La provincia de Holguín atraviesa una de sus crisis de abastecimiento de agua más severas en décadas, producto de una combinación letal de sequía prolongada, apagones constantes y el colapso de la infraestructura hidráulica. La incapacidad de las autoridades de la isla para garantizar un servicio básico ha empujado a cientos de miles de residentes a depender de un mercado informal y especulativo, donde el costo de una pipa de agua supera el salario mensual promedio de un trabajador cubano, evidenciando el abandono estructural al que el régimen de La Habana ha sometido a las provincias orientales.
La situación en el oriente de la isla ha alcanzado niveles de supervivencia precaria. Según datos oficiales, casi la mitad de la provincia de Holguín sufre los efectos directos de la sequía, con un caudal de entrada de agua a la ciudad que ha disminuido en más de 300 litros por segundo. Este déficit ha provocado que los ciclos de distribución del acueducto en algunas zonas superen los cien días, dejando a la población en un estado de vulnerabilidad extrema. Gustavo Sánchez, residente de Holguín, resume la angustia cotidiana al constatar que el acueducto lleva más de un mes sin bombear y que los pozos, incluso los de siete varas de profundidad que históricamente resistían, se han secado por completo.
La falta de agua potable no solo paraliza la rutina diaria, sino que desata una crisis sanitaria latente. La imposibilidad de mantener la higiene personal y la limpieza del hogar incrementa exponencialmente el riesgo de propagación de enfermedades. Mayté Fuentes, vecina del reparto La Quinta, expresa el temor de la comunidad ante la dependencia de camiones cisterna, conocidos popularmente como «pipas». «Con la falta de limpieza en la casa y no poder asearnos tenemos temor a enfermarnos. Dependemos de las pipas y siempre queda la duda de si esa agua, que a veces se ve turbia, no terminará enfermándonos», relata la residente, evidenciando la falta de control sanitario sobre el agua que consume la población.
El mercado del agua: especulación y desigualdad en medio del colapso
Ante la inoperancia del gobierno cubano para resolver la crisis, la demanda ha disparado los precios del agua vendida por transportistas privados, creando un mercado desproporcionado que penaliza a los sectores más pobres. Desde febrero, en varias localidades del centro-sur de la ciudad el acueducto no bombea, obligando a familias como la de María Isabel López a pagar entre 3.000 y 4.000 pesos para llenar sus tanques de almacenamiento doméstico. En barrios como Harlem, los precios rondan los 4.000 pesos, mientras que en zonas más densamente pobladas, como el reparto Alcides Pino, los costos han alcanzado los 6.000 pesos por un tanque de 1.200 litros, según denuncia el residente Orlando Díaz.

Cubanet Suscripción
Para la inmensa mayoría de la población, cuyo salario promedio oficial apenas supera los 4.000 pesos mensuales, pagar por el acceso a un recurso vital se ha convertido en una quimera. Ángel Escobar, trabajador que devenga 4.680 pesos mensuales, ilustra esta disparidad: «Es imposible. Con mi salario no puedo pagar una pipa; el dinero apenas me alcanza para comer. El agua es una necesidad, pero se ha convertido en algo inalcanzable para la mayoría». Esta dinámica demuestra que, en la Cuba actual, el acceso a los recursos básicos está determinado por el poder adquisitivo, profundizando las desigualdades sociales bajo un sistema que teóricamente se jacta de su equidad.
Sin embargo, el encarecimiento del agua no responde únicamente a la avaricia de los proveedores, sino que es un reflejo directo del elevado costo de la vida y la inflación incontrolable que sufre el país. Manuel Montoya, un «pipero» que distribuye agua en la ciudad, explica que sus precios están sujetos a sus propios gastos de subsistencia. «La comida está muy cara y por eso he tenido que subir el precio. Tengo gastos de combustible y piezas de repuesto y una familia que alimentar. Nadie se va a hacer millonario vendiendo agua porque prácticamente el mayor porcentaje de la ganancia lo gasto comprando comida», detalla Montoya, exponiendo cómo la crisis económica afecta transversalmente a todos los actores de la sociedad civil.
La dependencia de estos proveedores privados está marcada además por la incertidumbre y un servicio deficiente, debido a la falta de regulación y oferta estatal. José Antonio Reyes, del reparto Ramón Quintana, relata su frustración al tener que esperar casi una semana tras contactar a varios piperos. La competencia por el recurso ha generado una dinámica donde los proveedores priorizan a quien más pueda pagar. «Ya la palabra no vale. Ya lo que vale es el dinero», concluye Reyes, en una declaración que resume el colapso del tejido social y la mercantilización de la supervivencia en la isla.

