La Resolución 37/2026 del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) fija un cobro de 500 dólares o euros por la solicitud y otros 500 por la obtención de la renuncia a la nacionalidad, un trámite que entrará en vigor el 1 de octubre, un mes antes que la propia ley que lo regula. Mientras el gobierno cubano exige cifras exorbitantes para quienes desean cortar lazos jurídicos con la isla, la adquisición de la ciudadanía se mantiene gratuita, en medio de un contexto de profunda crisis estructural, represión social y un éxodo migratorio sin precedentes que empuja a miles a abandonar el país.
El ejecutivo cubano ha endurecido las condiciones para la desconexión legal de sus ciudadanos en el extranjero mediante una medida que combina rigor recaudatorio con control burocrático. La nueva normativa, firmada por el canciller Bruno Rodríguez Parrilla, divide el costo del trámite en dos fases: la presentación de la solicitud y la emisión del pronunciamiento final. Esta decisión se produce en un momento donde la diáspora cubana busca distanciarse de las obligaciones y restricciones que impone mantener la nacionalidad de la isla, especialmente en materia de entrada, salida y servicio militar para sus descendientes.
Una de las paradojas más evidentes de esta disposición es la desconexión temporal entre el cobro de la tarifa y la entrada en vigor de la norma que la ampara. Aunque la Resolución 37/2026 comienza a aplicarse el 1 de octubre, la Ley 172/2024, conocida como Ley de Ciudadanía, no entrará en vigor hasta el 1 de noviembre. Esta ley fue aprobada por la Asamblea Nacional y publicada en la Gaceta Oficial el 5 de mayo de 2026, estableciendo en su disposición final cuarta que su aplicación efectiva sería 180 días después de su publicación. Las autoridades de la isla, por tanto, comenzarán a cobrar por un procedimiento que aún no tiene respaldo legal ejecutivo en el territorio nacional.
Los requisitos para iniciar el trámite son exhaustivos y diseñados para filtrar a los solicitantes. La ley exige que el individuo sea mayor de 18 años, acredite poseer otra ciudadanía, resida en el extranjero y, crucialmente, que no tenga deudas monetarias con el Estado cubano o sus instituciones. Además, no debe estar cumpliendo sentencia penal ni ser perseguido por delito alguno. La solicitud debe acompañarse de una declaración jurada, certificación de la otra ciudadanía, certificación de residencia y los antecedentes penales tanto de Cuba como del país de residencia. Este último requisito encarece aún más el proceso: obtener el certificado de antecedentes penales cubano a través del consulado cuesta 30 dólares por la solicitud y 110 adicionales al recibirlo, elevando el desembolso mínimo real a 1.140 dólares antes de conocer siquiera la respuesta del Estado.
Pagar esta suma millonaria no garantiza en absoluto la renuncia. La legislación establece que, para que sea efectiva, debe ser «aceptada por la autoridad competente». En la inmensa mayoría de los casos, esta autoridad es el ministro del Interior, una figura clave en el aparato de seguridad del Estado. La dictadura cubana se reserva así el derecho de veto sobre la decisión individual de abandonar la nacionalidad. La ley fija plazos burocráticos para la instrucción del expediente —90 días prorrogables por otros 90—, pero no establece un límite temporal para la decisión final, dejando a los solicitantes en un limbo legal indefinido. Tampoco estipula que el cumplimiento de los requisitos obligue al gobierno a aceptar la renuncia, lo que confiere un poder arbitrario sin control democrático sobre el estatus jurídico de los ciudadanos.
Asimetría legal y represión desde el extranjero
El contraste en el tratamiento de la ciudadanía es elocuente respecto a las prioridades del régimen de La Habana. Mientras que renunciar a la nacionalidad cuesta 1.000 dólares y enfrenta obstáculos burocráticos insalvables, la Resolución 37/2026 exime totalmente del pago de derechos consulares la solicitud y otorgamiento para adquirir la ciudadanía cubana. Sin embargo, esta aparente apertura esconde un mecanismo de control más severo: la propia Ley de Ciudadanía faculta al Estado para privar de la nacionalidad, mediante decreto presidencial, a quienes desde el extranjero realicen «actos contrarios a los altos intereses políticos, económicos y sociales de la República de Cuba». Esta cláusula es un instrumento clásico de la dictadura para perseguir y silenciar al exilio político, criminalizando la disidencia bajo el amparo de una figura jurídica que vulnera el derecho internacional.
El ajuste tarifario no se limita a la renuncia de ciudadanía, sino que impacta una amplia gama de servicios consulares que afectan la vida cotidiana de los cubanos en el extranjero y sus familiares en la isla. El pasaporte para mayores de 16 años, con validez de 10 años, experimenta un alza pasando de 180 a 200 dólares o euros. El pasaporte para menores quedará en 160 y el provisional en 120. Otros trámites esenciales sufren incrementos significativos: las certificaciones de nacionalidad y del Registro de Ciudadanía valdrán 190 cada una; un poder general costará 220; la celebración de un matrimonio ante el cónsul, 210; y la tramitación de un divorcio judicial ascenderá a 410 dólares, sin contar los poderes y actas adicionales que el proceso requiera.
