Mientras el régimen de La Habana opera un hospital de lujo en Qatar y expande su industria farmacéutica en Asia, el sistema sanitario nacional se derrumba a un ritmo acelerado. La crisis ha llegado a tal punto que las autoridades de la isla han debido aceptar la donación de un hospital de campaña por parte de la India para paliar el colapso en la provincia de Granma, evidenciando una política que prioriza la exportación de servicios y la captación de divisas sobre la atención y la dignidad de los cubanos.
La contradicción de la salud pública cubana es cada vez más insostenible. Desde el año 2012, el gobierno cubano mantiene en funcionamiento un hospital de lujo en Qatar, el cual se suma a más de una decena de clínicas dispersas en distintas geografías del mundo, sin contar las instalaciones médicas en Venezuela. Sin embargo, en el interior de la isla, la realidad es diametralmente opuesta: pacientes durmiendo y, en los peores casos, muriendo en pisos y pasillos de instalaciones sanitarias que carecen de las condiciones mínimas de higiene y recursos para la atención básica.
El enfoque comercial del ejecutivo cubano en materia de salud se extiende a la industria farmacéutica. A través de BioCubaFarma, el régimen ha instalado varias plantas para la producción de medicamentos en Asia. Recientemente se anunció la producción de fármacos y vacunas en China, y en septiembre de este año, el propio Miguel Díaz-Canel viajó a Vietnam para inaugurar la empresa mixta Genfarma. Esta instalación producirá medicamentos destinados a la comercialización internacional, un negocio que, sin embargo, no parece tener un impacto positivo en el desabastecimiento crónico que sufren las farmacias cubanas.
La paradoja institucional llega al extremo de la dependencia exterior. Solo en el último año, Cuba ha recibido al menos un par de donaciones procedentes de la India, compuestas por antibióticos, antipiréticos y analgésicos. Estas cargas se suman a las ayudas enviadas por otros países, gobiernos e instituciones internacionales que, al parecer, ignoran la existencia de los negocios médicos del régimen en el exterior o los acuerdos de transferencia de tecnología firmados con la propia India en 2018, tras la visita del presidente indio Ram Nath Kovind al Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de La Habana.
La exportación de sangre y el mercado negro en los hospitales
Ninguno de los supuestos avances en materia de negocios internacionales impacta en la atención sanitaria de los cubanos, obligados durante décadas a escuchar la versión oficial que culpa al embargo de Estados Unidos por la falta de recursos. Mientras tanto, el periódico oficialista Granma ha destacado el aumento en la exportación de plasma sanguíneo y derivados de la sangre humana, un renglón por el cual las autoridades de la isla han llegado a ingresar hasta poco más de 30 millones de dólares anuales. Paralelamente, en la misma página, se exalta la labor de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) en la captación de donaciones de sangre para suplir el déficit interno.
La prensa oficial omite sistemáticamente el tortuoso proceso que enfrenta un enfermo en Cuba para acceder a una transfusión o donación de sangre. En el caso de cirugías programadas, la búsqueda de donantes se vuelve una obligación para el paciente y su familia. Cuando no hay familiares o amigos disponibles, los pacientes deben salir a buscar y pagar sumas exorbitantes por la sangre en el mercado negro. A menudo, los donantes terminan desfallecidos tras la extracción, sin que las instalaciones médicas ofrezcan siquiera un vaso de agua con azúcar para su recuperación.
La corrupción y el mercado negro han permeado todos los niveles de la atención médica. Hoy en día, conseguir una cama en un hospital cubano, incluso si está sucia y en una sala en pésimas condiciones, puede costar «por la izquierda» hasta 20 mil pesos (unos 50 dólares). Una inyección de un analgésico básico ronda los 5 mil pesos, mientras que un suero de dextrosa o cloruro de sodio, o un antibiótico, pueden alcanzar los 10 mil pesos. En muchas ocasiones, son los propios médicos y enfermeros —los mismos que buscan salir en «misión» al exterior para comercializar sus servicios— quienes exigen estos pagos en dependencia del grado de desesperación de los familiares.
