Fundado probablemente como el primer restaurante cubano fuera de la Isla tras 1959, el establecimiento madrileño Zara mantiene viva una tradición culinaria y cultural que el gobierno de La Habana ha intentado borrar durante más de seis décadas. Su propietaria, Inés Martínez Llanos, narra una saga familiar que cruza el Atlántico en ambas direcciones y que refleja lo que fue Cuba antes de que la dictadura confiscara sueños, negocios y vidas.
En una discreta calle de Madrid, el restaurante Zara sigue sirriendo ropa vieja, picadillo a la habanera, yucas con mojo y daiquirís como si el reloj se hubiera detenido en una Cuba que ya no existe. Considerado el restaurante cubano más antiguo de la capital española y, con toda probabilidad, el primero abierto fuera de la Isla después del triunfo de la revolución, Zara es mucho más que un local de gastronomía criolla. Es un archivo vivo de memorias, un puente entre dos orillas que el régimen cubano ha intentado romper sistemáticamente mediante la censura, el exilio y la represión de cualquier expresión cultural que no responda a los intereses del Estado.
La actual propietaria, Inés Martínez Llanos, ha recogido la memoria de su familia en el libro La maestra y el pintor, donde documenta una saga de emprendedores asturianos que cruzaron el Atlántico para labrar un porvenir en la Cuba prerrevolucionaria. Una historia que contrasta de manera brutal con la realidad actual de la Isla, donde el sector privado está asfixiado por trabas burocráticas, impuestos confiscatorios y un marco legal diseñado para impedir que cualquier ciudadano pueda prosperar sin depender del Estado.
De Llanera a Sancti Spíritus: la España que emigró a una Cuba próspera
El padre de Inés, José Alberto Martínez Alonso, nació en Coruño, una pequeña localidad del concejo asturiano de Llanera. Su abuelo paterno, Benjamín Martínez, era tornero e hijo de tornero, en una familia de siete hermanos que regentaba un bar y casa de comidas llamado La Máquina, en Lugones, cerca de Oviedo. Tras la Guerra Civil española, las dificultades económicas empujaron a muchos asturianos a buscar horizontes allende el mar, igual que habían hecho sus antepasados durante generaciones. Un hermano de la abuela, Manolo, había emigrado a Cuba antes del conflicto y había prosperado en Sancti Spíritus con un negocio de telas y confección llamado El Bazar Inglés. En uno de sus viajes a Asturias, propuso a su joven sobrino marchar con él para «hacer las Américas». Era 1948 y Cuba era un destino de oportunidades.

José Alberto Martínez e Inés Llanos, boda en La Habana, en 1958 (Foto: Cortesía)
José Alberto tenía entonces 17 años y cursaba estudios de pintura en la Escuela de Bellas Artes de Oviedo, donde su talento era tan evidente que un profesor se ofreció a pagarle el primer año en Florencia, convencido de que el joven obtendría pronto una beca. Pero los abuelos, indecisos, optaron finalmente por la propuesta del tío Manolo. Esa decisión cambiaría el destino de toda una familia. En Cuba, José Alberto trabajó como vendedor en la tienda de su tío y, a escondidas, por las noches, seguía pintando. En la habitación que compartía con otros empleados, pintó en la pared los rostros de sus seres queridos que había dejado en Asturias: una pequeña Capilla Sixtina personal que el tío mostraba con orgullo a sus amigos.
El Centro Asturiano de La Habana: el esplendor de una Cuba que la dictadura destruyó
Las tensiones con la nueva esposa de su tío llevaron a José Alberto a independizarse. Con la ayuda de un amigo, se hizo viajante de tejidos y ropa de caballero, recorriendo los pueblos del interior de Cuba como representante comercial. Como era un joven apuesto, hacía de modelo de la propia ropa que vendía. Así llegó a La Habana en 1956, una ciudad que entonces era uno de los centros culturales y comerciales más dinámicos del Caribe, con instituciones como el Centro Asturiano —edificio monumental frente al Parque Central— que funcionaban como clubes sociales prósperos donde los emigrantes y sus descendientes mantenían vivos sus lazos con la tierra de origen.
Fue precisamente en el Centro Asturiano donde José Alberto conoció a Inés María Llanos Braña, la que sería su esposa y madre de la actual propietaria del restaurante. Fermín, un amigo común, le habló de una joven hija de asturianos nacida en La Habana que asistiría a un concierto de El Presi, un cantante de Gijón muy famoso en la época. La presentación tuvo lugar al pie de la escalinata del Centro Asturiano, y José Alberto quedó tan obnubilado que empezó a apostarse cada día frente al negocio familiar de Inés en La Habana Vieja —una panadería llamada El León de Oro, en la calle Teniente Rey y Compostela— para cortejarla cuando pasaba camino de su trabajo en el Plantel Jovellanos, la escuela primaria del Centro Asturiano. Cansada de verlo ahí todos los días, ella decidió darle una oportunidad.

