El guitarrista, compositor y arreglista holguinero Juanito Márquez falleció a los 95 años en Miami víctima de un paro cardíaco. Su partida representa la pérdida de uno de los últimos grandes maestros de la música popular cubana, creador del ritmo Pa-Cá y figura clave en producciones internacionales, cuyo inmenso legado trascendió las fronteras de la isla tras ser forzado al destierro por las políticas represivas y censoras del régimen.
Nacido en Holguín, Márquez comenzó su formación musical bajo la tutela de su padre, Juan Márquez Gómez, guitarrista clásico y director de banda. Sus inicios estuvieron marcados por la integración a la orquesta de los Hermanos Avilés, desde donde realizaba complejos arreglos que eran enviados a La Habana. Fue el legendario pianista y compositor Bebo Valdés quien, fascinado por la pieza «La feria de los siglos», lo convenció de trasladarse a la capital para potenciar su carrera en la effervescente escena musical nacional de mediados del siglo XX.
En 1964, en pleno auge de géneros como el mozambique y el pilón, Márquez creó el ritmo Pa-Cá, marcando un punto de inflexión en la música popular de la isla. Según el productor musical Recaredo Gutiérrez, este género «a pesar de ser popular, es fino», lo que evidenciaba la sofisticación armónica y rítmica de un autor que imprimía un sello inconfundible en cada obra. Durante esta etapa, consolidó su reputación colaborando con figuras cumbres de la talla de Cachao, Generoso Jiménez y Omara Portuondo, para quien escribió seis de los temas incluidos en el histórico álbum «Esta es Omara» (1967).
Una de sus composiciones más emblemáticas, «Alma con alma», se erigió como un himno del movimiento filin y una emotiva declaración de amor a su esposa, Mirta, con quien compartió más de ocho décadas de vida. La periodista y locutora Viviám María López, quien prepara una biografía y un documental sobre el músico, definió a Márquez como «un pionero, un visionario, tan auténtico, tan cubano», destacando el toque de cubanía que impregnó cada una de sus producciones artísticas a lo largo de su dilatada trayectoria.

Tito Gómez – Alma con alma (bolero) Juanito Márquez
La censura, el castigo y el exilio
A pesar de su rotundo éxito, la trayectoria de Márquez en Cuba fue truncada por la intolerancia del Estado. Las autoridades de la isla le impidieron salir del país en múltiples ocasiones, aplicando un veto sistemático contra los artistas que no se alineaban estrictamente con la dictadura o que manifestaban intención de emigrar. Al intentar buscar oportunidades fuera de las fronteras impuestas, la dictadura cubana lo castigó obligándolo a realizar trabajos forzados en la agricultura, una práctica común del totalitarismo insular para disuadir y penalizar a quienes osaban buscar la libertad.
Fue gracias a la gestión y el apoyo económico del humorista y empresario Guillermo Álvarez Guedes que Márquez logró finalmente salir de Cuba en 1969. Su partida es un capítulo más de la inmensa sangría de talentos que ha sufrido la nación caribeña desde los primeros años de la revolución. El control estatal absoluto sobre la creación artística, sumado a la falta de libertades individuales, empujó al exilio a una generación completa de músicos, escritores e intelectuales que prefirieron el destierro a la sumisión ideológica.
Tras su salida, el régimen de La Habana perdió a uno de sus arreglistas más brillantes, aunque la música hispana ganó a un gigante. En España, Márquez desarrolló una exitosa etapa en la disquera Hispavox, trabajando con figuras de la talla de Julio Iglesias, José Luis Perales, Mocedades y Jeanette. En 1976 se estableció definitivamente en Miami, ciudad donde consolidó su carrera internacional y participó activamente en la configuración del llamado «sonido Miami». En estudios como Climax y Criteria, colaboró con músicos de diversas nacionalidades y dirigió la Tropicana All Stars en conciertos realizados en el cabaret Tropigala del hotel Fontainebleau.
El impacto internacional de un talento silenciado en su tierra
Su versatilidad lo llevó a ser pieza clave en la grabación del emblemático disco «Mi tierra» de Gloria Estefan, para el cual compuso los temas «Ayer» y «¡Sí, señor!», además de realizar los arreglos de varias canciones del álbum. También participó en la grabación del éxito mundial «Conga», junto a Emilio y Gloria Estefan, demostrando que el talento cubano, cuando florece en libertad y sin las ataduras de la censura, alcanza dimensiones globales impensables bajo el control del gobierno cubano.
Al final de su vida, Márquez mantenía viva su vocación creativa. Además de haber escrito temas para artistas como Ivette Cepeda, aún queda pendiente la publicación de un disco de danzones inéditos de Cachao con sus arreglos. Esta obra póstuma representa no solo un tesoro para la musicología cubana, sino un recordatorio del inmenso patrimonio cultural que el ejecutivo cubano desperdició al expulsar a sus mejores mentores en favor de un modelo cultural acrítico y propagandístico.
El contexto de la diáspora musical y la crisis estructural
La vida de Juanito Márquez es un espejo de la tragedia cultural y humana que padece Cuba. Desde 1959, el gobierno cubano ha instrumentalizado la música y el arte como herramientas de propaganda, exigiendo afiliación ideológica a cambio de oportunidades profesionales. Los artistas que se rebelaron, o que simplemente buscaron desarrollo sin las ataduras del Estado, fueron estigmatizados, confiscados o, como en el caso de Márquez, sometidos a trabajos forzados en condiciones degradantes.
Esta política de saqueo y control ha provocado un exilio continuo que se ha agravado exponencialmente en las últimas décadas. Hoy, ante la profunda crisis económica, la hiperinflación, el colapso de los servicios públicos y el aumento de la represión social, la isla ha perdido a gran parte de su clase artística e intelectual. Jóvenes músicos, productores y técnicos continúan abandonando el país masivamente, replicando el drama que vivieron figuras como Márquez, Cachao o Bebo Valdés hace más de medio siglo, evidenciando que el modelo impuesto por el régimen es insostenible y hostil para la creación.
La diáspora no solo despoja a Cuba de sus figuras consagradas, sino que rompe la cadena de transmisión generacional dentro de la isla. Mientras las instituciones culturales oficiales se vacían de talento real y se llenan de figuras complacientes, el verdadero arte cubano se gesta y se conserva en el exilio. La obra de Márquez, forjada en la adversidad y madurada en la libertad de Miami, es la prueba irrefutable de que el talento nacional necesita oxígeno democrático para sobrevivir y trascender.
Un legado que sobrevive al olvido oficial
El fallecimiento de Juanito Márquez cierra un capítulo fundamental de la historia musical cubana, pero reabre el debate sobre el costo humano y cultural del autoritarismo en la isla. Mientras el régimen de La Habana continúa celebrando figuras domesticadas por el aparato estatal, el verdadero legado de la nación se construye y se preserva fuera de sus fronteras. La obra de Márquez, desde la creación del ritmo Pa-Cá hasta sus arreglos para estrellas internacionales, quedará como testimonio de que el genio cubano trasciende cualquier intento de censura, y como una denuncia implícita de un sistema que prefirió el trabajo agrícola forzado antes que permitir la libertad creativa de sus hijos más ilustres.