Crisis epidemiológica y repelentes para la «Reserva Estatal»
La situación se agrava con el repunte de enfermedades transmitidas por vectores. Según las poco fiables cifras oficiales, el país registra cerca de 2 mil contagios diarios entre dengue y chikungunya. Ante la falta de repelentes efectivos, el régimen de La Habana recomienda a la población el uso de remedios caseros y formulaciones artesanales a base de Caña Santa. Los repelentes probadamente efectivos, incluidos los llegados a través de donativos tras el paso de huracanes, son acaparados bajo el argumento de la «Reserva Estatal» y la «seguridad nacional», destinados al uso exclusivo del ejército y la alta dirigencia, o comercializados en tiendas en dólares.
Contexto: El fracaso estructural y la censura
Para comprender la magnitud de la crisis sanitaria, es imprescindible mirar el contexto económico del país. En una nación donde el salario medio a duras penas roza los 7 mil pesos (menos de 20 dólares al mes), las pensiones no superan los 2 mil pesos y la canasta básica más conservadora supera los 40 mil pesos (100 dólares), el acceso a la salud ha dejado de ser un derecho universal para convertirse en un lujo inalcanzable. La hiperinflación, la devaluación de la moneda nacional y el desabastecimiento generalizado han empujado a la población a la precariedad absoluta.
Ante la crudeza de las imágenes dantescas que circulan en redes sociales mostrando el interior de los hospitales, la dictadura cubana ha optado por la censura y la represión. El principal interés de las autoridades no es investigar las condiciones de los centros hospitalarios ni solucionar la crisis, sino averiguar la identidad de quienes tomaron y difundieron las fotografías. La persecución a quienes exponen la realidad sanitaria es una violación flagrante de los derechos humanos y demuestra que el silencio informativo es la principal herramienta del régimen para ocultar su fracaso.
Antecedentes de un modelo en ruinas
El sistema de salud cubano, otrora presentado como uno de los principales logros de la revolución, ha sufrido un deterioro progresivo que se aceleró tras la caída de la Unión Soviética y se ha profundizado en las últimas dos décadas. La llamada «exportación de servicios médicos» se convirtió en la principal fuente de ingresos del país, despojando a la isla de profesionales esenciales. La falta de mantenimiento de la infraestructura hospitalaria, la ausencia de inversiones en tecnología y la corrupción interna han convertido los centros de salud en espacios inseguros para los pacientes.
El éxodo migratorio de los últimos años, que ha visto partir a decenas de miles de médicos, enfermeros y técnicos de la salud, ha agravado aún más la situación. La falta de personal especializado, sumada a la pobreza de la población, ha creado un caldo de cultivo perfecto para el colapso total de la atención primaria y secundaria. La población envejecida, que requiere una mayor atención geriátrica y crónica, es la más afectada por la falta de medicamentos y condiciones dignas en los centros de asistencia social.
Consecuencias y panorama futuro
La estrategia del gobierno cubano de mantener un discurso triunfalista hacia el exterior mientras mendiga ayudas internacionales para sostener su sistema interno está llegando a su límite. La comunidad internacional y las organizaciones donantes deben comenzar a cuestionar la falta de transparencia en el destino de los recursos enviados a la isla, exigiendo mecanismos de control que eviten que la ayuda humanitaria sea desviada hacia la Reserva Estatal o el mercado paralelo en divisas.
Las implicaciones políticas de este colapso sanitario son profundas. La pérdida de un pilar fundamental de la legitimidad histórica del régimen, como era la salud pública, erosiona aún más la confianza de la ciudadanía en el sistema. Mientras la dictadura cubana continúe priorizando la captación de divisas a través de la comercialización de la salud en el exterior y el sometimiento de su población, la crisis humanitaria en la isla seguirá profundizándose, condenando a generaciones enteras a sobrevivir en condiciones de indignidad y abandono absoluto.

