Domingo, 27 de septiembre de 2026
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«Salir de Cuba no te libera de los efectos perversos del castrismo»: el testimonio de Rafael Bordao, sobreviviente de la represión cultural en la isla

«Salir de Cuba no te libera de los efectos perversos del castrismo»: el testimonio de Rafael Bordao, sobreviviente de la represión cultural en la isla

El académico y escritor Rafael Bordao, radicado en Estados Unidos desde hace décadas, reconstruye en una extensa entrevista su trayectoria vital desde La Habana Vieja hasta el exilio, atravesada por episodios de persecución policial, encarcelamiento arbitrario y control social que marcaron los primeros años del régimen castrista. Su relato recupera una memoria poco evocada: la de los jóvenes que en la década de 1960 fueron detenidos y confinados por el simple hecho de escuchar música extranjera, usar pantalones ajustados y no militar en organizaciones oficialistas.

El nombre de Rafael Bordao está vinculado al estudio riguroso de la literatura cubana en el exilio. Su tesis doctoral sobre la obra poética de Reinaldo Arenas, publicada en 2002 bajo el título «La sátira, la ironía y el carnaval literario en Leprosorio (trilogía poética)», constituye uno de los análisis académicos más exhaustivos sobre la producción lírica del autor de «Antes que anochezca». Bordao conoció personalmente a Arenas y dedicó años de investigación a su poesía, una labor que también sirvió como acto de reparación cultural frente a la censura sistemática que el régimen de La Habana ejerció sobre la obra del escritor oriental.

Bordao nació en 1951 en La Habana Vieja, en una casa de la calle Cuba, esquina Cuarteles, frente al Anfiteatro de La Habana. Hijo de Mario Bordao Flores, pinareño que se trasladó a la capital a los 17 años y se desempeñó primero como comerciante y luego como chofer de los ómnibus Santiago-Habana, y de Martha Herrera, maestra de kindergarten en épocas de Prío y Batista que posteriormente trabajó como empleada pública tras el triunfo de la revolución. Ese origen humilde y urbano lo sitúa en el sector de la población que inicialmente no se identificaba con la oposición al nuevo gobierno, pero que terminó siendo objeto de sus mecanismos de control más severos.

La infancia interrumpida por el poder

Su infancia transcurrió entre distintos puntos de la capital. En 1956, cuando sus padres residían en el Hotel Prado, la Policía de la dictadura de Batista llegó a buscar a su padre, quien participaba en la lucha clandestina contra ese gobierno. Ese detalle es revelador: muchos cubanos que se opusieron a Batista y en algunos casos colaboraron con el movimiento que lo derrocó serían después perseguidos por el nuevo poder por no adherirse a su proyecto totalitario. La familia se dispersó y Bordao terminó instalándose con su madre en una casona colonial de Obrapía y San Ignacio, donde viviría durante 20 años bajo el cuidado de una mujer española de Pontevedra llamada Pilar. Décadas después, ya en el exilio, se enteraría de que esa vivienda había sido restaurada y convertida en museo por ser una de las más antiguas de la ciudad y haber pertenecido al capitán español Gaspar Ribero de Vasconcelos.

La casa de Obrapía y Mercaderes, después de restaurada, en la que vivió el entrevistado casi dos décadas (Foto: Cortesía)

La casa de Obrapía y Mercaderes, después de restaurada, en la que vivió el entrevistado casi dos décadas (Foto: Cortesía)

Bordao cursó la primaria en la Escuela Pública N° 1 José Martí, de La Habana Vieja, y posteriormente la secundaria en la Benito Juárez, ubicada en el edificio que antes ocupaba el colegio San Juan Bosco para niñas, en Tejadillo y San Ignacio. Estaba en la escuela cuando el 1 de enero de 1959 se produjo el triunfo de la revolución. Recuerda una escena que funciona como metáfora del desorden y la impunidad que se instalaron en los meses siguientes: varios hombres caminando con prisa por la calle, martillos en mano, destrozando parquímetros para robarles el dinero. Frente a su casa arrancaron uno y dejaron el casco del reloj tirado en la acera. Bordao recogió el resto y encontró pesetas en su interior. Esa imagen de saqueo cotidiano marcaría los primeros compases de la nueva era.

«La recogida de los hippies»: un episodio silenciado de represión

En septiembre de 1968, Bordao tenía 17 años y esperaba a un amigo en la esquina del hotel Capri, detrás del Pabellón Cuba. De pronto, varias perseguidoras se aproximaron. De los vehículos salieron policías con ametralladoras que los trasladaron primero al parqueo de la pastelería La Karla y posteriormente a la sede de Villa Marista, el principal centro de interrogatorios y detenciones de la dictadura cubana. Tras tres días de fichaje, fueron enviados al kilómetro 5½ de La Coloma, en Pinar del Río. Esa noche pasó a conocerse como «La recogida de los hippies», un operativo de limpieza social que ha sido escasamente documentado, salvo por el testimonio del cineasta Néstor Almendros en su película «Conducta impropia».

