La hermana del exministro de Economía y Planificación de Cuba, Alejandro Gil Fernández, reveló que el régimen de La Habana acusa al alto funcionario caído en desgracia de espiar para la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), un cargo que el gobierno mantenía en reserva y que el acusado niega de forma categórica. La filtración sale a la luz pública tras la conclusión de los juicios a puerta cerrada contra el que fuera uno de los hombres más poderosos de la isla, en medio de una profunda crisis económica y purgas internas dentro de la cúpula del poder.
El periodista Mario J. Pentón, desde Martí Noticias, ofreció nuevos detalles sobre una de las incógnitas que rodearon el proceso penal desde su inicio. En una entrevista con María Victoria Gil Fernández, hermana del exministro y residente en España, se confirmó que una fuente cercana al caso y descrita como «fidedigna» filtró la información sobre el cargo de espionaje. Hasta este momento, la dictadura cubana había mantenido en absoluto secreto el alcance específico de las imputaciones contra el exfuncionario, amparándose en excusas de seguridad nacional para ocultar los detalles a la opinión pública.
Desde el inicio de las investigaciones, la postura de Gil Fernández ha sido de total rechazo a las acusaciones. «Alejandro Miguel Gil Fernández niega categóricamente todos y cada uno de los hechos vinculados con el espionaje (…) Lo niega rotundamente punto por punto desde el inicio de las investigaciones», subrayó María Victoria, quien también es exconductora de televisión. La revelación confirma que el caso trasciende los presuntos delitos económicos y se adentra en el terreno de la traición al aparato de inteligencia estatal, un escenario habitual en las purgas dentro de regímenes autoritarios donde la lealtad política es el principal requisito de permanencia.
La pugna interna: Manuel Marrero en el centro de la caída
La entrevista también puso sobre la mesa las fricciones en la alta esfera del gobierno cubano. María Victoria Gil Fernández reconoció los conflictos entre su hermano y el actual primer ministro, Manuel Marrero Cruz, a quien señaló como una de las figuras principales en la caída en desgracia del exministro. Según su versión, Marrero ha sido el arquitecto de este proceso penal, sugiriendo un ensañamiento político que oculta las contradicciones internas del gabinete y la lucha por el control de las finanzas en un país en bancarrota.
«Marrero es la persona que ha estado delante y detrás de todo este proceso contra Alejandro Gil. De alguna manera pienso que también ha sido un ensañamiento. Los delitos económicos que se le imputan a mi hermano (…) Marrero los ha cometido cinco veces más», destacó la hermana del exministro. Esta afirmación, si bien corresponde a un testimonio familiar, refleja una realidad evidente para la ciudadanía: la opacidad con la que las autoridades de la isla gestionan los recursos públicos y la impunidad de la que gozan otros altos dirigentes mientras se señala a figuras aisladas como chivos expiatorios del desastre nacional.
Una larga lista de delitos y un juicio opaco
El ejecutivo cubano anunció en marzo de 2024 el inicio de una investigación contra el entonces reciente exministro de Economía por «graves errores cometidos» durante su gestión, una fórmula diplomática para anunciar una purga. A finales de octubre, la Fiscalía General de la República (FGR) presentó la acción penal y el expediente ante el Tribunal Supremo Popular (TSP). La lista de cargos es extensa y incluye espionaje, actos en perjuicio de la actividad económica o de la contratación, malversación, cohecho, falsificación de documentos públicos, evasión fiscal, tráfico de influencias, lavado de activos, infracción de las normas de protección de documentos clasificados y sustracción y daño de documentos u otros objetos en custodia oficial.
El Tribunal Supremo Popular aseguró que, «en cumplimiento del debido proceso», los abogados defensores y el acusado tuvieron acceso al expediente y a las conclusiones provisionales de la Fiscalía. Sin embargo, la dictadura cubana invocó «razones de seguridad nacional» para restringir el acceso al juicio únicamente a «las partes y las personas autorizadas por el Tribunal». Esta medida excluyó de facto a la ciudadanía y a la prensa nacional e independiente, salvo autorización expresa del poder judicial, consolidando un proceso caracterizado por la censura y la falta de transparencia institucional.
