Domingo, 27 de septiembre de 2026
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La exministra Marta Elena Feitó asegura que en Cuba no hay mendigos: la negación oficial de una crisis social evidente

La exministra Marta Elena Feitó asegura que en Cuba no hay mendigos: la negación oficial de una crisis social evidente

La extitular de Trabajo y Seguridad Social aseguró en una comparecencia pública que en la isla no existen personas en situación de mendicidad, sino individuos que «se disfrazan» para obtener dinero con el que comprar bebidas alcohólicas. Sus declaraciones contrastan frontalmente con la realidad visible en las calles de La Habana y otras provincias, donde el aumento de personas pidiendo limosna, hurgando en la basura o durmiendo en portales se ha convertido en una escena cotidiana que ni siquiera los medios de comunicación oficialistas han podido ocultar.

Las declaraciones de Marta Elena Feitó, quien ocupó la cartera de Trabajo y Seguridad Social hasta su reciente salida del Ministerio —reemplazada por Waldo Hernández en una reshuffle del gabinete de Díaz-Canel—, han generado un repudio generalizado entre la población cubana. La exfuncionaria sostuvo que las personas que se observan pidiendo dinero en las intersecciones o limpiando parabrisas no son mendigos, sino sujetos que adoptan esa «forma de vida» como una estrategia para financiar el consumo de alcohol. Esta caracterización, además de minimizar un fenómeno social complejo, ignora los reportajes producidos por la propia prensa oficial en provincias como Holguín, Matanzas, Artemisa y la capital, donde se ha documentado el incremento de la mendicidad entre personas de la tercera edad que trabajaron durante décadas en el sector estatal.

El pronunciamiento de Feitó se produce en un momento en que el régimen de La Habana enfrenta una de sus peores crisis económicas y sociales en más de seis décadas. La inflación descontrolada, la depreciación acelerada del peso cubano frente al dólar en el mercado informal y el colapso de los servicios básicos han empujado a amplios sectores de la población a situaciones de vulnerabilidad extrema. Según datos del propio gobierno, el salario medio estatal no cubre ni el 20% de la canasta básica familiar, lo que ha obligado a miles de personas a buscar alternativas de supervivencia que van desde la reventa de productos en el mercado negro hasta la mendicidad.

Una afirmación que contradice los propios medios oficialistas

Lo que más ha llamado la atención de analistas y ciudadanos es que la afirmación de Feitó contradice abiertamente los contenidos difundidos por los medios de comunicación al servicio del gobierno cubano. En los últimos meses, reportajes del Noticiero Nacional de Televisión, el periódico Granma y el programa Mesa Redonda han abordado el tema de la «conducta ambulatoria» y el aumento de personas en situación de calle, reconociendo implícitamente un fenómeno que las autoridades durante años se negaron a admitir. Incluso en intervenciones parlamentarias, diputados de varias provincias han planteado la necesidad de abordar el crecimiento de la mendicidad, especialmente entre adultos mayores cuyas pensiones —que oscilan entre los 1.500 y 2.500 pesos mensuales— resultan insuficientes para cubrir una alimentación básica.

La exministra, sin embargo, ha optado por una narrativa que reduce el problema a una cuestión de conductas individuales desviadas, despojándolo de cualquier responsabilidad estatal. Esta estrategia discursiva no es nueva en el arsenal retórico del gobierno cubano: durante décadas, las autoridades han atribuido los fenómenos de pobreza, desabastecimiento y marginación a factores externos —el embargo estadounidense, la «guerra económica»— o a deficiencias individuales, evitando cualquier reconocimiento de los fallos estructurales del modelo económico centralizado y planificado que ha regido la isla desde 1959.

El contexto de pobreza y exclusión en la Cuba actual

La mendicidad en Cuba no es un fenómeno aislado ni reciente, pero su visibilidad y magnitud se han multiplicado desde el agravamiento de la crisis económica que siguió a la pandemia de COVID-19. Antes de 2020, era posible observar personas pidiendo limosna en zonas céntricas de La Habana Vieja o en las inmediaciones de restaurantes y hoteles con divisas, pero el fenómeno estaba relativamente contenido. A partir de 2021, con la fallida «Tarea Ordenamiento» —el paquete de medidas económicas que incluyó la unificación monetaria, la eliminación de subsidios y el aumento de precios—, la situación se deterioró con una rapidez sin precedentes.

Actualmente, las escenas de personas de todas las edades pidiendo comida o dinero en semáforos, portales de edificios, estaciones de ómnibus y mercados se han extendido a prácticamente todas las provincias del país. No se trata únicamente de personas con problemas de alcoholismo o adicciones, como sugiere la versión oficial, sino de ancianos con pensiones insuficientes, madres solteras sin redes de apoyo, personas con discapacidad sin atención institucional y, cada vez con mayor frecuencia, jóvenes que no encuentran empleo formal ni tienen recursos para emigrar. La ausencia de un sistema de protección social funcional —pese a la retórica oficial sobre el «Estado socialista»— ha dejado a estos sectores completamente desamparados.

