El mandatario cubano Miguel Díaz-Canel realizó una visita oficial a Bielorrusia para reunirse con Aleksandr Lukashenko, un líder ampliamente cuestionado por la comunidad internacional por su autoritarismo, represión y permanencia indefinida en el poder. El encuentro en Minsk subraya la alineación del régimen de La Habana con gobiernos autoritarios en un momento en que la crisis estructural en Cuba se agrava sin solución a la vista.
La gira de Díaz-Canel por la capital bielorrusa incluyó reuniones bilaterales y su participación en el Consejo Supremo de la Unión Económica Euroasiática, un bloque liderado por Moscú. Según el periódico oficial Granma, el objetivo de la visita es «reafirmar y fortalecer» los lazos entre ambos gobiernos. Sin embargo, más allá del gesto diplomático y la exhibición de banderas cubanas en las avenidas principales de Minsk, el encuentro pone de relieve la afinidad ideológica y operativa entre dos modelos de poder definidos por el control absoluto del Estado, la censura y el rechazo frontal a las democracias liberales occidentales.
La figura de Lukashenko, descrita por institutos de análisis como el LISA Institute como el «último dictador de Europa», genera un fuerte contraste y, a la vez, una preocupante similitud con la dirigencia cubana. Lukashenko ha ostentado la presidencia de Bielorrusia desde 1994, cuando ganó con el 80.1% de los votos en los primeros comicios democráticos del país tras la caída de la Unión Soviética. Desde entonces, ha sido reelegido en todas las contiendas, siempre bajo graves acusaciones de fraude electoral, coacción y represión sistemática contra la oposición.
El perfil de Lukashenko está marcado por su origen en la antigua República Socialista Soviética de Bielorrusia. Nacido en 1954, con formación en Historia y Ciencias Agrícolas, su carrera temprana incluyó su paso como comisario político en el Ejército Rojo y la gestión de una granja estatal. En 1993, asumió la presidencia del Comité Anticorrupción del parlamento, desde donde denunció a altos funcionarios, construyendo una imagen de «outsider» enfrentado a las élites tradicionales. Esta narrativa de salvador de la patria frente a la corrupción institucional es un recurso político que también ha sido explotado históricamente por el gobierno cubano para justificar su hegemonía.
Consolidación del poder y represión en Bielorrusia
A lo largo de más de tres décadas, Lukashenko ha consolidado un sistema altamente centralizado, con control estatal sobre la economía, los medios de comunicación y el sistema judicial. En 2004, un referendo eliminó el límite de dos mandatos presidenciales, allanando el camino para su retención indefinida del poder, una maniobra que recuerda a las modificaciones constitucionales y normativas que el régimen de La Habana ha utilizado para perpetuar a la misma élite en el poder durante más de seis décadas. Recientemente, Lukashenko anunció su intención de presentarse a la reelección en los comicios presidenciales previstos para enero de 2025.
La crisis política más reciente en Bielorrusia estalló tras las elecciones presidenciales de 2020, en las que Lukashenko fue declarado ganador con el 80.2% de los votos frente a la candidata opositora Svetlana Tikhanovskaya. La comunidad internacional, incluyendo la Unión Europea y Estados Unidos, rechazó de plano los resultados por considerarse fraudulentos. La violenta represión ejercida por el Estado contra las protestas ciudadanas posteriores resultó en una nueva ronda de sanciones internacionales y el aislamiento diplomático del régimen. Organizaciones como la OSCE, Human Rights Watch y Amnistía Internacional han documentado de manera sistemática las violaciones a los derechos humanos, incluyendo detenciones arbitrarias, persecución de activistas, periodistas y políticos, así como la retención de la pena de muerte.