Salidero del acueducto. (Foto: CubaNet)
Pozos artesanales y el fracaso de las promesas gubernamentales
Frente a la imposibilidad de comprar pipas de agua constantemente, muchos holguineros han considerado la construcción de pozos artesanales como una solución alternativa. No obstante, esta opción es económicamente inaccesible para la clase trabajadora. Yosbel Acosta, empleado del sector de la educación, cuestiona la viabilidad de esta alternativa: «Si no me alcanza el dinero para la comida, imagínate tú para pagar un pozo artesanal que cuesta 90.000 pesos». La inversión representa más de dos años de salario íntegro para un profesional promedio, lo que la coloca fuera del alcance de la mayoría.
Además, contratar a un «pocero» implica un riesgo financiero altísimo, ya que no existe garantía de encontrar agua. Miguel David Sánchez explica que los perforadores advierten desde el inicio que su trabajo es darle profundidad al pozo, cobrando a 6.000 pesos la vara, sin asegurar el éxito. «Es como un juego de azar, que puedes ganar o perder», señala. Ariel García comparte este temor, dudando en arriesgar 90.000 pesos en una inversión a ciegas que podría dejarlo sin dinero y sin agua, dado que los pozos cercanos a su domicilio están secos.
A la escasez y la ineficiencia se suma el despilfarro, un símbolo de la negligencia burocrática. Cuando el sistema de bombeo funciona, la red pública presenta salideros que desperdician miles de litros de agua. Omar Torres, un ciudadano crítico, señala la apatía institucional ante este problema: «Cuando el acueducto bombea es muy triste ver cómo se despilfarra el agua con tanta sequía que hay, yo lo he informado varias veces y no acaban de resolver el problema». La falta de mantenimiento de las redes hidráulicas es una constante en toda la isla, resultado de décadas de desinversión por parte del ejecutivo cubano.
Contexto: Crisis estructural y el trasvase Este-Oeste como monumento a la ineficacia
La crisis hídrica en Holguín no es un fenómeno aislado, sino la manifestación local del colapso estructural que sufre Cuba en su totalidad. La falta de mantenimiento de la infraestructura, sumada a la crisis energética que impide el bombeo constante de agua, y la sequía agravada por el cambio climático, configuran un escenario de fracaso sistémico. El proyecto del trasvase Este-Oeste, anunciado hace más de una década por las autoridades como la solución definitiva para los problemas de abastecimiento en la provincia, se ha convertido en el mayor símbolo de la ineficacia gubernamental y la mala gestión de los recursos públicos.
Rafael Romero, residente de la zona, sentencia la realidad de esta promesa incumplida: «En el trasvase Este-Oeste gastaron millones de pesos y no tenemos ni agua ni comida. Decían que el agua ya estaba llegando a la presa pero eso es mentira y la realidad lo demuestra». Este tipo de megaproyectos, que en otras democracias serían sometidos a auditorías y rendiciones de cuentas, en Cuba se ejecutan opacamente, desviando fondos que nunca se traducen en beneficios tangibles para la población. La dictadura cubana ha priorizado el control político y la propaganda sobre la viabilidad técnica y el bienestar ciudadano.
Este colapso de los servicios básicos es uno de los motores fundamentales del exodo migratorio sin precedentes que vive la isla. Cuando el acceso al agua, la alimentación y la electricidad se convierten en una lotería diaria marcada por el sufrimiento, la opción de abandonar el país se transforma en la única alternativa viable para millones de cubanos. La incapacidad del gobierno para proveer lo más elemental desmorona el contrato social implícito del régimen, empujando a la ciudadanía a la desesperación y, a quienes tienen recursos, a buscar pozos artesanales como intento desesperado por retener un mínimo de autonomía frente al Estado fallido.
Las consecuencias a futuro de esta crisis hídrica son alarmantes. Si las condiciones actuales persisten, Holguín podría enfrentar un brote de enfermedades transmitidas por el agua o por vectores, colapsando aún más el precario sistema de salud pública. La comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos deben prestar atención a cómo la negligencia y la falta de libertades en Cuba impiden que la sociedad civil organice respuestas efectivas a la crisis. Mientras el régimen mantenga su control absoluto sobre los recursos y reprima cualquier forma de demanda ciudadana organizada, la supervivencia en provincias como Holguín seguirá siendo una apuesta diaria contra la adversidad, donde el derecho humano al agua ha sido suplantado por la ley del mercado informal y el abandono estatal.