Los cargos contra Bordao y los demás detenidos eran de una arbitrariedad que retrata la naturaleza del sistema: tener pelo largo, usar pantalones estrechos, no pertenecer al Comité de Defensa de la Revolución, escuchar música estadounidense, reunirse en los jardines del Hotel Nacional y tocar guitarra en las inmediaciones de La Rampa. El máximo líder consideraba que esos comportamientos constituían una mala imagen para su proyecto revolucionario y su «hombre nuevo». Bordao permaneció preso un año y 20 días, desde el 25 de septiembre de 1968 hasta el 16 de octubre de 1969, recluido primero en La Coloma y después en la prisión de Jaruco. Allí logró trabajar en la enfermería aprovechando su condición de asmático, lo que le permitió sobrevivir en condiciones que de otro modo habrían sido insostenibles. Cuando le otorgaron pases para visitar a su familia, consideró escapar, pero desistió para no perjudicar a su madre. Fue liberado cuando el gobierno decidió que había cumplido su castigo, sin proceso judicial ni condena formal.

El padre del entrevistado (Foto: Cortesía)

El padre del entrevistado (Foto: Cortesía)

El exilio frustrado y la Crisis de Octubre

Antes de su encarcelamiento, la familia de Bordao intentó sacarlo del país. Cuando comenzaron a circular rumores de que el gobierno cubano planeaba quitar la patria potestad a los padres, su madre obtuvo los pasaportes y lo inscribió en la Operación Pedro Pan, el programa que sacó de Cuba a más de 14.000 niños sin compañía de sus padres entre 1960 y 1962. El plan era que el joven saliera solo, ya que el ex novio de su madre, propietario de una juguetería y varios negocios de frutas, había huido hacia Cayo Hueso en una lancha por ser buscado por conspirar contra el gobierno. Cuando faltaba una semana para la salida de Bordao, con los documentos listos y el pasaporte preparado, estalló la Crisis de Octubre de 1962 y el programa quedó cerrado definitivamente. Su destino, como él mismo reconoce, habría sido otro. En lugar de ello, tendría que esperar 18 años para poder abandonar la isla.

En su adolescencia, Bordao formaba parte de un grupo de jóvenes que se reunía cada noche en el restaurante El Patio, ubicado en el antiguo palacio de los marqueses de Aguas Claras, a un costado de la Plaza de la Catedral. Allí conversaban sobre los acontecimientos que sacudían al país, escuchaban a los Beatles, los Beach Boys, los Rolling Stones y a Petula Clark a través de la onda corta de la emisora WQAM de Miami. Una noche de 1965, Fidel Castro apareció en el lugar en dos carros Oldsmobile del 1962, acompañado por Manuel Piñeiro, alias «Barbarroja», el entonces ministro de Deporte José Llanusa y una cohorte de guardaespaldas. Antes de marcharse, el gobernante se detuvo en la puerta y, con un tabaco en la boca, se acercó a la mesa donde estaban los jóvenes. Les preguntó si eran «de los de Camarioca», en referencia al puente migratorio que esa noche había cerrado tras un discurso. Respondieron que eran simples estudiantes. La frase que Castro pronunció a continuación, lapidaria, quedó grabada en la memoria de Bordao como un presagio de lo que vendría.

El control social como columna vertebral del sistema

El testimonio de Bordao se inscribe en una larga tradición de relatos que documentan cómo la dictadura cubana construyó su aparato de control social desde los primeros años del poder. La «recogida de los hippies» de 1968 no fue un hecho aislado, sino parte de una estrategia más amplia de homogeneización ideológica que incluyó las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), creadas en 1965 para confinar a disidentes, religiosos, homosexuales y cualquier individuo considerado «contrarrevolucionario» o simplemente no conforme con el modelo impuesto. Aunque las UMAP fueron formalmente disueltas en 1967, los métodos de persecución y confinamiento continuaron bajo otras modalidades, como el operativo que atrapó a Bordao. La lógica era la misma: el individuo debía subordinarse al colectivo y al proyecto del líder, y cualquier desviación estética, cultural o ideológica era tratada como una amenaza al Estado.

