Domingo, 27 de septiembre de 2026
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«La Tercera Guerra Mundial hubiera podido empezar en nuestras propias narices»: el testimonio de una cubana que sobrevivió al castrismo, la URSS y el exilio

«La Tercera Guerra Mundial hubiera podido empezar en nuestras propias narices»: el testimonio de una cubana que sobrevivió al castrismo, la URSS y el exilio

Mirtha Caraballo Ruiz nació en Marianao en 1944 y vivió los últimos años de la República cubana antes de ser arrastrada por el torbellino ideológico que transformó la isla en un aliado subordinado de Moscú. Su trayectoria vital —desde La Habana hasta Ucrania soviética, pasando por Polonia y finalmente Francia— constituye un documento humano de primera mano sobre las consecuencias del alineamiento cubano con el bloque del Este y la diáspora que el régimen de La Habana ha generado durante más de seis décadas.

Hija de Víctor Caraballo Ruiz, un enfermero holguinero que sirvió en el ejército de Fulgencio Batista durante la década de 1940, y de Lidia Esther Ruiz Bello, natural de Nuevitas en la provincia de Camagüey, Mirtha creció en una familia extensa y profundamente cubana. Su abuelo materno, Aurelio Ruiz Ruiz —descendiente de un coolí cantonés llegado a Cuba en el siglo XIX—, llegó a ser alférez y teniente de infantería del Ejército Libertador durante la guerra de independencia, y posteriormente agente del Banco Nacional y miembro de la gobernación provincial de Camagüey. Esa genealogía mestiza, que entrelaza la historia colonial, las guerras de independencia y la vida republicana, es la misma que el castrismo se empeñaría en borrar o reescribir bajo el relato oficial de una «revolución» presentada como punto cero de la historia nacional.

Mirtha nació en 1944 en la antigua calle Maceo del Marianao republicano, en una casona colonial de once habitaciones que albergaba a la numerosa prole de los Ruiz Bello. Aquella casa, mitad de madera y mitad de mampostería, se derrumbó cuando ella tenía siete años a causa de un ciclón que arrancó la palma real del patio y la dejó caer sobre el techo, desestabilizando toda la estructura. El evento marcó un cambio drástico para la familia: tras el divorcio de sus padres en 1955, su madre se trasladó con ella y su hermana menor Maritza a un cuartico en el mismo Marianao, cerca de la línea del tren del central azucarero Toledo, para no alejarse de la abuela Sebastiana, ya viuda.

Sus recuerdos de infancia incluyen las elecciones de 1948, cuando Carlos Prío Socarrás resultó electo presidente y ella, niña aún, se encaramaba con sus primas en las verjas de las ventanas para cantar coplas políticas. Aquella Cuba republicana, con sus defectos, su corrupción y sus desigualdades, era sin embargo un país con vida cívica, elecciones, pluralidad partidista y una sociedad civil que el castrismo eliminaría por completo tras 1959. Mirtha completó su primaria en la Escuela Pública 25 de Marianao e inició el bachillerato en el mismo barrio, pero el triunfo de la insurrección liderada por Fidel Castro interrumpió todos los planes educativos del país.

Portada de ‘J’ai fait mon chemin’, relato de Mirtha Caraballo, publicado en francés (Imagen: Cortesía)

Portada de ‘J’ai fait mon chemin’, relato de Mirtha Caraballo, publicado en francés (Imagen: Cortesía)

El giro soviético y la formación de cuadros leales

En 1960, cuando aún no se sabía que el movimiento insurreccional contra Batista terminaría bajo la égide soviética, Mirtha se inscribió en la academia de lenguas Abraham Lincoln, en El Vedado, para estudiar francés y ruso. También realizó prácticas en el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), el organismo creado por el régimen para gestionar la propaganda dirigida al exterior y cultivar relaciones con simpatizantes extranjeros. La televisión cubana comenzaba a emitir contenido ruso, y el aprendizaje de idiomas del bloque del Este se convertía en una herramienta estratégica para el nuevo poder.