El colapso del sistema de seguridad social

El sistema de seguridad social cubano, otrora presentado como uno de los logros fundamentales del modelo socialista, se encuentra en un estado de postración avanzado. Las pensiones de jubilación no se han ajustado al ritmo de la inflación, que según estimaciones independientes superó el 40% anual en 2024. Una pensión promedio de 2.000 pesos equivale a menos de 5 dólares al cambio del mercado informal, una cantidad que no alcanza para comprar una libra de aceite, un cartón de huevos y un paquete de pollo en los mercados agropecuarios. Esta brecha entre los ingresos fijos y el costo de vida ha empujado a miles de jubilados a buscar cualquier fuente adicional de ingresos, incluyendo la mendicidad.

El gobierno cubano ha reconocido de manera tangencial esta problemática en documentos oficiales y en los debates de la Asamblea Nacional, donde se ha hablado de la necesidad de «perfeccionar» el sistema de asistencia social. Sin embargo, las medidas adoptadas hasta ahora han sido insuficientes y de carácter puntual, como los subsidios temporales a personas en «situación de vulnerabilidad» identificadas por los trabajadores sociales, un programa que cubre a una fracción mínima de quienes realmente necesitan apoyo y cuyos montos resultan ridículos frente al costo real de la canasta básica.

La mendicidad como síntoma del fracaso del modelo

Para analistas económicos y observadores sociales, el aumento de la mendicidad es un indicador más del fracaso estructural del modelo económico cubano. La concentración de la propiedad en manos del Estado, la ausencia de incentivos a la producción, el control burocrático sobre las iniciativas privadas y la dependencia crónica de fuentes externas de ingresos —remesas, misiones médicas, turismo— han generado un sistema incapaz de sostener el empleo formal y garantizar niveles mínimos de bienestar. La población activa que permanece en el país se ha reducido drásticamente por el éxodo migratorio de más de un millón de personas desde 2022, y los que se quedan enfrentan salarios que no cubren las necesidades básicas y un mercado laboral estatal paralizado.

En este contexto, las declaraciones de Feitó son leídas como un ejercicio de negacionismo que insulta a la población. Reducir la mendicidad a un «disfraz» para comprar ron no solo es una falsedad comprobable en cualquier calle de la isla, sino que constituye una forma de violencia simbólica contra personas que han visto derrumbarse sus condiciones de vida tras décadas de trabajo en el sector estatal, muchas de las cuales contribuyeron al sostenimiento del sistema que ahora las abandona.

La respuesta social y la persistencia de la narrativa oficial

Las reacciones en las redes sociales no se han hecho esperar. Cientos de cubanos han compartido imágenes y testimonios que documentan la presencia de mendigos en distintas localidades, contradiciendo punto por punto la versión de la exministra. Activistas, periodistas independientes y ciudadanos comunes han denunciado el cinismo de una dirigencia que, desde posiciones de privilegio y con acceso a bienes y servicios negados a la mayoría, se atreve a negar una realidad que cualquier transeúnte puede constatar en cuestión de minutos.

La dictadura cubana ha mantenido durante décadas una narrativa según la cual en el país no existen fenómenos como la pobreza extrema, la mendicidad, el desempleo masivo o la marginación social, presentando estos como males exclusivos del «capitalismo». Esta construcción discursiva, que fue relativamente sostenible durante los años de subsidio soviético y la etapa de la colaboración venezolana, se ha vuelto insostenible frente a la evidencia cotidiana. Las declaraciones de Feitó representan probablemente uno de los últimos coletazos de esa retórica, pronunciada por una funcionaria que, en lugar de ofrecer soluciones, opta por negar el problema y culpar a sus víctimas.

Lo que queda en evidencia con episodios como este es la distancia abismal entre el discurso oficial y la realidad que viven los cubanos. Mientras las autoridades insisten en negar la pobreza, las calles de La Habana, Santiago de Cuba, Camagüey y Santa Clara muestran cada día el rostro de un país que se desmorona. La mendicidad, la desnutrición, la falta de vivienda digna y el colapso de los servicios públicos no son «ilusiones ópticas» ni «disfrazes», sino consecuencias directas de un sistema que ha fracasado en su promesa fundamental de garantizar el bienestar de su población. Negarlo, como ha hecho la exministra, no hace más que confirmar la indolencia de una dirigencia que ha perdido cualquier vínculo con la realidad que gobierna.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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