Rafael Bordao en 1980, antes de salir de Cuba (Foto: Cortesía)

Rafael Bordao en 1980, antes de salir de Cuba (Foto: Cortesía)

La Operación Pedro Pan, en la que Bordao fue inscrito pero no pudo concretar su salida, refleja el clima de terror que se instauró en los hogares cubanos a partir de 1960. La amenaza de perder la patria potestad, difundida mediante rumores que nunca fueron desmentidos oficialmente, provocó una de las mayores operaciones de evacuación de menores en la historia del hemisferio occidental. Padres que habían apoyado la lucha contra Batista tomaron la decisión de separarse de sus hijos ante el temor de que el Estado se los arrebatara. La Crisis de Octubre de 1962, que cerró el programa, dejó atrapados a miles de jóvenes que, como Bordao, pasarían años sometidos a la vigilancia, el acoso y la persecución del régimen.

La memoria como resistencia

El caso de Rafael Bordao ilustra un patrón que se ha repetido a lo largo de más de seis décadas: el régimen de La Habana ha perseguido no solo a sus opositores políticos explícitos, sino a cualquier ciudadano que exhiba signos de autonomía cultural o personal. Escuchar música en inglés, vestir de determinada manera o reunirse con amigos en un espacio público han sido, en distintos momentos, motivos suficientes para la detención, el confinamiento y la estigmatización. Esa lógica represiva, que en los años sesenta se ejerció de forma directa y violenta, mutó con el tiempo hacia mecanismos más sofisticados de control: la marginación laboral, la expulsión de centros de estudio, la vigilancia por parte de los CDR y la criminalización de la libre expresión que persiste hasta hoy.

La recuperación de estos testimonios adquiere una relevancia particular en el contexto actual, en el que el gobierno cubano continúa recurriendo a la represión sistemática para silenciar la disidencia. Las protestas del 11 de julio de 2021, que llevaron a miles de cubanos a las calles en más de 40 ciudades de la isla, fueron respondidas con detenciones masivas, juicios sumarios y condenas de hasta 25 años de prisión para participantes cuya única infracción fue ejercer el derecho a la protesta. La continuidad entre los métodos empleados contra los «hippies» de 1968 y los procesados del 11J es evidente: en ambos casos, el poder criminaliza la diferencia y castiga la inconformidad como si fuera un delito de lesa revolución.

El exilio de Rafael Bordao, finalmente concretado tras 18 años de espera, no representó una liberación completa. Como él mismo advierte, «salir de Cuba no te libera de los efectos perversos del castrismo». La marca de la persecución, el tiempo perdido bajo el control del Estado y la imposibilidad de recuperar los años de formación transcurridos bajo el miedo y la censura son consecuencias que acompañan al exiliado durante toda su vida. Su labor académica, dedicada en buena medida a rescatar y analizar la obra de escritores perseguidos como Reinaldo Arenas, puede leerse como una forma de respuesta a esa violencia: la reconstrucción de una memoria que el régimen ha intentado borrar sistemáticamente, y que solo a través del testimonio y el estudio riguroso puede ser devuelta al espacio público que le fue negado en la isla.

Consecuencias y proyección

El relato de Bordao cobra una dimensión especialmente significativa en un momento en que Cuba atraviesa una de sus crisis más profundas. La inflación galopante, el colapso del sistema eléctrico, el desabastecimiento generalizado y la ola migratoria más grande de las últimas décadas configuran un panorama en el que las nuevas generaciones de cubanos experimentan formas de exclusión y represión que, aunque distintas en sus formas, mantienen la misma lógica de control que sufrieron los jóvenes de los años sesenta. La diferencia es que hoy el exilio ya no es una salida garantizada: las rutas migratorias se han vuelto más peligrosas, los visados más escasos y las políticas de los países receptores más restrictivas. Quienes deciden quedarse enfrentan un sistema que no ha renunciado a ninguno de sus instrumentos de coacción.

La comunidad internacional, por su parte, mantiene una postura ambivalente frente a la situación cubana. Mientras organismos como la ONU documentan las violaciones de derechos humanos en la isla y organizaciones de la sociedad civil en el exilio recopilan testimonios como el de Bordao, varios gobiernos latinoamericanos y europeos priorizan la relación diplomática y comercial con las autoridades de La Habana por encima de cualquier condena a su política represiva. Esa tensión entre la exigencia democrática y el pragmatismo geopolítico define el marco en el que se desenviene la posibilidad de un cambio real en Cuba. Lo que el testimonio de Rafael Bordao demuestra, con la fuerza de la experiencia directa, es que la naturaleza del régimen no ha cambiado: solo ha adaptado sus métodos. La memoria, en este sentido, no es un ejercicio nostálgico, sino una herramienta indispensable para comprender el presente y exigir accountability por décadas de abusos sin sanción.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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