Miércoles, 7 de octubre de 2026
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Científico cubano co-creador del Trofin exige al régimen cambios con participación ciudadana y el fin del «sufrimiento del pueblo»

Científico cubano co-creador del Trofin exige al régimen cambios con participación ciudadana y el fin del «sufrimiento del pueblo»

El investigador Raúl González Hernández, uno de los científicos responsables del desarrollo del Trofin —suplemento nutricional creado en Cuba—, reclamó públicamente al gobierno de la isla la apertura de espacios de participación ciudadana y urgió a las autoridades a no prolongar más la profunda crisis que aqueja a la población, en un pronunciamiento que cobra especial relevancia por provenir de una figura del ámbito científico nacional.

La intervención de González Hernández constituye un hecho inusual en el panorama cubano contemporáneo, donde las voces provenientes del sector científico —tradicionalmente ceñido a los lineamientos del Estado— han comenzado a romper el silencio institucional para expresar su preocupación por el deterioro acelerado de las condiciones de vida de la población. Su reclamo no se limita a una queja sectorial, sino que apunta directamente a la necesidad de transformaciones estructurales con inclusión de la ciudadanía en los procesos de decisión.

El científico, cuya trayectoria está vinculada al desarrollo del Trofin —un producto concebido para combatir la desnutrición y carencias alimentarias en la población infantil y vulnerable—, conoce de primera mano las contradicciones de un sistema que presume de avances en biotecnología y salud pública mientras amplios sectores de la sociedad padecen escasez de alimentos básicos, apagones prolongados y un colapso generalizado de los servicios esenciales.

Una voz desde la ciencia ante el colapso sistémico

El pronunciamiento de González Hernández se inscribe en un contexto de crisis multidimensional que atraviesa la isla desde hace años y que se ha agudizado de forma alarmante. La economía cubana atraviesa una de sus peores crisis en décadas, con una inflación galopante, devaluación acelerada de la moneda nacional, escasez crónica de productos de primera necesidad y una dependencia creciente de las remesas y el mercado informal para la supervivencia cotidiana de millones de ciudadanos.

La paradoja que subyace en las palabras del investigador es elocuente: mientras el régimen de La Habana ha construido durante décadas un relato de excelencia científica y desarrollo biotecnológico como carta de presentación internacional, la realidad material que enfrentan los cubanos en su día a día contradice frontalmente esa narrativa. Los hospitales carecen de medicamentos básicos, el sistema eléctrico opera al borde del colapso y la inseguridad alimentaria afecta a amplios segmentos de la población, incluidos sectores que tradicionalmente no estaban expuestos a la vulnerabilidad.

La exigencia de «cambios con participación ciudadana» formulada por el científico toca uno de los nudos centrales del sistema político cubano: la ausencia total de mecanismos democráticos que permitan a la población incidir en las decisiones que afectan su vida cotidiana. La estructura de poder de la isla, controlada de forma monolítica por el Partido Comunista, no contempla espacios reales de deliberación pública, consulta popular ni rendición de cuentas, lo que convierte cualquier demanda de participación en una crítica implícita al modelo autoritario.

El contexto represivo y la valentía del pronunciamiento

El llamado del investigador a no prolongar «el sufrimiento del pueblo» adquiere una dimensión particularmente significativa en el actual clima de represión sistemática que mantiene la dictadura cubana contra cualquier expresión de disidencia o crítica. Desde las protestas masivas del 11 de julio de 2021, las autoridades de la isla han endurecido los mecanismos de control social, incrementando el acoso a opositores, activistas, periodistas independientes y ciudadanos que alzan su voz contra el gobierno.

La Ley de Seguridad Nacional, las detenciones arbitrarias, las citaciones policiales, el hostigamiento a familiares y el encarcelamiento de cientos de personas por motivos políticos configuran un panorama en el que pronunciarse públicamente contra la gestión gubernamental conlleva riesgos tangibles. En este escenario, la declaración de un científico con reconocimiento institucional representa una fractura simbólica en el muro de silencio que el régimen ha intentado imponer, especialmente dentro de sectores que tradicionalmente han sido percibidos como aliados o subordinados al poder.

No es la primera vez en los últimos años que figuras del ámbito intelectual, artístico y científico en Cuba han roto filas con la narrativa oficial. El movimiento San Isidro, las protestas de artistas y músicos, las cartas abiertas de intelectuales y las declaraciones de académicos han ido configurando un corpus creciente de voces críticas que, desde dentro del sistema, cuestionan la legitimidad de un modelo que ha demostrado su incapacidad para garantizar el bienestar básico de la población.

La crisis alimentaria y el fracaso de las políticas estatales

El hecho de que el reclamo provenga precisamente de un científico vinculado al desarrollo de un suplemento nutricional como el Trofin subraya con crudeza la dimensión de la crisis alimentaria en Cuba. El producto, concebido para paliar deficiencias nutricionales en contextos específicos, ha terminado siendo una respuesta de emergencia ante un problema que debería abordarse desde políticas públicas estructurales de producción, distribución y acceso a alimentos.

El régimen de La Habana ha atribuido recurrentemente la crisis a factores externos —el embargo estadounidense, las sanciones, el impacto de la pandemia— sin asumir la responsabilidad que le corresponde por décadas de políticas económicas fallidas, centralización burocrática, impedimentos a la iniciativa privada, dependencia de subsidios externos ahora desaparecidos y una gestión caracterizada por la improvisación y la falta de planificación estratégica coherente.

La libreta de abastecimiento, símbolo histórico del sistema de distribución subsidiada, funciona hoy de manera fragmentaria e insuficiente, con productos que no llegan o llegan con retrasos de semanas. La agricultura cubana, pese a contar con tierras fértiles y recursos humanos, opera muy por debajo de su potencial debido a la ineficiencia del modelo estatal, la falta de insumos, las restricciones a los productores privados y la burocracia asfixiante que desincentiva la producción.

Implicaciones y perspectivas

El pronunciamiento de Raúl González Hernández plantea interrogantes sobre la respuesta que dará el gobierno cubano a una crítica que, por su origen y contenido, no puede ser fácilmente descalificada como «subversión» o «agencia extranjera», argumentos que el régimen ha utilizado de forma sistemática para deslegitimar cualquier expresión de descontento. La figura de un científico con credibilidad institucional y trayectoria reconocida complica la narrativa oficial que busca presentar a los críticos como desestabilizadores al servicio de potencias extranjeras.

La comunidad internacional, que ha venido prestando mayor atención a la situación de derechos humanos en Cuba —especialmente tras la represión del 11J y las recientes oleadas de detenciones—, podría encontrar en este tipo de pronunciamientos un elemento adicional para presionar al régimen de La Habana en favor de aperturas democráticas reales. Organismos como la ONU, la Unión Europea y organismos interamericanos han documentado de forma reiterada las violaciones sistemáticas de derechos fundamentales en la isla.

Lo que el científico cubano ha puesto sobre la mesa es, en última instancia, una cuestión de supervivencia nacional: la imposibilidad de continuar sosteniendo un modelo que ha fracasado en su promesa esencial de garantizar el bienestar de la población. La exigencia de participación ciudadana no es una demanda abstracta, sino la constatación de que las decisiones tomadas desde el monopolio del poder, sin consulta ni deliberación, han conducido al país al punto de quiebre que hoy atraviesa. La pregunta que permanece abierta es si el régimen está dispuesto a escuchar las voces que, desde dentro de sus propias instituciones, le advierten sobre el abismo hacia el que conduce a la nación.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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