La Habana se ha convertido en una ciudad donde dormir se ha convertido en un privilegio inalcanzable. Los cortes eléctricos prolongados, las temperaturas sofocantes del trópico y la proliferación de mosquitos transmisores de enfermedades configuran un escenario de agotamiento físico y mental que afecta a millones de cubanos cada noche, mientras las autoridades del régimen de La Habana multiplican promesas vacías y campañas retóricas que nunca se materializan en soluciones concretas.
En las largas noches habaneras, cuando la corriente eléctrica desaparece por horas e incluso días, la cotidianidad de los cubanos se transforma en una odisea de supervivencia básica. Sin ventiladores, sin aires acondicionados, sin siquiera la posibilidad de encender una lámpara de mesa, miles de familias se acuestan a dar vueltas en camas empapadas de sudor, escuchando el zumbido constante de mosquitos que anuncian su llegada antes de picar. Es un insomnio colectivo, una tortura silenciosa que nadie registra en estadísticas oficiales pero que deteriora irreversiblemente la salud física y mental de una población ya exhausta por décadas de crisis.
El escritor cubano Virgilio Piñera dedicó a este tema un cuento brevísimo en el que un insomne, desesperado por no poder conciliar el sueño, se dispara en la cabeza, pero ni siquiera después del disparo consigue dormirse. La metáfora literaria, escrita hace décadas, parece haberse convertido en profecía para la Cuba contemporánea. La diferencia es que hoy el insomnio no es una condición individual ni existencial, sino un fenómeno masivo provocado por condiciones materiales concretas y evitables: la falta de electricidad, el calor tropical sin alivio y la ausencia de campañas efectivas de fumigación.
El apagón como política de Estado
El sistema electroenergético nacional cubano atraviesa su peor crisis en décadas. Las plantas termoeléctricas, muchas de ellas con más de cuarenta años de operación, sufren averías constantes debido a la falta de mantenimiento y a la imposibilidad de adquirir repuestos en el mercado internacional por la escasez de divisas. El gobierno cubano ha reconocido repetidamente déficits de generación que superan los mil megawatts en horas pico, lo que obliga a aplicar cortes programados que en muchas provincias superan las doce e incluso veinte horas diarias.
La situación se agrava durante los meses de verano, cuando las temperaturas en la isla superan routinely los 35 grados centígrados con una humedad relativa que ronda el 90 por ciento. En esas condiciones, la ausencia de electricidad no es una simple incomodidad: es una amenaza directa a la vida, especialmente para niños pequeños, ancianos y personas con enfermedades crónicas. Los cubanos se ven obligados a dormir con las ventanas abiertas, expuestos a los mosquitos, o a buscar refugio en patios y terrazas donde la brisa, cuando llega, ofrece el único alivio posible.
A esto se suma la imposibilidad legal de defenderse. Tras la llegada al poder de Fidel Castro, el régimen prohibió la tenencia de armas de fuego entre la población civil, medida que se justificó oficialmente como una política de seguridad ciudadana pero que en la práctica garantizó el monopolio de la fuerza por parte del Estado y eliminó cualquier posibilidad de resistencia armada. Hoy, cuando un cubano se desespera en la oscuridad de su habitación, no tiene siquiera la opción simbólica de la que hablaba Piñera en su cuento. Solo le queda resistir, dar vueltas en la cama, sudar y esperar a que la corriente regrese, si es que regresa.
Mosquitos, enfermedades y la retórica vacía del régimen
La proliferación de mosquitos en las ciudades cubanas ha alcanzado niveles alarmantes. Las campañas de fumigación que el régimen promovía como ejemplo de su sistema de salud pública se han reducido a apariciones esporádicas en los noticiarios de la televisión nacional, donde funcionarios comunistas anuncian operativos intensivos que raramente llegan a los barrios más afectados. Las «bazucas», como los cubanos llaman a los equipos de fumigación, brillan por su ausencia en las comunidades periféricas y en los barrios populares de La Habana, donde los focos de Aedes aegypti se multiplican en tanques de agua, cisternas y recipientes improvisados que la población debe utilizar ante la irregularidad del suministro.
El dengue, el zika y otras enfermedades transmitidas por vectores han registrado brotes recurrentes en los últimos años, aunque las autoridades de la isla suelen minimizar la magnitud de los contagios y evitan declarar estados de alerta oficial. Los reportes independientes y los testimonios recogidos en redes sociales confirman, sin embargo, que hospitales y policlínicos reciben diariamente a decenas de pacientes con síntomas compatibles con estas enfermedades, muchos de los cuales son enviados a casa sin tratamiento adecuado por la falta de medicamentos básicos como el paracetamol o los analgésicos.
