Un reportaje emitido recientemente por la televisión estatal cubana ha generado un intenso debate al mostrar a un grupo de exalumnas evocando con nostalgia los métodos disciplinarios, similares a los de un centro penitenciario, a los que fueron sometidas hace cinco décadas durante su formación educativa. El caso expone no solo la severidad del sistema de internado impuesto por las autoridades de la isla, sino también el profundo impacto psicológico del adoctrinamiento que aún condiciona la percepción ciudadana frente a la crisis actual.
El pasado 29 de junio, el Noticiero de Televisión transmitió un reportaje del periodista Abdiel Bermúdez centrado en la conmemoración del 50 aniversario de la graduación de un grupo de mujeres del Instituto Agropecuario Libertad. Lo que en un principio podría parecer una crónica habitual sobre un reencuentro de exalumnos, rápidamente derivó en una reveladora muestra de cómo el sistema educativo cubano ha funcionado históricamente como un mecanismo de control social y moldeamiento ideológico.
Las entrevistadas relataron con visible añoranza su paso por la institución, ubicada en los antiguos predios de Kuquine, la finca que perteneció a Fulgencio Batista cerca de Wajay, al suroeste de La Habana. Las exalumnas recordaron con orgullo la disciplina impuesta por el sargento Chirino, cuyos métodos, más que de carácter militar, rayaban en el maltrato carcelario. Las estudiantes eran sometidas a castigos y recibían reportes en sus expedientes por motivos que resultan insignificantes desde una perspectiva pedagógica moderna.
Entre los castigos más severos destacaba la privación del pase de fin de semana, una práctica que aislaba a las jóvenes de sus entornos familiares como método de corrección. Una de las exalumnas relató cómo fue sancionada por el delito de «dañar la propiedad del Estado» simplemente por alterar su uniforme —que le quedaba inmenso— y mover de lugar los bolsillos de la blusa para adaptarlo a su cuerpo. La criminalización de una necesidad básica de ajuste vestimentario ilustra el nivel de rigidez y absurdo burocrático que imperaba en estas instituciones.

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Las condiciones de vida en el internado también fueron motivo de evocación. Las exalumnas admitieron que debían trepar muros para robar naranjas y plátanos del almacén de provisiones de la escuela, un indicador claro del hambre y la desnutrición que padecían. A esto se sumaba una exigente jornada de trabajo agrícola que, según reconocieron, consumía más tiempo y energías que las propias actividades académicas. A pesar de este panorama de privaciones y trabajo forzado, las mujeres se mostraron agradecidas, asegurando que aquella experiencia las forjó como «mejores personas» y, fundamentalmente, «mejores revolucionarias».
El modelo de escuelas en el campo y la ingeniería social
Para comprender este fenómeno es necesario revisar los antecedentes del sistema educativo implementado en la década de los setenta. El gobierno cubano consolidó en esa época las Escuelas Secundarias Básicas en el Campo y los Institutos Preuniversitarios, con el objetivo explícito de combinar la instrucción académica con el trabajo productivo. Sin embargo, la realidad demostró que este modelo respondía más a una lógica de explotación económica y adoctrinamiento político que a un fin pedagógico.
El régimen de La Habana diseñó estas escuelas como laboratorios de ingeniería social. Al separar a los adolescentes de sus familias a temprana edad, el Estado aseguraba una influencia directa y continua sobre la formación de su ideología. La disciplina militar y la escasez de alimentos no eran fallos del sistema, sino herramientas para fomentar la sumisión incondicional. La gratitud expresada por estas mujeres, en su mayoría provenientes de hogares humildes, es el resultado de un proceso psicológico donde el otorgamiento de oportunidades de estudio fue condicionado a la aceptación de un entorno opresivo.
Este adoctrinamiento temprano creó una generación que interpreta la resignación ante la adversidad como una virtud revolucionaria. La sumisión aprendida en aquellas escuelas se traduce décadas después en una tolerancia pasiva frente a los peores escenarios socioeconómicos. La pregunta subyacente es si la gratitud por las dádivas educativas del pasado representa un cheque en blanco que obliga a estas generaciones a respaldar al poder, sin cuestionamientos, ante los graves errores cometidos posteriormente.
El contraste con la crisis sistémica actual
La nostalgia por la disciplina carcelaria de los años setenta contrasta de manera dramática con la realidad que enfrenta hoy la ciudadanía. Mientras estas exalumnas celebran la formación que las hizo «resistentes», Cuba atraviesa una de las peores crisis estructurales de su historia. El colapso del sistema eléctrico se traduce en apagones que duran varias horas al día, afectando la conservación de alimentos y el descanso de millones de personas. La inflación galopante ha licuado el poder adquisitivo de los salarios y las pensiones, los cuales resultan insuficientes incluso para cubrir las necesidades más básicas de alimentación e higiene.
El desabastecimiento crónico en las farmacias y los mercados estatales, sumado a la precariedad del sistema de salud pública, configura un escenario de supervivencia diaria. La dictadura cubana ha mantenido el control no mediante la eficiencia de sus políticas, sino a través del miedo, la represión y el legado psicológico de sumisión inculcado en instituciones como el Instituto Libertad. Sin embargo, las nuevas generaciones, que no pasaron por ese mismo filtro de adoctrinamiento extremo o que han visto frustradas sus expectativas, responden con el mayor éxodo migratorio de la historia del país y con estallidos sociales como los del 11 de julio de 2021.
Implicaciones y el silencio de los medios estatales
El reportaje televisivo también puso de manifiesto el papel de los medios de comunicación oficialistas. El periodista a cargo de la entrevista omitió cualquier cuestionamiento sobre la opinión de estas exalumnas respecto a la actual crisis económica y energética. La censura y la autocensura impiden que la televisión estatal se convierta en un espacio de verdadero diálogo nacional. Plantearles a las «agradecidas» del régimen cómo asimilan los apagones de dos y tres veces al día o cómo sobreviven con pensiones que no alcanzan para comer habría roto el guion propagandístico del reencuentro.
Es probable que las respuestas de estas mujeres ante la crisis actual apelen a la misma retórica forjada en los rigores de la beca: una capacidad estoica para asimilar la miseria, siempre y cuando sea justificada bajo el lema de «por la revolución y el socialismo». Esta desconexión entre la realidad material y la lealtad ideológica es uno de los principales obstáculos para la transformación social en la isla.
A futuro, el impacto de este adoctrinamiento se diluirá ante la crudeza de la crisis. Las generaciones más jóvenes, que migran en masa o protestan en las calles, ya no responden a los estímulos del sacrificio colectivo. La caída del mito de la «escuela en el campo» como formadora de valores superiores es inevitable cuando el modelo ha demostrado su fracaso total en la gestión de la nación. La comunidad internacional y los observadores de derechos humanos continúan documentando cómo el ejecutivo cubano mantiene su hegemonía a través de la represión y el control de la narrativa, mientras la sociedad civil intenta reconstruir su pensamiento crítico, libre de las ataduras de un pasado que, paradójicamente, algunos aún añoran.


