Tres mujeres acompañadas por sus hijos pequeños se congregaron en las afueras de la residencia de Miguel Díaz-Canel en La Habana para exigir una solución inmediata a los prolongados cortes de electricidad que asfixian a la población. La protesta, que se desarrolló bajo la atenta mirada de las fuerzas del orden, evidencia el nivel de desesperación al que ha llegado la ciudadanía frente al colapso del Sistema Eléctrico Nacional y la nula respuesta institucional del gobierno cubano.
La acción fue documentada en videos compartidos por la activista cubana Diasniurka Salcedo. En las imágenes, una de las manifestantes explica de manera directa el motivo de su llegada al lugar: exigir el restablecimiento del servicio eléctrico, conocido popularmente como «la corriente», y lo hace acompañada de sus hijos, en un acto que subraya la vulnerabilidad de las familias ante la crisis. La decisión de llevar a los menores hasta la puerta del gobernante refleja la angustia de madres que ven peligrar la salud y la alimentación de sus hogares debido a la falta de energía.
La protesta no ocurre en un vacío, sino en medio de uno de los peores momentos para la infraestructura energética del país. Ese mismo sábado, la estatal Unión Eléctrica emitió su informe diario, en el que reconoció un déficit de generación que marcó una cifra récord. Esta carencia en la producción de energía ha provocado que más de la mitad del territorio nacional permanezca a oscuras durante largas y extenuantes horas, afectando gravemente la ya precaria calidad de vida de millones de personas.
Ante la presencia de fuerzas policiales desplegadas en las inmediaciones de la vivienda del mandatario, una de las madres enfrentó a los agentes con firmeza, advirtiendo que no abandonarían el espacio hasta obtener respuestas concretas. La actitud de las mujeres contrasta con el hermetismo habitual de las altas esferas del poder en Cuba, donde los líderes viven aislados de las realidades que sufre la mayoría de la población.
En otros materiales audiovisuales difundidos por la activista, las manifestantes expresaron su profundo descontento ante las promesas incumplidas por el régimen de La Habana. Una de ellas relató que las autoridades locales habían anotado sus nombres en supuestas listas de atención prioritaria con el objetivo de resolver su situación tras quejas anteriores, pero las afectaciones persisten intactas. Esta dinámica de promesas burocráticas que nunca se materializan es una constante en la gestión pública de la isla.
En una actualización posterior sobre el desarrollo de los hechos, las tres cubanas relataron que, a pesar de permanecer varias horas plantadas en las afueras de la casa, no recibieron ningún tipo de atención por parte de funcionarios o representantes del ejecutivo cubano. Hasta el momento, se desconoce si la decisión de finalizar la protesta fue voluntaria o si la creciente presencia de fuerzas represivas influyó en su retirada, un patrón habitual cuando la ciudadanía intenta hacer llegar sus quejas a las cúpulas del poder.
Antecedentes de una desesperación creciente
Este tipo de acciones directas frente a la residencia del mandatario no es un hecho aislado, sino el síntoma de una presión social que no cesa. El pasado 19 de abril de 2024, otro grupo de madres se presentó en el mismo lugar para exigir el acceso a alimentos, medicinas y soluciones habitacionales. Aquellas mujeres también permanecieron horas en el sitio sin ser recibidas, hasta que fueron sacadas a la fuerza por la policía, demostrando la intolerancia del Estado ante las demandas ciudadanas.
La respuesta de la dictadura cubana ante aquel episodio no se hizo esperar. Poco más de una semana después de ser desalojadas, las manifestantes fueron citadas y amenazadas con procesamientos judiciales. Según testimonios ofrecidos en su momento a medios independientes, las mujeres fueron obligadas a asistir a reuniones con funcionarios locales, donde las intimidaron con penas de hasta tres años de prisión si continuaban alzando la voz. Esta criminalización de la protesta pacífica es la táctica preferida del aparato estatal para acallar el descontento.
Contexto: El colapso estructural del Sistema Eléctrico Nacional
La protesta de estas tres madres está directamente vinculada a la crisis terminal del Sistema Eléctrico Nacional (SEN), un problema que las autoridades de la isla han sido incapaces de revertir tras décadas de falta de mantenimiento, mala planificación y corrupción. Las termoeléctricas que sostienen el país superan con creces su vida útil técnica, y las constantes averías, sumadas a la escasez crónica de combustible para las unidades de generación distribuida, mantienen a la nación en un estado de emergencia energética permanente.
Las consecuencias de estos apagones prolongados son devastadoras para la población. La falta de electricidad paraliza el bombeo de agua, obligando a miles de personas a cargar agua a mano; imposibilita la refrigeración de alimentos en un contexto de hiperinflación y escasez extrema, donde perder una porción de comida es un golpe irrecuperable para la economía familiar; y agrava las condiciones de salubridad, especialmente para ancianos y niños que deben soportar las altas temperaturas sin acceso a ventilación.
Además, este colapso de los servicios básicos se inserta en una crisis económica multifactorial que ha destruido el poder adquisitivo del cubano. La inflación galopante, la dolarización forzada de la economía y la incapacidad del Estado para garantizar canastas básicas han empujado a cientos de miles de ciudadanos a tomar la ruta del exodo migratorio. Las cacerolazos y protestas callejeras que estallan esporádicamente en distintos barrios son la válvula de escape de una sociedad que ha llegado al límite de su resistencia.
La represión como única respuesta oficial
Frente a este panorama de colapso sistémico, la respuesta del gobierno cubano ha sido incrementar el aparato represivo. En lugar de presentar un plan viable para la recuperación de la infraestructura o la apertura de espacios económicos que permitan la subsistencia, el régimen opta por el despliegue policial, la vigilancia y las amenazas judiciales contra quienes se atreven a protestar, incluso cuando se trata de madres defendiendo el bienestar de sus hijos.
El hecho de que la ciudadanía se vea obligada a protestar a las puertas de la casa del presidente para reclamar un servicio tan básico como la electricidad demuestra la ruptura total entre el Estado y la sociedad civil. La falta de canales institucionales efectivos para el reclamo de derechos obliga a los ciudadanos a medidas desesperadas, sabiendo que el costo puede ser la represalia inmediata de las fuerzas de seguridad.
Las implicaciones de estos hechos trascienden el ámbito local. La comunidad internacional y las organizaciones defensoras de los derechos humanos continúan documentando cómo la dictadura cubana utiliza el sistema judicial para amedrentar a la población. Mientras el país se sume en la oscuridad física por los apagones, el régimen se empeña en mantenerlo en la oscuridad cívica, reprimiendo a quienes encienden la llama de la exigencia y la dignidad. La incógnita a futuro es cuánto tiempo podrá sostenerse esta presión sobre una población que ya ha demostrado no tener nada que perder.



