El expresidente de Uruguay, José «Pepe» Mujica, murió a los 89 años tras una prolongada batalla contra el cáncer. Admirado globalmente por su austeridad y su transformación de guerrillero a demócrata, su legado político se ve ensombrecido por su postura ambigua frente a los regímenes autoritarios de la región, especialmente su renuencia a condenar a la dictadura cubana, pese a sus duras críticas a Nicaragua y Venezuela.
El actual mandatario uruguayo, Yamandú Orsi, confirmó el deceso a través de la red social X, despidiendo a Mujica como un «presidente, militante, referente y conductor». El exmandatario falleció en su chacra de Rincón del Cerro, a las afueras de Montevideo, donde había solicitado pasar sus últimos días bajo cuidados paliativos. En sus últimas declaraciones al semanario Búsqueda, Mujica había reconocido el fin de su ciclo vital con la franqueza que lo caracterizó: «Ya terminó mi ciclo. Sinceramente, me estoy muriendo y el guerrero tiene derecho a su descanso», expresó, deseando descansar junto a la secuoya donde enterró a su perra Manuela.
Diagnosticado con cáncer de esófago a finales de abril de 2024, el expresidente se sometió a un agresivo tratamiento de 31 sesiones de radioterapia. Aunque la terapia inicial logró impactar el tumor, la enfermedad hizo metástasis en el hígado. En enero de 2025, Mujica tomó la decisión de no someterse a nuevos tratamientos médicos, aceptando su condición con estoicismo. Su ausencia en las elecciones departamentales del 11 de mayo fue un indicador claro del deterioro de su salud, marcando la primera vez desde el retorno a la democracia en 1985 que no acudía a las urnas, debido a la recomendación médica explicada por su esposa, la exvicepresidenta Lucía Topolansky.
Nacido en 1935 en el barrio Paso de la Arena, en Montevideo, Mujica creció en un entorno humilde que forjó su temprana vocación política. A los 14 años ya participaba en movilizaciones obreras. En 1964, dio el salto a la lucha armada al integrarse al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, una guerrilla urbana que encontró inspiración directa en la Revolución Cubana. Durante la dictadura militar uruguaya (1973-1985), fue detenido y sometido a condiciones de confinamiento extremo como uno de los «nueve rehenes» del régimen militar, pasando más de una década preso, una experiencia que lo llevó al borde de la quiebra mental pero que, paradójicamente, cimentó su posterior rechazo a la violencia como herramienta política.
Con la restauración democrática, Mujica transitó de las armas a las urnas. Fue diputado en 1994, senador en 1999, ministro de Ganadería en 2005 y finalmente presidente en 2010. Su gestión al frente del ejecutivo uruguayo se destacó por políticas sociales de corte progresista, incluyendo la legalización del aborto, el matrimonio igualitario y la regulación del cannabis. Su estilo de vida frugal, viviendo en su chacra, cultivando sus alimentos y conduciendo su viejo Volkswagen escarabajo celeste, lo convirtieron en un fenómeno mediático y un símbolo de la denominada «izquierda moderna» o humanista en América Latina.
La paradoja latinoamericana: crítica a Maduro y Ortega, silencio frente a La Habana
A pesar de su defensa de la ética pública y la sobriedad, la carrera política de Mujica estuvo marcada por una profunda contradicción en su política exterior. En sus últimos años, el expresidente uruguayo no dudó en cuestionar abiertamente a gobiernos autoritarios de la región. Llegó a calificar al mandatario venezolano Nicolás Maduro de «loco como una cabra» y solicitó públicamente la renuncia del presidente nicaragüense Daniel Ortega. Sin embargo, esta misma firmeza democrática brilló por su ausencia cuando se trató de evaluar la realidad de la isla caribeña.
Mujica evitó sistemáticamente condenar de forma directa y tajante a la dictadura cubana. Mientras exigía democracia en Nicaragua y Venezuela, guardaba un silencio cómplice respecto a las violaciones sistemáticas de los derechos humanos perpetradas por el régimen de La Habana. Esta postura alimentó la percepción de que, para el líder del Frente Amplio, la solidaridad ideológica con el castrismo pesaba más que la defensa universal de las libertades. Sus iniciales muestras de apoyo al chavismo y sus condenas al entonces secretario general de la OEA, Luis Almagro, por su oposición frontal a Maduro, reforzaron esta imagen de selectividad moral.