Desde el Instituto de Lenguas Pablo Lafargue, creado en casas expropiadas a la burguesía cubana en Miramar, el gobierno cubano comenzó a formar intérpretes y guías de ruso como parte de la maquinaria de subordinación a la Unión Soviética. Mirtha fue una de las seleccionadas. Estudió durante dos años y medio, hasta graduarse en 1963 como intérprete y guía de ruso. Su primera profesora fue Alexandra Dimitrievna, una mujer descrita como pedagoga y maternal, en una escuela instalada en una mansión de la calle 16 entre 1ra y 3ra, donde aún se conservaban los muebles y objetos de los propietarios originales, incluido un piano de cola cuyo dueño desapareció, como tantos otros, en el proceso de expropiación.

El trabajo forzado en la Sierra de Cristal

En 1962, en plena Crisis de los Misiles —cuando el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear por el despliegue de armamento soviético en territorio cubano—, las autoridades enviaron a diez estudiantes, incluida Mirtha, a recoger café a la Sierra de Cristal, en las inmediaciones de Mayarí Arriba, en la actual provincia de Holguín. Durante ocho meses durmió en una hamaca, alimentándose casi exclusivamente de plátanos conocidos como «burros», el único alimento disponible. La responsable del grupo, una profesora de la Pablo Lafargue, abandonó a las jóvenes a su suerte en un lugar que carecía de teléfono y de toda comunicación con el exterior.

El veterano del Ejército Libertador Aurelio Ruiz Ruiz, abuelo de la entrevistada (Foto: Cortesía)

El veterano del Ejército Libertador Aurelio Ruiz Ruiz, abuelo de la entrevistada (Foto: Cortesía)

La única persona que acudía a verlas era un anciano campesino haitiano que vivía en los alrededores y les llevaba frutas y algunos alimentos. Solo hablaba creole. En una ocasión, las estudiantes vieron una gallina, la persiguieron, la despellejaron y se la comieron «como si fuera caviar», relata Mirtha. Ese episodio ilustra el nivel de improvisación, desorganización y abandono que caracterizó desde sus inicios los llamados «trabajos voluntarios» y las movilizaciones agrícolas impulsadas por el régimen, presentadas oficialmente como gestas heroicas pero que en la práctica significaban explotación de mano de obra juvenil sin infraestructura, sin garantías y sin supervisión.

De la URSS a Francia: el largo exilio

Tras su graduación como intérprete, Mirtha vivió diez años en Ucrania, entonces parte de la Unión Soviética, y seis de manera itinerante en Polonia, antes de establecerse definitivamente en Francia, donde reside desde hace 44 años entre París, Grenoble y la ciudad de Saint-Etienne, en la región del Ródano. Su trayectoria refleja la de miles de cubanos que, tras colaborar inicialmente con el régimen o ser instrumentalizados por él, tomaron conciencia de la naturaleza totalitaria del sistema y eligieron el exilio.

En Francia, Mirtha fundó una asociación cultural que organizaba los Ateliers Cubains (Talleres cubanos), un evento creado originalmente por el bailarín cubano Víctor Hugo de la Torre, establecido en Ginebra, con el objetivo de reunir a músicos, escritores y artistas de origen cubano residentes fuera de la isla. Su manuscrito de memorias, redactado inicialmente en español pero impregnado de giros y términos del ruso, el polaco y el francés, fue reescrito en este último idioma bajo el título «J’ai fait mon chemin» (Tracé mi propio camino), publicado en 2002 por la editorial parisina L’Harmattan y presentado en la Maison de l’Amérique Latine de París.

Documentos pertencientes a Aurelio Ruiz Ruiz, miembro del Ejército Libertador de Cuba (Foto: Cortesía)

Documentos pertencientes a Aurelio Ruiz Ruiz, miembro del Ejército Libertador de Cuba (Foto: Cortesía)

El contexto de una diáspora forzada

El testimonio de Mirtha se inscribe en una de las mayores crisis migratorias del hemisferio occidental. Desde el triunfo de la insurrección en 1959, más de un millón y medio de cubanos han abandonado la isla, huyendo de la falta de libertades, el control estatal sobre todos los aspectos de la vida, el deterioro económico y la imposibilidad de desarrollarse profesionalmente fuera de los cauces del aparato gubernamental. Las olas migratorias —desde el éxodo de Camarioca en 1965 y el puente aéreo de los años 60, hasta el éxodo del Mariel en 1980, la crisis de los balseros en 1994 y la emigración masiva reciente a través de Nicaragua y la frontera sur de Estados Unidos— han convertido a la diáspora cubana en un fenómeno estructural que el régimen de La Habana ha alternativamente fomentado, reprimido y utilizado como válvula de escape para aliviar la presión social interna.

