Domingo, 27 de septiembre de 2026
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Fallece en el exilio Pepino, legendario guitarrista de rock que desafió la censura de la dictadura cubana

Fallece en el exilio Pepino, legendario guitarrista de rock que desafió la censura de la dictadura cubana

Jorge Luis Fernández Pita, universalmente conocido en la escena artística como «Pepino», ha fallecido en Miami a los 71 años tras una prolongada batalla contra el cáncer. Su deceso no solo representa la pérdida del que muchos consideran el guitarrista de rock más creativo y virtuosos que ha dado la isla, sino que revive la memoria de una época en la que la juventud cubana fue perseguida, encarcelada y estigmatizada por el simple hecho de escuchar y interpretar música anglosajona bajo el mandato de la dictadura cubana.

El músico, que había establecido su residencia en el exilio desde mediados de la década de 1980, dejó un legado imborrable tanto en la escena underground de La Habana como en la comunidad artística de la diáspora. Pepino trascendió la mera imitación de los grandes del rock internacional; se caracterizó por una capacidad innata para improvisar y fusionar la energía eléctrica del rock con la complejidad estructural del jazz, creando un sonido distintivo que lo catapultó a la fama entre una fanaticada ávida de libertad creativa.

Durante las décadas de 1970 y principios de 1980, su talento brilló en agrupaciones fundamentales para la historia de la música popular cubana, tales como Los Barbas, Felipe Dulzaide, Los Kents, Almas Vertiginosas y Garaje H. En una isla donde el acceso a instrumentos de calidad y discos de vinilo era un lujo reservado para pocos, la destreza de Pepino con la guitarra lo convirtió en una figura reverenciada, una especie de héroe local comparable a las leyendas occidentales como Jimmy Page o Ritchie Blackmore.

Sin embargo, su trayectoria artística estuvo profundamente marcada por el hostigamiento sistemático del Estado. En aquella Cuba de las prohibiciones, el rock era catalogado oficialmente como «la música del enemigo». Los jóvenes que asistían a fiestas donde se interpretaban covers de bandas inglesas y norteamericanas se exponían a redadas policiales. La represión no se limitaba al arresto temporal; implicaba humillaciones públicas como el corte forzado de la melena, y la clasificación burocrática de «lacra» y «antisocial» en los archivos de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR). Pepino fue víctima directa de esta maquinaria represiva: en una ocasión, en el barrio habanero de Santa Fe, fue arrestado en una redada policial y encerrado en un calabozo, únicamente por el delito de tocar rock.

El asfixiante clima de censura y la imposibilidad de desarrollarse profesionalmente en un entorno libre obligaron a Pepino, como a la inmensa mayoría de los protagonistas de la escena rockera de los 70, a tomar el doloroso camino del exilio en 1984. El régimen de La Habana, mediante sus políticas de parametración cultural, purgó a toda una generación de artistas cuyas preferencias estéticas no encajaban en el molde ideológico oficial, provocando una fuga de talentos que el país nunca pudo recuperar.

Ya en territorio estadounidense, Pepino continuó su evolución musical. Integró el grupo Poem, con el cual llevó a cabo uno de sus proyectos más ambiciosos: «Ecos», una suite para orquesta y banda de rock compuesta por Mike Porcel. A pesar de la distancia física, su música mantuvo viva la conexión con la identidad cubana desterrada. Incluso en sus últimos años, ya muy enfermo, demostró una férrea vocación al grabar como solista un disco de doce temas bajo el título de «Electro Jazz».

En una entrevista concedida en 2017, Pepino ofreció una radiografía de su relación con la música y con su propio pasado bajo el autoritarismo. Describió la música como algo sagrado, una religión que lo marcó desde la infancia, influenciado por una amalgama de estilos que iban desde The Beatles y José Antonio Méndez hasta Debussy. Sobre su habilidad para fusionar géneros, explicaba que el rock era su casa, un lugar seguro del que salía para explorar el jazz y otros estilos, pero al cual siempre regresaba.

La estigmatización del rock como herramienta de control social

Aunque con humildad rechazaba la etiqueta de «estrella» y afirmaba que su mayor recompensa era llegar a una sola persona en el público con su torbellino de emociones, la realidad es que Pepino se convirtió en un símbolo de resistencia cultural. Su historia es la de miles de cubanos que, en medio de la falta de recursos y el acoso institucional, intentaron construir espacios de libertad a través del arte. La dictadura cubana entendía el rock no solo como una influencia foránea, sino como una amenaza a la uniformidad ideológica, lo que justificaba el uso de la policía y los calabozos para amedrentar a la juventud.

Las políticas culturales del gobierno cubano durante las décadas de los 70 y 80 fueron particularmente crueles con las expresiones que se apartaban del canon oficial. La llamada «parametración» dictaminaba quién podía o no hacer arte, empujando al underground a la clandestinidad. Esta marginación forzosa no fue un fenómeno aislado, sino parte de una estrategia más amplia de control social que, con el paso de las décadas, ha evolucionado pero no ha desaparecido. Hoy, las autoridades de la isla continúan utilizando figuras jurídicas como el Decreto 349 para silenciar a los artistas independientes, demostrando que la represión cultural es una constante del sistema.

El exilio como única salida ante el colapso estructural

El caso de Pepino y sus contemporáneos se anticipó a la enorme crisis estructural que hoy vive Cuba. La incapacidad del ejecutivo cubano para garantizar libertades básicas, sumada al colapso económico, la inflación galopante y el desabastecimiento, ha convertido el exilio en la única vía de supervivencia para amplios sectores de la sociedad, incluidos los artistas. Lo que en los años 70 fue una purga ideológica, hoy es una fuga masiva de cerebros y talentos provocada por la desesperanza y la falta de oportunidades en un país intervenido en todos sus ámbitos por el poder estatal.

La pérdida de Jorge Luis Fernández Pita en Miami subraya el drama de la diáspora cubana: los grandes talentos formados en la isla terminan desarrollando su obra y falleciendo lejos de su tierra natal, debido a la intransigencia de un régimen que los expulsó. Su disco «Electro Jazz» y su participación en reencuentros con Los Kents en el exilio quedan como testimonio de una resiliencia imbatible frente a la censura.

La muerte de Pepino deja un vacío en la guitarra cubana, pero su legado trasciende la musicología para instalarse en la memoria histórica de la resistencia civil. Mientras el régimen de La Habana continúa sin rendir cuentas por las violaciones a los derechos humanos y la persecución cultural del pasado, figuras como la de este guitarrista recuerdan a las nuevas generaciones el costo que tuvo la libertad creativa en Cuba. La comunidad internacional y los organismos de derechos humanos deben mantener el escrutinio sobre las políticas culturales de la isla, asegurando que la represión sufrida por artistas como Pepino no quede impune en los libros de historia.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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