La contradicción entre la retórica oficial y la realidad es abismal. Mientras los medios estatales muestran imágenes de brigadas de trabajadores sanitarios recorriendo calles con equipos de fumigación, los ciudadanos en los barrios reportan que las visitas son inexistentes o que se realizan con una frecuencia que no guarda relación con la gravedad del problema. Los mosquitos y las moscas se han convertido en elementos permanentes de la cotidianidad cubana, algo que habría sido impensable en décadas anteriores cuando el sistema de vigilancia epidemiológica funcionaba con cierta eficacia.
El contexto de un colapso sistémico
El insomnio que padecen los cubanos no es un fenómeno aislado ni una queja menor en el contexto de la crisis estructural que atraviesa la isla. Es una manifestación más del colapso generalizado de los servicios públicos que define la realidad cubana desde al menos 2019, cuando la combinación del endurecimiento del embargo estadounidense, la caída del turismo tras la pandemia de COVID-19 y la profundización de las ineficiencias del modelo económico centralizado precipitaron una contracción del PIB que aún no se ha revertido.
La inflación descontrolada, que según estimaciones independientes supera el 40 por ciento anual en sectores clave como alimentos y medicamentos, ha empobrecido aún más a una población que ya vivía en la indigencia material. El salario medio estatal, que ronda los 4.000 pesos mensuales, no alcanza para cubrir ni la mitad de las necesidades básicas de una familia, lo que obliga a millones de cubanos a depender de las remesas enviadas desde el exterior o de actividades informales que el régimen persigue selectivamente. En este contexto, la falta de sueño se suma a la desnutrición, el estrés crónico y la ansiedad como factores que deterioran la salud pública de una nación sin recursos para atenderla.
El éxodo migratorio, que ha visto salir a más de 800.000 cubanos desde 2022 hacia Estados Unidos, México y otros destinos, es la consecuencia más visible de este agotamiento colectivo. Quienes se quedan lo hacen por falta de recursos para emigrar, por obligaciones familiares o por la esperanza, cada vez más tenue, de que algo cambie. Mientras tanto, las noches siguen siendo largas, calurosas y oscuras, y el sueño se convierte en un lujo que el régimen de La Habana no puede garantizar ni parece interesado en resolver.
La salud mental como víctima colateral
El impacto del insomnio crónico en la salud mental de los cubanos es un aspecto que ningún estudio oficial ha abordado con seriedad. La privación prolongada de sueño está asociada a cuadros de depresión, ansiedad, irritabilidad y deterioro cognitivo, condiciones que se agravan en un entorno de incertidumbre permanente, represión política y ausencia de perspectivas de mejora. Los servicios de salud mental en Cuba, otrora considerados un logro del sistema público, han colapsado junto con el resto de la infraestructura sanitaria, y los pocos especialistas disponibles carecen de medicamentos para tratar a sus pacientes.
El régimen cubano mantiene su discurso de negación sistemática frente a las crisis que afectan a la población. Cuando se reconoce algún problema, se atribuye invariablemente a factores externos: el embargo estadounidense, la guerra económica, las sanciones internacionales. La responsabilidad del modelo centralizado, la corrupción institucionalizada, la falta de inversión en infraestructura y la ineficiencia burocrática son omitidas en toda comunicación oficial. Mientras tanto, los cubanos siguen dando vueltas en sus camas, sudando en la oscuridad, escuchando mosquitos y preguntándose, como el personaje de Piñera, si habrá alguna forma de encontrar el sueño que se les ha robado.
La comunidad internacional ha mostrado una preocupación limitada ante el deterioro de las condiciones de vida en Cuba. Los gobiernos democráticos de la región mantienen relaciones diplomáticas con el régimen de La Habana sin condicionarlas a mejoras verificables en materia de derechos humanos o prestación de servicios básicos. Las organizaciones multilaterales como la Organización Panamericana de la Salud emiten informes que raramente reflejan la gravedad real de la situación epidemiológica en la isla, confiando en datos proporcionados por las propias autoridades cubanas, cuya fiabilidad ha sido cuestionada de manera reiterada por expertos independientes.
El insomnio de Cuba, ese desvelo colectivo que se extiende noche tras noche en hogares sin luz, sin agua, sin medicamentos y sin esperanza, es la metáfora más precisa del estado de la nación. Un país que no puede dormir es un país que no puede soñar, y un país que no puede soñar está condenado a repetir las mismas noches de desesperación hasta que algo rompa, definitivamente, el ciclo. Si esa ruptura vendrá desde dentro, desde la presión internacional o desde el agotamiento final del propio sistema, es la pregunta que millones de cubanos se hacen cada madrugada, mientras esperan en vano la llegada de Morfeo.