La historia de Mirtha es también la historia del alineamiento cubano con la Unión Soviética, que durante más de tres décadas determinó la política exterior, la economía y la vida cotidiana en la isla. El subsidio soviético, que alcanzó su punto máximo en los años 80 con transferencias estimadas en miles de millones de dólares anuales, permitió al gobierno cubano mantener un modelo económico inviable basado en la planificación central, la expropiación de la propiedad privada y la dependencia total del exterior. Cuando el bloque del Este colapsó entre 1989 y 1991, Cuba entró en la llamada «Período Especial», una crisis de proporciones catastróficas que el régimen nunca ha logrado superar del todo y que ha generado un empobrecimiento generalizado, el colapso de los servicios públicos y una inflación estructural que afecta hasta hoy a la población.

La referencia de Mirtha a que «la Tercera Guerra Mundial hubiera podido empezar en nuestras propias narices» evoca la Crisis de los Misiles de octubre de 1962, cuando el despliegue de cabezas nucleares soviéticas en Cuba llevó al mundo al borde del conflicto atómico durante trece días de tensión entre Washington y Moscú. La dictadura cubana utilizó aquel episodio como elemento de propaganda nacionalista, presentándose como defensora de la soberanía frente al «imperialismo yanqui», mientras ocultaba que la soberanía había sido cedida de facto a la Unión Soviética, que negoció el retiro de los misiles directamente con Estados Unidos sin consultar al gobierno de La Habana.

La memoria como resistencia

La decisión de Mirtha de escribir sus memorias en francés, tras constatar que su español se había contaminado con décadas de vida en otros idiomas, es un acto simbólicamente poderoso. Representa la fragmentación identitaria que el exilio impone: el cubano que ya no habla completamente en español, que ha sido marcado por la URSS, por Polonia, por Francia, y que sin embargo conserva intacta la memoria de una Cuba que dejó de existir. Su libro, aún sin traducir al español, constituye un documento histórico que merece circular entre los lectores de la lengua en la que fue concebido originalmente.

Mirtha vivió los últimos quince años de la República cubana, los cinco primeros del castrismo, diez años en la Unión Soviética, seis en Polonia y cuarenta y cuatro en Francia. Su vida abarca prácticamente toda la historia del régimen que aún controla la isla. Y su testimonio, sobrio y sin retórica, ofrece una perspectiva que contrasta con los relatos oficiales y con las narrativas más conocidas del exilio cubano. No es la historia de un disidente perseguido ni la de un combatiente anticomunista, sino la de una ciudadana que fue arrastrada por las corrientes de la Guerra Fría, que sobrevivió al desamparo de las movilizaciones castristas, que conoció el interior del aparato soviético-cubano y que finalmente encontró en Francia un espacio para reconstruir su identidad y preservar su memoria.

En un momento en que Cuba atraviesa una de las crisis más profundas de su historia contemporánea —con una inflación descontrolada, apagones prolongados, desabastecimiento generalizado, un éxodo migratorio que ha superado el 10% de la población en menos de tres años y una represión sistemática contra cualquier forma de disidencia—, las voces como la de Mirtha adquieren una relevancia particular. No solo porque documentan lo que fue la Cuba anterior al castrismo y los primeros años del proceso que la destruyó, sino porque recuerdan que el régimen no es un destino inevitable, sino una construcción política que ha fracasado en todos sus compromisos fundamentales con el pueblo cubano. La comunidad internacional, que durante décadas ha mantenido una posición ambivalente frente a la dictadura cubana, debería prestar mayor atención a estos testimonios de primera mano, que exponen sin adjetivación innecesaria la naturaleza de un sistema que ha obligado a sus propios ciudadanos a recorrer medio mundo para poder vivir con dignidad.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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