo de 2022, la emisora Radio Guamá publicó un artículo destacando el «valor nutricional» de la leche de cucaracha, lo que volvió a encender las alarmas de la población. Figuras afines a la dictadura, como el brasileño Frei Betto, han sumado a este discurso con propuestas igualmente alejadas de la realidad culinaria y nutricional del cubano promedio, demostrando que la lista de soluciones oficiales resulta no solo interminable, sino también denigrante para la dignidad humana.
El colapso estructural detrás de la «economía circular»
La propuesta de las croquetas de hueso blanco en Camagüey no puede desvincularse del colapso estructural que sufre la economía cubana. La falta de alimentos no es resultado de una crisis climática o de supuestas presiones externas, como insiste el discurso oficial, sino de la ineficiencia del modelo económico centralizado, la ausencia de incentivos a la producción privada y el monopolio estatal sobre la tierra y los recursos. La inflación galopante ha colocado productos básicos como la carne de res, el pollo o la leche fuera del alcance de la mayoría de los salarios en la isla.
El sector agropecuario cubano sufre de una crónica falta de insumos, maquinaria y fertilizantes, agravada por una burocracia asfixiante que impide la libre comercialización de los productos por parte de los campesinos. Mientras el ejecutivo cubano promueve el consumo de vísceras y huesos molidos bajo el eufemismo de la «economía circular», la tierra fértil de la isla permanece improductiva o es entregada a empresas estatales con rendimientos paupérrimos. Esta contradicción es la raíz de la inseguridad alimentaria que obliga a las familias a depender de remesas o del mercado negro para sobrevivir.
Implicaciones y futuro alimentario de la isla
La presentación de estas iniciativas como «innovación» constituye un intento de maquillar la miseria inducida por décadas de mala gestión. Para la ciudadanía, las croquetas de hueso blanco y los embutidos de sangre no representan una solución, sino la confirmación de que el Estado ha renunciado a garantizar el derecho fundamental a una alimentación adecuada y digna. La deshumanización de la dieta es un reflejo directo de la deshumanización del sistema político.
Ante este escenario, la respuesta de la población ha sido el éxodo masivo. La falta de perspectivas y la imposibilidad de acceder a una canasta básica han empujado a cientos de miles de cubanos a abandonar el país en los últimos años. La comunidad internacional y los organismos de derechos humanos deben observar estas políticas alimentarias no como simples excentricidades del régimen, sino como síntomas evidentes de un sistema que vulnera sistemáticamente la dignidad y la supervivencia de su pueblo, exigiendo una condena firme a la dictadura cubana por su responsabilidad directa en este colapso social y económico.