Ante la política de hermetismo, la familia de Gil Fernández ha exigido máxima publicidad. Antes del inicio de los juicios, la hija del exministro reclamó un proceso abierto y accesible. «Me sumo al llamado popular de que el juicio sea público, televisado, con libre acceso a la prensa internacional e independiente», manifestó en su momento. Además, adelantó que su padre no se declararía culpable bajo ninguna circunstancia, defendiendo cada una de sus actuaciones con pruebas, una promesa que contrasta con el secretismo impuesto por las autoridades de la isla.
Contexto: El colapso económico y las purgas en la cúpula
El caso de Alejandro Gil no es un hecho aislado, sino el síntoma de una crisis estructural profunda que asfixia a la nación caribeña. Durante años, Gil fue el rostro de políticas económicas como la llamada «Tarea Ordenamiento», que fracasaron estrepitosamente y profundizaron el desabastecimiento, la inflación galopante y el colapso del sistema eléctrico. Su gestión al frente del Ministerio de Economía y Planificación coincidió con un período en el que el país experimentó una de las peores recesiones de su historia moderna, impulsando a cientos de miles de cubanos a abandonar la isla en un éxodo migratorio sin precedentes que ha vaciado al país de su fuerza laboral y juvenil.
La salida de escena de Gil y su posterior enjuiciamiento responden a la necesidad del régimen de La Habana de buscar culpables dentro de su propio aparato para calmar el descontento social. La designación de chivos expiatorios es una táctica recurrente del gobierno cubano para evadir su responsabilidad directa en el fracaso del modelo centralizado y planificado. Mientras la población enfrenta colas interminables para adquirir alimentos básicos y sufre cortes de electricidad de hasta 20 horas diarias, la cúpula militar y política libra guerras de poder por el control de los escasos recursos, las empresas estatales y las remesas en divisas.
Además, la imputación de espionaje introduce un elemento de desconfianza que afecta las ya deterioradas relaciones con Estados Unidos y evidencia las fisuras en los órganos de inteligencia. En un sistema donde la lealtad ideológica es primordial, señalar a un exministro clave como agente de la CIA busca justificar ante las filas del partido las medidas más drásticas, enviando un mensaje disuasivo a cualquier otro funcionario que considere romper el cerco de información o negociar a espaldas de la cúpula dirigente.
Antecedentes de purgas en la cúpula castrista
El procesamiento de altos funcionarios bajo cargos que incluyen traición o espionaje tiene precedentes en la historia reciente de la isla. Desde el fusilamiento del General Arnaldo Ochoa en 1989 hasta la destitución de Carlos Lage y Felipe Pérez Roque en 2009, el sistema político cubano ha utilizado las purgas internas no solo para castigar la corrupción, sino para eliminar disidencias ideológicas y consolidar el poder en torno a la figura de la presidencia. La caída de Gil Fernández se inscribe en esta misma lógica de control vertical, donde cualquier figura que acumule poder o pierda eficacia en la gestión de la crisis es rápidamente descartada y criminalizada.
Implicaciones futuras y el silencio oficial
El desenlace de este juicio secreto dejará consecuencias profundas en la arquitectura de poder en Cuba. La confirmación del cargo de espionaje, filtrada a pesar de la censura, sugiere que la dictadura cubana prepara una condena ejemplarizante para Gil, cerrando cualquier posibilidad de reivindicación interna. Para la ciudadanía, el caso reafirma la ausencia de un estado de derecho y la imposibilidad de exigir rendición de cuentas transparente a un gobierno que opera bajo el amparo del secretismo. La comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos mantienen la mirada sobre la isla, aunque la falta de acceso al expediente judicial dificulta la verificación independiente de los cargos, dejando a la población sumida en la incertidumbre sobre los verdaderos motivos de esta purga en la alta dirigencia.