El León de Oro, el negocio de Santiago Llanos en la década de 1940 (Foto: Cortesía)
El León de Oro: del mostrador de una panadería al símbolo del esfuerzo
La historia de la familia materna es igualmente reveladora de lo que significaba Cuba como tierra de oportunidades antes de 1959. El abuelo materno, Santiago Llanos, nació en Fresno, una braña o villorrio asturiano cerca de Areñas, hijo de una mujer soltera que fue condenada por su familia a criar a sus hijos en una cuadra. A los 12 años, Santiago abandonó su pueblo, llegó como polizón al puerto de Gijón y se embarcó hacia La Habana en 1907. No conocía a nadie, no tenía dinero y no hablaba con nadie. Enfiló por la primera calle que encontró y se detuvo en una panadería cuyo dueño, un asturiano, buscaba un aprendiz. Ese mismo día consiguió un contrato. Dormía debajo del mostrador, algo que sonaba duro pero que, comparado con la pocilga en la que había crecido, representaba un ascenso considerable.
Poco a poco, Santiago aprendió el oficio, desde moler el café hasta servir a los maestros pasteleros que llegaban al amanecer para hornear panes y dulces. La panadería El León de Oro terminó siendo suya, y con el trabajo y el ahorro construyó un patrimonio que permitió a su familia vivir con dignidad. Esa historia, la del emigrante que llega con las manos vacías y prospera gracias al esfuerzo personal y a un entorno económico que lo permite, es exactamente la historia que el régimen cubano ha prohibido contar durante más de seis décadas, porque contradice el relato oficial de una Cuba pre-revolucionaria exclusivamente marcada por la miseria y la explotación.
Contexto: la diáspora que el régimen no puede detener
El restaurante Zara de Madrid es, en cierto modo, una consecuencia indirecta de la política del régimen cubano hacia el sector privado y la propiedad. Tras 1959, las nacionalizaciones y confiscaciones de negocios erradicaron de un plumazo la tradición emprendedora que había caracterizado a la Cuba republicana. Familias como la de Inés Martínez Llanos, que habían construido su prosperidad a lo largo de generaciones, se vieron obligadas a marchar al exilio y a reconstruir sus vidas en otros países. El propio nombre del restaurante, Zara, evoca una continuidad cultural que las autoridades de la isla han intentado suprimir mediante el control de la narrativa histórica y la represión de cualquier memoria que no encaje en el discurso oficial.

José Alberto Martínez e Inés Llanos (Foto: Cortesía)
La crisis estructural de Cuba ha empeorado drásticamente en los últimos años. La inflación galopante, la depreciación del peso cubano, el colapso del sistema eléctrico, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y la represión sistemática contra cualquier forma de disidencia han provocado un éxodo migratorio sin precedentes. Solo entre 2022 y 2024, más de un millón de cubanos han abandonado la isla, según datos de diferentes organismos migratorios de la región. Es la mayor crisis demográfica de Cuba desde 1959, y refleja el fracaso total del modelo económico y político impuesto por la dictadura. Mientras tanto, en Madrid, el restaurante Zara sigue sirviendo platos que en La Habana de hoy son cada vez más difíciles de encontrar por la escasez de ingredientes básicos como el aceite, los frijoles o incluso el azúcar.
La memoria como resistencia
El libro La maestra y el pintor, escrito por Inés Martínez Llanos, no es solo un ejercicio de memoria familiar. Es un acto de preservación histórica frente a un régimen que ha hecho de la manipulación del pasado una herramienta de control social. Las historias de José Alberto, el pintor asturiano que emigró a Cuba, y de Santiago Llanos, el niño polizón que llegó a La Habana con 12 años y construyó un negocio, son historias que el gobierno cubano no quiere que se cuenten, porque demuestran que la Cuba anterior a 1959 era una sociedad compleja, con problemas reales pero también con espacios de movilidad social, iniciativa privada y creación cultural que la revolución destruyó sin ofrecer nada mejor a cambio.
En un momento en que la comunidad internacional observa con preocupación el endurecimiento represivo en Cuba —con detenciones arbitrarias, juicios sumarios y persecución a periodistas y activistas—, iniciativas como la de Inés Martínez Llanos cobran una relevancia que trasciende lo culinario. El restaurante Zara de Madrid es un testimonio de lo que Cuba fue y de lo que podría volver a ser si se restablecieran las libertades, se permitiera la iniciativa privada sin trabas y se devolviera a los ciudadanos el derecho a construir su propio futuro. Mientras ese día llega, los platos de la abuela siguen sirviéndose en una discreta calle de Madrid, como un acto silencioso pero firme de resistencia cultural contra una dictadura que ha fracasado en todo excepto en su capacidad para destruir.


