Las compras de bienes estadounidenses por parte de Cuba han alcanzado niveles récord durante el primer semestre de 2026, sumando un total de 674 millones de dólares entre enero y julio. Este incremento del 61,8 % respecto al mismo periodo del año anterior contradice frontalmente la narrativa del régimen de La Habana, que insiste en culpar al embargo estadounidense por la profunda escasez de alimentos, combustibles y medicamentos que sufre la isla. Los datos oficiales revelan una relación comercial mucho más amplia y dinámica de lo que reconoce el discurso gubernamental.
Según las estadísticas oficiales del Departamento de Comercio de Estados Unidos, recogidas por la agencia EFE, el monto acumulado hasta julio representa ya el 83,2 % de los 809,6 millones de dólares exportados durante todo el año 2025. Este repunte comercial ocurre en un contexto paradójico: mientras Washington endurece sus sanciones y presiona los suministros petroleros tradicionales de la isla, el mercado estadounidense se consolida como una fuente de abastecimiento clave para la economía cubana, particularmente para el sector privado y los envíos de carácter humanitario.
El cambio de patrón: el auge de los combustibles y la energía
El desglose de las importaciones ofrece una radiografía precisa de las prioridades y carencias del país. La principal categoría durante los primeros siete meses del año fueron los denominados artículos de socorro, con 126,6 millones de dólares. Dado el carácter humanitario de esta clasificación, estos envíos reflejan en gran medida la profunda dependencia de la población cubana de las remesas en especie y la ayuda de la diáspora para paliar el desabastecimiento crónico provocado por la ineficiencia del Estado. Le siguieron la carne de pollo congelada, con unos 118 millones de dólares, y los derivados del petróleo, con 117,1 millones. Los vehículos aportaron otros 34,9 millones de dólares al comercio bilateral.
Sin embargo, la gran novedad comercial de 2026 radica en las compras de energía. Al sumar gasolina, diésel y otros productos petroleros, las exportaciones energéticas estadounidenses hacia Cuba ascendieron a aproximadamente 156,9 millones de dólares en los primeros siete meses del año. Solo el diésel y la gasolina concentraron 100,6 millones de dólares en los primeros seis meses. Para dimensionar la magnitud de este salto, basta observar que durante todo el año 2025 las exportaciones de combustibles y aceites estadounidenses hacia la isla apenas habían sumado 311.558 dólares.
El economista cubano Ricardo Torres y el analista Daniel Torralbas coinciden en que el mercado energético estadounidense se está convirtiendo en una fuente fundamental para el país. Este fenómeno es particularmente llamativo porque ocurre cuando el gobierno de EE.UU. ha intensificado su presión sobre los proveedores tradicionales de La Habana, cortando el flujo de barcos tanque desde otras jurisdicciones. Las ventas de combustible desde Estados Unidos están vinculadas fundamentalmente al sector privado no estatal, ya que las regulaciones estadounidenses permiten, bajo determinadas condiciones, exportar gasolina y derivados a entidades privadas cubanas elegibles y directamente a consumidores individuales.
Además de los combustibles fósiles, las estadísticas muestran una incipiente diversificación hacia otras fuentes energéticas. En junio y julio, Cuba importó unos 450.000 dólares en gas propano licuado, mientras que las compras de productos fotovoltaicos y equipos solares rondaron los 6,25 millones de dólares durante los primeros siete meses del año. Estos datos reflejan intentos, principalmente desde el sector privado, de buscar alternativas ante el colapso del Sistema Electroenergético Nacional (SEN), incapaz de garantizar un servicio estable a la población y a las empresas.
El desplome de las importaciones de pollo y la crisis alimentaria
En contraste con el auge energético, las importaciones tradicionales de alimentos han experimentado una caída significativa. Durante años, la carne de pollo congelada fue el símbolo del comercio bilateral y el principal sustento proteico en la canasta básica de los cubanos. Aunque entre enero y julio reportó unos 118 millones de dólares, las tendencias mensuales revelan un desplome alarmante, según el análisis del economista Pedro Monreal.
Monreal ha señalado que las exportaciones mensuales de pollo estadounidense hacia Cuba cayeron en julio a su nivel más bajo desde octubre de 2023. Entre diciembre de 2025 y julio de 2026, las compras descendieron un 56 % en valor y un 50 % en toneladas. Esta reducción es aún más severa si se considera que el precio del producto también experimentó una caída cercana al 26 % entre junio de 2025 y julio de 2026. A pesar de abaratar los costos, el gobierno cubano ha reducido drásticamente sus adquisiciones, dejando un vacío imposible de llenar por la producción nacional, y recortando drásticamente el acceso a proteínas de la población.
Contexto Sistémico: La crisis estructural y la doble moral del poder
Este repunte selectivo de las importaciones desde Estados Unidos no debe interpretarse como una mejoría en la economía cubana, sino como un síntoma más de su profunda descomposición estructural. El régimen de La Habana ha mantenido durante décadas un discurso que responsabiliza al embargo de todos los males del país, utilizando la sanción como escudo para justificar su incapacidad para garantizar los servicios básicos. Sin embargo, los datos comerciales demuestran que, incluso bajo las restricciones estadounidenses, existen vías para el abastecimiento que el ejecutivo cubano no aprovecha de manera eficiente en beneficio de la población.
La realidad cotidiana de los ciudadanos está marcada por una inflación galopante, la depreciación del salario real y un éxodo migratorio sin precedentes. Mientras el sector privado logra importar combustible desde EE.UU. para mantener operativas sus instalaciones, la mayoría de la población sufre apagones que superan las 10 horas diarias, consecuencia de la falta de mantenimiento de las termoeléctricas y la corrupción institucionalizada en la empresa estatal Unión Cuba-Petróleo (CUPET). La dictadura cubana prioriza el control político y la represión social sobre la búsqueda de soluciones reales para la crisis energética y alimentaria, criminalizando cualquier intento de autonomía económica que escape a su control totalitario.
Antecedentes y consecuencias a futuro
Históricamente, el comercio de alimentos entre ambos países se amparó en la Ley de Reforma de las Sanciones Comerciales y Mejora de las Exportaciones (TSRA) del año 2000, la cual permitió a Cuba comprar productos agrícolas estadounidenses pagando en efectivo, una condición que el gobierno de la isla ha cumplido a regañadientes. La inclusión reciente del sector privado en las licencias del Departamento de Comercio estadounidense ha modificado las dinámicas comerciales, otorgando a los pequeños empresarios un rol protagónico en la importación de insumos críticos que el Estado es incapaz de proveer.
De cara al futuro, el aumento de las importaciones privadas de combustible y equipos energéticos desde Estados Unidos podría consolidar una economía paralela, donde las empresas no estatales logren cierta resiliencia frente al colapso estatal. No obstante, esto no resuelve la crisis sistémica de la isla. La comunidad internacional y los actores democráticos observan cómo las autoridades de la isla mantienen un doble discurso: comercian y dependen del mercado estadounidense mientras reprimen a su propia población y eluden las reformas económicas y políticas necesarias para superar la postración en la que han sumido al país.