A pesar del aislamiento occidental, Lukashenko mantiene una base de apoyo interna, particularmente en sectores que se benefician de sus políticas de subsidios y bienestar. Bajo su modelo de «socialismo de mercado», que combina intervención estatal, renacionalización de empresas y control de precios, la pobreza disminuyó del 41.9% en 1992 al 5.6% en 2020, según datos del Banco Mundial, con una tasa de desempleo oficialmente inferior al 1%. Este manejo económico contrasta dramáticamente con el colapso total del modelo económico centralizado en Cuba, que ha sumido a la isla en una pobreza extrema, hiperinflación y desabastecimiento crónico.
Contexto: La crisis estructural de Cuba y la búsqueda de aliados
La visita de Díaz-Canel a Minsk no es un mero ejercicio de cortesía diplomática, sino una muestra de la urgente necesidad del régimen de La Habana de diversificar y solidificar sus alianzas en medio de la peor crisis económica y social de las últimas décadas. Mientras el mandatario cubano recorre capitales aliadas en busca de apoyo financiero y comercial, la ciudadanía en la isla enfrenta apagones que superan las diez horas diarias, una inflación descontrolada que devora los salarios y un desabastecimiento que imposibilita el acceso a alimentos básicos y medicinas.
El exilio masivo es otra de las consecuencias directas del fracaso del modelo estatal cubano. Cientos de miles de ciudadanos han abandonado la isla en los últimos años, huyendo de la falta de oportunidades y de la asfixiante represión política. La dictadura cubana, consciente de su creciente impopularidad y pérdida de legitimidad, ha respondido con un endurecimiento del control social, detenciones arbitrarias y leyes penales diseñadas para silenciar a cualquier crítico, tácticas que le son familiares a su contraparte bielorrusa.
La afinidad entre Díaz-Canel y Lukashenko se entiende mejor al observar cómo ambos gobiernos gestionan el descontento social. Así como la dictadura cubana encarceló a cientos de manifestantes tras las protestas del 11 de julio de 2021, el régimen de Minsk aplastó con violencia las marchas de 2020. Para ambos líderes, la justificación del autoritarismo se basa en la supuesta necesidad de «mantener el país bajo control y no dañar la vida de las personas», un discurso que oculta la realidad de un poder sin control democrático ni rendición de cuentas.
Alianza con Rusia y aislamiento de Occidente
El acercamiento entre La Habana y Minsk también está mediado por su relación con Moscú. Lukashenko ha fortalecido su alianza estratégica con Rusia, promoviendo en 1999 la creación del Estado de la Unión de Rusia y Bielorrusia. Además, es miembro fundador de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), una alianza político-militar liderada por el Kremlin. Bielorrusia ha servido como plataforma de apoyo logístico para las operaciones militares rusas, incluyendo la invasión a Ucrania, lo que posiciona al país como un paria para los estándares occidentales.
En este tablero geopolítico, el ejecutivo cubano busca insertarse en la órbita de influencia de Moscú y sus aliados para obtener apoyo frente a la presión internacional y la decadencia interna. La participación de Díaz-Canel en el Consejo Supremo de la Unión Económica Euroasiática es un intento de abrir vías de cooperación comercial que compensen la caída de los ingresos turísticos y las sanciones de Estados Unidos. Sin embargo, los expertos coinciden en que estos acuerdos diplomáticos rara vez se traducen en beneficios tangibles para la población cubana, sirviendo más bien para mantener la supervivencia de la cúpula gobernante.
Para muchos observadores y analistas políticos, el encuentro en Minsk representa mucho más que un intercambio bilateral: es la consolidación de un eje de regímenes autoritarios que se apoyan mutuamente para resistir el escrutinio internacional y evadir las demandas de apertura democrática de sus propios pueblos. Mientras las autoridades de la isla celebran la fotografía diplomática, las consecuencias a futuro para la ciudadanía cubana apuntan a un mayor aislamiento de las democracias occidentales y a la profundización de un modelo económico y político que ha demostrado ser incapaz de garantizar los derechos y el bienestar básico de la población.



