La psicóloga y activista Kirenia Yalit Núñez Pérez alerta sobre las profundas secuelas psicológicas que el régimen de La Habana ha impregnado en la sociedad, afectando tanto a los ciudadanos que permanecen en la isla como a los cientos de miles que se han visto forzados a emigrar. La salud mental emerge no solo como un tabú cultural, sino como una consecuencia directa del control estatal y la represión sistemática ejercida durante 67 años.
Hablar de salud mental en el contexto cubano implica desentrañar una red de prejuicios y traumas que trascienden las fronteras geográficas. Para Kirenia Yalit Núñez Pérez, psicóloga, investigadora y cofundadora de la Mesa de Diálogo de la Juventud Cubana, las consecuencias psicológicas de más de seis décadas bajo un sistema autoritario atraviesan a toda la nación. Su análisis revela cómo el aparato estatal ha instrumentalizado disciplinas como la psicología social para fines de vigilancia y sometimiento, en lugar de garantizar el bienestar integral de la población.
Desde el triunfo de la revolución en 1959, el gobierno cubano ha destinado recursos a áreas de las ciencias sociales, pero con un enfoque claramente orientado al control ciudadano. Núñez Pérez subraya que en la isla nunca existió una política genuina de promoción de la salud mental ni se dotó a la ciudadanía de herramientas para el autocuidado. Esta ausencia de apoyo institucional real, combinada con una cultura latinoamericana que históricamente relega el bienestar emocional, ha generado un caldo de cultivo donde el trauma se normaliza y se silencia a través de generaciones.
Las heridas invisibles del exilio y la emigración forzada
El éxodo masivo que ha experimentado la isla en los últimos años, uno de los más grandes de su historia reciente, ha dispersado a millones de cubanos por el mundo, dejando a su paso profundas heridas psicológicas. La especialista hace una distinción crucial entre el emigrado y el exiliado. Mientras el primero suele cargar con la culpa de abandonar a su familia y su entorno, utilizando el olvido como mecanismo de defensa frente a la tristeza y la depresión, el exiliado sufre un impacto aún más devastador al no haber tomado la decisión de partir de manera libre, sino bajo la amenaza de la cárcel, la persecución o la represión política.

“Todos los cubanos cargamos con estrés postraumático”: Kirenia Yalit Núñez
A la culpa de quienes abandonan el país se suman la frustración y la ira por no poder regresar o despedirse de sus seres queridos, sentimientos que persisten incluso décadas después de haber salido de Cuba. Dentro de la isla, la situación no es menos alarmante. Según Núñez Pérez, la sociedad cubana en su conjunto sufre de un estrés postraumático generalizado, aunque la mayoría no sea consciente de ello. Este trauma es el resultado directo de 67 años de dictadura cubana, un sistema que ha adoctrinado a generaciones para pensar en moldes rígidos y ha criminalizado la aspiración a la prosperidad o la participación política independiente.
El reto de desaprender la represión en la diáspora
La huella del autoritarismo no se borra automáticamente al cruzar una frontera. Muchos cubanos en el exilio reproducen comportamientos aprendidos bajo la dictadura, lo que dificulta la integración en sociedades democráticas. Vivir en un país libre no garantiza saber vivir en libertad, un proceso que exige un esfuerzo consciente para desaprender patrones psicológicos de sumisión, desconfianza o intolerancia. La crítica, que en una democracia es parte esencial del funcionamiento social, suele percibirse como una amenaza por quienes fueron educados en un entorno de censura y represión sistemática.
Contexto: El colapso estructural y la crisis humanitaria
El deterioro de la salud mental en Cuba no puede desvincularse del colapso estructural que atraviesa el país. La hiperinflación, el desabastecimiento crónico de alimentos y medicinas, y los apagones prolongados han empeorado la calidad de vida de la población, generando niveles de ansiedad y depresión sin precedentes. A esto se suma la represión estatal que se intensificó tras las protestas del 11 de julio de 2021, donde el régimen de La Habana demostró su capacidad para encarcelar, torturar y silenciar cualquier intento de disidencia, dejando a la ciudadanía en un estado de indefensión y miedo permanente.
La crisis económica y la falta de libertades han sido el motor del éxodo de más de un millón de cubanos en los últimos años, una diáspora que ha desmembrado a familias enteras y ha agravado el trauma colectivo. En este escenario, la respuesta de la comunidad internacional ha sido objeto de debate. Núñez Pérez señala que muchos cubanos esperaban encontrar solidaridad, especialmente en sectores de la izquierda internacional, pero se enfrentaron a la negación o la indiferencia ante los abusos de derechos humanos cometidos por las autoridades de la isla. Esta traición percibida ha reforzado el rechazo absoluto a cualquier referencia al socialismo, asociando la ideología directamente con el sufrimiento vivido.
Antecedentes de la instrumentalización de la psicología
El uso de la psicología y la psiquiatría como herramientas de control político en Cuba tiene antecedentes documentados desde las primeras décadas del régimen. Durante la Unidad Militar de Ayuda a la Producción (UMAP) en la década de 1960, disidentes, religiosos y homosexuales fueron sometidos a supuestos «tratamientos» para «rehabilitarlos» ideológicamente. Esta instrumentalización sentó las bases para un sistema donde la salud mental del individuo quedó subordinada a la ideología del Estado. A lo largo de las décadas, el aparato represivo ha perfeccionado estos métodos, utilizando la psiquiatría para estigmatizar a los opositores políticos y deslegitimar sus demandas, una práctica que continúa siendo una violación flagrante de los derechos humanos.
Hacia una transición democrática con enfoque psicosocial
Ante la eventualidad de un cambio político, la atención psicológica debe ocupar un lugar central en cualquier proceso de transición democrática. La caída de la dictadura no puede ser el único objetivo; es imperativo acompañar los procesos sociales posteriores. La sociedad civil, que hoy juega un rol vital en la resistencia, deberá mantener su importancia en la reconstrucción del tejido social. Dado el prolongado tiempo que ha durado el régimen y el aislamiento histórico de la isla, la transición cubana requerirá un enfoque singular, adaptado a las particularidades de su contexto y su historia.
Un aspecto fundamental en esta reconstrucción será garantizar que los sectores más vulnerables no queden rezagados en el acceso a la salud mental. Aunque el sufrimiento ha sido generalizado, el ejecutivo cubano ha mantenido en desventaja histórica a comunidades empobrecidas, personas afrodescendientes y habitantes de barrios marginados. Núñez Pérez aboga por políticas temporales que equilibren las oportunidades, sin recurrir a cuotas permanentes, para asegurar que un joven criado en la marginalidad tenga las mismas posibilidades de desarrollo que alguien proveniente de un entorno con mayores ventajas. Este enfoque equitativo es indispensable para cualquier proyecto serio de reconstrucción nacional.
En conclusión, las cicatrices psicológicas dejadas por más de seis décadas de autoritarismo representan uno de los mayores desafíos para el futuro de Cuba. La normalización del trauma, la culpa del exilio y el miedo interiorizado son barreras que requerirán un esfuerzo educativo y institucional sin precedentes. Solo a través de un compromiso genuino con la salud mental, libre de la instrumentalización política del pasado, la sociedad cubana podrá sanar sus heridas y construir una democracia donde los derechos humanos y la libertad no sean solo retórica, sino la base de una nueva convivencia ciudadana.