En un artículo de opinión publicado en CubaNet en enero de 2019, el analista Ernesto Santana Zaldívar subrayaba esta hipocresía intelectual. Santana cuestionaba cómo Mujica, a diferencia de figuras como Lula o Chávez, no mostró intenciones autoritarias durante su mandato en Uruguay, pero fallaba en señalar el origen del problema regional: «Aunque haya abandonado el camino violento de su maestro Fidel Castro y se volviera un demócrata convencido, aunque criticara a Maduro y a Ortega, ¿ha condenado alguna vez el régimen que tanta guerra, tanta muerte y tanta miseria ha provocado en América Latina e incluso más allá de ella?». Para muchos analistas, este silencio alineaba a Mujica con personajes como Silvio Rodríguez, Andrés Manuel López Obrador o el papa Francisco, quienes prefieren omitir la represión en Cuba por temor a romper filas ideológicas.
Contexto: El peso del silencio frente a la crisis estructural de Cuba
La omisión de Mujica respecto a la isla no es un asunto meramente retórico, sino que cobra una dimensión trágica en el contexto de la crisis estructural que sufre el país. Mientras el expresidente uruguayo disfrutaba de su retiro en una democracia funcional, los ciudadanos cubanos enfrentaban el colapso total de los servicios públicos, una inflación galopante que destruyó el poder adquisitivo de los salarios y un desabastecimiento crónico que ha llevado a la desnutrición a sectores vulnerables. El silencio de líderes influyentes de la izquierda latinoamericana actúa como un muro de contención que blinda a las autoridades de la isla frente al escrutinio internacional.
El gobierno cubano ha capitalizado durante décadas estas complicidades para perpetuar un modelo fracasado. La represión social, la criminalización de la disidencia y el encarcelamiento arbitrario de cientos de activistas y periodistas tras las protestas del 11 de julio de 2021 no han merecido la repulpa de figuras como Mujica. Esta falta de condena a la dictadura cubana permite que el ejecutivo de la isla siga justificando su autoritarismo bajo la fachada de un supuesto bloqueo exterior, ocultando su responsabilidad directa en la gestión ineficiente, la falta de libertades y la corruptela en el manejo de los recursos nacionales.
Además, el silencio cómplice ignora la magnitud del éxodo migratorio cubano, considerado el más masivo de la historia reciente del país. Cientos de miles de cubanos han huido de la miseria y la falta de oportunidades, arriesgando sus vidas en rutas migratorias peligrosas. La ceguera voluntaria de referentes políticos como el expresidente uruguayo frente a este drama humanitario resta coherencia a cualquier prédica sobre la justicia social. La izquierda regional, al no exigir rendición de cuentas al régimen de La Habana, se convierte en facilitadora de la maquinaria represiva que mantiene sumida a la población en la pobreza y el desespero.
Antecedentes y el legado de un guerrillero convertido en demócrata
Tras su retiro de la política activa en 2018, Mujica continuó advirtiendo sobre los peligros del consumismo y la concentración del poder económico, manteniéndose como una figura tutelar dentro del Frente Amplio. Sin embargo, él mismo rechazó ser elevado a la categoría de mito. «Los hombres no hacemos historia, hacemos historieta», afirmó en una de sus últimas entrevistas, reconociendo con humildad los límites de su paso por el mundo. «En la inmensidad del universo y del tiempo somos demasiado engreídos», añadió, en una reflexión que contrasta con la intransigencia ideológica que mantuvo respecto a Cuba.
La muerte de José «Pepe» Mujica deja un vacío en el panorama político de América Latina y plantea interrogantes sobre el futuro de la izquierda regional. Su capacidad para transitar de la lucha armada a la democracia institucional es, sin dudas, un capítulo destacado en la historia de Uruguay. No obstante, su legado quedará marcado por la deuda pendiente con aquellos que sufren bajo regímenes totalitarios. Mientras la dictadura cubana continúe silenciando, reprimiendo y empobreciendo a su pueblo, la memoria de los líderes que eligieron mirar hacia otro lado será también juzgada por la historia como parte del problema y no de la solución en la construcción de democracias verdaderamente integrales en el hemisferio.


