Las autoridades de la isla informaron que apenas se ha logrado extraer la mitad del petróleo derramado recientemente en la antigua central termoeléctrica José Martí, ubicada en la zona industrial de Matanzas. El incidente, ocurrido en una instalación inactiva desde hace una década, reaviva las alarmas medioambientales y expone la profunda vulnerabilidad de la infraestructura energética nacional bajo la gestión estatal.
Román Pérez Castañeda, director técnico de la termoeléctrica Antonio Guiteras, confirmó a la prensa oficial que las labores de recuperación en la central José Martí prosiguen en medio de la incertidumbre. Hasta el momento, los equipos especializados han logrado sustraer más del 50 % del combustible contenido en el cubeto de almacenamiento. El directivo aseguró que el proceso se desarrolla de manera organizada y sin que se hayan registrado incidentes adicionales que compliquen aún más la delicada situación operativa de la zona.
El proceso de succión, sin embargo, enfrenta severas complicaciones técnicas derivadas de las propias características del combustible acumulado durante años de abandono. Pérez Castañeda explicó que la alta viscosidad del crudo obliga a los operarios a inyectar agua en el cubeto, una maniobra que incrementa significativamente el volumen total de líquido que debe ser procesado y extraído. Debido a este factor técnico, las labores de recuperación podrían prolongarse por dos o tres días adicionales, prolongando la exposición al riesgo en la zona.
Una vez concluida la fase de succión, quedarán inevitables residuos de crudo adheridos a las paredes del cubeto. Ante esta eventualidad, el régimen de La Habana ha indicado que se mantendrán activas las medidas de prevención contra incendios, tal como lo estipulan los protocolos de seguridad industrial. Asimismo, se evaluarán las propiedades del crudo recuperado para determinar si es viable su empleo en la unidad generadora de Antonio Guiteras, una de las pocas plantas activas y vitales para el maltrecho Sistema Electroenergético Nacional (SEN).

Foto: Girón
La central termoeléctrica José Martí dejó de generar energía hace aproximadamente diez años debido a severas deficiencias técnicas y la crónica falta de inversiones para su mantenimiento. Pese a la aguda y prolongada crisis energética que sufre el país, con apagones que afectan diariamente a la población y la industria, los dos tanques de su esquema de funcionamiento permanecieron abandonados. En ellos quedó un remanente de aproximadamente 500 metros cúbicos de combustible que nunca fue utilizado ni tratado adecuadamente, evidenciando la ineficiencia burocrática y la falta de planificación estratégica del gobierno cubano en la gestión de sus escasos recursos.
Este nuevo derrame ha reavivado el trauma en la provincia de Matanzas, profundamente marcada por la catástrofe del 5 de agosto de 2022 en la Base de Supertanqueros, situada en la misma zona industrial. Aquel siniestro, catalogado como uno de los peores desastres industriales de la historia reciente de la isla, dejó un saldo trágico de 17 personas fallecidas —entre ellas jóvenes reclutas del Servicio Militar obligatorio— y más de un centenar de heridos. Las explosiones generaron una gigantesca columna de humo negro que llegó a visibilizarse incluso desde La Habana, exponiendo la falta de preparación, la negligencia y la opacidad informativa de la dictadura cubana ante emergencias de gran escala.
El episodio en la José Martí no es un hecho aislado, sino que se inscribe en un alarmante patrón de accidentes industriales y fugas que han ocurrido en los últimos años, particularmente en la zona matancera. En 2024, un salidero en la línea de Fuel Oil Alto Vanadio provocó la fuga de petróleo hacia la bahía de Matanzas, afectando gravemente el ecosistema marino local. Meses antes, en Cárdenas, se registró el vertido de un líquido desde un tanque costero en total estado de abandono. Además, en 2021, un cambio de presión durante las operaciones en el pozo Yumurí 201 derivó en otro derrame en la costa norte de la provincia.
A nivel nacional, la situación de la infraestructura no es más alentadora. A finales de 2024, un accidente ferroviario en Cabaiguán, en la provincia de Sancti Spíritus, ocasionó el derrame de petróleo desde varios vagones que transportaban crudo desde la Zona Especial de Desarrollo Mariel. Estos incidentes repetidos demuestran que el colapso no se circunscribe a la generación eléctrica, sino que abarca toda la cadena logística e industrial del país, deteriorada por décadas de falta de mantenimiento, corrupción estructural y desidia institucional por parte del ejecutivo cubano.
Contexto Sistemico: Un país al borde del colapso total
El derrame en Matanzas debe entenderse en el marco de la crisis estructural multilateral que asfixia a la nación. El Sistema Electroenergético Nacional se encuentra virtualmente en bancarrota técnica, incapaz de cubrir la demanda mínima de la población y la industria. La falta de combustibles, los déficits crónicos de piezas de repuesto y el envejecimiento de las plantas termoeléctricas —muchas de las cuales superan los 40 años de operación— son el resultado directo de una economía centralizada y planificada que ha fracasado rotundamente en su cometido fundamental.
Esta debacle energética se entrelaza con una inflación descontrolada que ha destruido el poder adquisitivo de los salarios, un desabastecimiento crónico de productos de primera necesidad y un éxodo migratorio sin precedentes que ha vaciado al país de su fuerza laboral y técnica más preparada. Las autoridades de la isla han demostrado una incapacidad sistémica para revertir la situación, optando en cambio por la represión selectiva, la censura y la criminalización de cualquier voz crítica que exija soluciones o denuncie el estado deplorable de la infraestructura pública. La ciudadanía se encuentra atrapada entre los apagones diarios, el deterioro ambiental y la indiferencia de un poder más preocupado por su supervivencia política que por el bienestar de la población.
Los riesgos medioambientales son una consecuencia directa de este abandono institucional. La falta de inversiones en tecnología para prevenir y contener derrames coloca a zonas ecológicamente sensibles, como la bahía de Matanzas, en una vulnerabilidad permanente. La dictadura cubana suele minimizar el impacto de estos siniestros en sus informes oficiales, impidiendo un escrutinio independiente por parte de organizaciones ecologistas internacionales o periodistas no alineados con el poder. Esta opacidad impide no solo evaluar el daño real causado al entorno, sino también implementar medidas de mitigación efectivas que protejan a las comunidades aledañas.
Conclusiones y perspectivas a futuro
De cara al futuro, la extracción del crudo derramado en la central José Martí representará apenas un parche temporal en una infraestructura que se desmorona aceleradamente. Mientras el régimen de La Habana intente reutilizar combustibles estancados de hace una década para intentar mantener encendida una termoeléctrica, la raíz del problema seguirá intacta. La comunidad internacional y las organizaciones de derechos humanos deben prestar atención no solo a la violación sistemática de las libertades civiles, sino también a la negligencia ambiental y la vulneración del derecho a un medio ambiente sano que sufre el pueblo cubano por culpa de la ineficiencia estatal.
La fragilidad industrial de Cuba es hoy un termómetro exacto de la decadencia del modelo político imperante. Incidentes como el de Matanzas no son meros accidentes fortuitos, sino síntomas inevitables de un sistema que ha priorizado el control ideológico y la contención social sobre la modernización, la seguridad y el mantenimiento de su infraestructura. Mientras no exista un cambio estructural que devuelva la capacidad de gestión y decisión a la sociedad civil, los riesgos sanitarios, ambientales y económicos seguirán profundizándose, dejando a la población cubana expuesta a un horizonte de incertidumbre y precariedad constante.