Desde la Cancillería, las autoridades justificaron este endurecimiento económica argumentando una «inflación global sostenida» y asegurando que la actualización tarifaria «permitirá continuar mejorando la calidad, seguridad y eficiencia de los servicios consulares». Esta explicación resulta contradictoria para una nación sumida en una crisis económica sistémica, con una inflación interna que supera cualquier índice global y un sector de servicios estatales caracterizado por la ineficiencia y la corrupción. La exigencia de pagos en moneda dura (dólares o euros) evidencia la dolarización forzada de las relaciones del Estado con sus ciudadanos, así como la dependencia absoluta del gobierno cubano de las remesas y tasas pagadas por la diáspora para sostener su frágil caja fiscal.
Contexto: Crisis estructural y éxodo migratorio
La medida de gravar con 1.000 dólares la renuncia a la ciudadanía no puede entenderse de forma aislada del mayor éxodo migratorio que ha sufrido la isla en su historia reciente. Cientos de miles de cubanos han abandonado el país en los últimos años huyendo de la pobreza extrema, los apagones prolongados, el desabastecimiento de medicamentos y alimentos, y la creciente represión política que siguió a las protestas del 11 de julio de 2021. Para muchos de estos emigrantes que han logrado estabilizar su situación legal en terceros países, cortar los lazos con la nacionalidad cubana representa un paso necesario para integrarse plenamente en sus nuevas sociedades y evitar futuras represalias o obligaciones hacia el Estado cubano.
Al imponer una barrera financiera de tal magnitud, el régimen de La Habana está, en la práctica, realizando una extorsión final a quienes ya han decidido marcharse. La economía cubana, fracturada por décadas de modelo centralizado, ineficiencia productiva y sanciones, depende críticamente de la entrada de divisas. Al cobrar 1.000 dólares por una renuncia que en muchas jurisdicciones es un derecho inalienable, el gobierno cubano convierte el derecho a la libre circulación y a la elección de la nacionalidad en un artículo de lujo. Esta política recaudatoria se suma a los ya altos costos de extensión de pasaportes y permisos de entrada, consolidando un sistema donde el ciudadano es visto fundamentalmente como una fuente de ingreso de divisas.
Además del factor económico, persiste el componente de control político. La negativa a aceptar la renuncia, o la dilación indefinida de los expedientes, permite a la dictadura mantener una herramienta de presión sobre opositores en el exilio, activistas de derechos humanos y periodistas independientes que residen en el extranjero. Mantener la ciudadanía cubana a la fuerza significa que el individuo sigue sujeto, en teoría, a las leyes de la isla, incluyendo las polémicas figuras de «actos contra los intereses de la República», que han sido utilizadas históricamente para amenazar y procesar a figuras críticas del exilio.
Antecedentes legales de una figura inacabada
Hasta la promulgación de la Ley 172/2024, la renuncia a la ciudadanía cubana era una figura jurídica reconocida pero carente de un procedimiento normado. La Constitución de 2019 la menciona explícitamente en su artículo 38, delegando a la ley la definición del procedimiento y las autoridades competentes, mientras que el artículo 128 otorga al presidente de la República la atribución de aceptar renuncias en los casos que le correspondan. Sin embargo, la propia Ley de Ciudadanía reconoce en su preámbulo que el país no contaba con una legislación específica que regulase esta materia, dependiendo únicamente de un decreto-ley de 2017 relativo a los hijos de cubanos nacidos en el extranjero y del obsoleto Decreto 358, Reglamento de Ciudadanía, dictado el 4 de febrero de 1944.
El arancel consular vigente hasta 2023 tampoco contemplaba una tarifa específica para la renuncia, lo que demuestra que es el gobierno actual el que ha decidido monetizar este proceso en medio de la actual coyuntura de crisis fiscal. La creación de esta estructura tarifaria y burocrática responde a un esfuerzo del Estado por formalizar y, sobre todo, rentabilizar un fenómeno que ha crecido exponencialmente debido al fracaso del modelo económico y social cubano. La lentitud en la elaboración de estos expedientes, sumada a la discrecionalidad del Ministro del Interior para resolverlos, refleja la intención de mantener un control absoluto sobre la demografía y la lealtad política de su población, incluso de aquellos que ya han cruzado sus fronteras.
Implicaciones a futuro
La implementación de esta tarifa de 1.000 dólares tendrá consecuencias directas en la relación entre la diáspora y el Estado cubano. En primer lugar, limitará el acceso a la renuncia únicamente a aquellos cubanos en el extranjero con un poder adquisitivo elevado, dejando a miles de emigrantes en situación de vulnerabilidad legal atados a una nacionalidad que ya no ejercen en la práctica. Esto generará fricciones diplomáticas y legales en países de acogida, especialmente en jurisdicciones donde la adquisición de una nueva nacionalidad exige o fomenta la renuncia a la de origen.
En el plano político, la medida reafirma la postura de la dictadura cubana de criminalizar y obstaculizar la salida definitiva de sus ciudadanos, tratando la emigración no como un derecho humano, sino como una deserción que debe ser penalizada económicamente. La comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos deberán prestar atención a cómo se aplica esta ley en la práctica, especialmente ante los casos de negativas arbitrarias o de retención de expedientes. La exigencia de mil dólares por cortar amarras con un régimen en crisis es el último capítulo de una larga historia de restricciones a la libertad de movimiento y autodeterminación del pueblo cubano.

