La ciudad de Santa Clara conmemora su 336 aniversario en medio de una profunda contradicción entre su legado de progreso cívico y la deteriorada realidad urbana que padecen sus habitantes. Lo que alguna vez fue un referente de modernidad en el centro de la isla, impulsado por la iniciativa privada y el compromiso social, hoy se erige como un testimonio del fracaso del modelo impuesto por el gobierno cubano, donde el patrimonio se desmorona y la vida ciudadana se apaga bajo el peso de la crisis económica.
Los orígenes de la otrora Gloriosa Santa Clara se remontan al 15 de julio de 1689, cuando 18 familias provenientes de Remedios decidieron asentarse en territorios del interior. Huyendo del recrudecimiento del corso y la piratería, y en busca de tierras más prósperas para el desarrollo agrícola y ganadero, estos pobladores fueron convencidos por el sacerdote José González de la Cruz mediante el relato de una treintena de demonios que acechaban su antigua villa. Aquel desplazamiento marcó el nacimiento de una urbe que, desde sus inicios, demostró un espíritu de resiliencia y búsqueda de prosperidad que hoy se halla sofocado por la inoperancia estatal.
Ese mismo afán por el bienestar comunitario se evidenció tempranamente en la historia local. Apenas fundada la villa, en la década de 1690, sus habitantes ya organizaban mecanismos para combatir los incendios frecuentes en las viviendas de madera y guano. Utilizando barriles de ron y miel para transportar agua de mano en mano, Santa Clara se convirtió en la primera ciudad de Cuba en registrar actividad de extinción de incendios. El 13 de noviembre de 1696 se formalizó el cuerpo de Bomberos Voluntarios, una fecha que hoy se recuerda como el Día del Bombero Cubano. Este gesto espontáneo de la comunidad contrasta radicalmente con el actual colapso de los servicios de emergencia y la falta de recursos básicos para enfrentar siniestros en gran parte del país.
El legado ahogado de Marta Abreu y la ruina urbana
El mayor salto hacia la modernidad en Santa Clara llegó de la mano de doña Marta Abreu de Estévez. La Benefactora, como se le conoce históricamente, destinó una parte significativa de su fortuna personal para transformar a la ciudad en una de las capitales más avanzadas de su época, sin depender de la caridad o la planificación estatal. Gracias a su inversión, la ciudad fue pionera en contar con electricidad, mucho antes que otras urbes de importancia como Santiago de Cuba o Sancti Spíritus. Abreu contrató a la reconocida compañía francesa Casa Gramme de París para instalar un sistema de corriente continua —el más seguro de la época—, que fue inaugurado el 28 de febrero de 1895, justo frente a la estación de ferrocarril cuya construcción también financió.

Edificios en el centro histórico de Santa Clara (Foto de la autora)
Además de la electrificación y el ferrocarril, Marta Abreu costeó la instalación de un observatorio meteorológico en una época en que Cuba apenas desarrollaba su red de estaciones científicas. Su objetivo era claro: convertir a Santa Clara en una metrópoli moderna con servicios públicos gratuitos para los más desfavorecidos. Hoy, la realidad dista abismalmente de aquella visión de progreso. El patrimonio arquitectónico de Santa Clara se desmorona bajo la mirada indolente de las autoridades de la isla. Edificios emblemáticos como el icónico Hotel Florida muestran plantas trepadoras en sus estructuras apuntaladas, sin aparente salvación, mientras que el Teatro La Caridad, joya arquitectónica y espiritual financiada por Abreu, permanece cerrado al público desde hace cinco años, atrapado en una restauración interminable que parece no tener fin.
La urbe recibe un «colorete» superficial cada vez que se acerca su aniversario, una práctica burocrática que solo enmascara el deterioro profundo de su infraestructura. La vida nocturna, el bullicio intelectual y el pulso bohemio que daban identidad a la ciudad han cedido paso a una rutina apagada y silenciosa. Los parques y peñas que alguna vez fueron centros de tertulia hoy reflejan el agotamiento de una población que prioriza la supervivencia diaria frente a la inflación galopante y el desabastecimiento. La pérdida de este tejido social no es una casualidad; es consecuencia directa de las políticas de control y centralización que han asfixiado la creatividad y el emprendimiento durante décadas.
Perico y el contraste de una sociedad civil vibrante
En medio de este panorama de decadencia, rescatar la memoria histórica se convierte en un acto de resistencia. Un capítulo singular de esa memoria es la historia de Perico, un asno que a principios de los años 20 del siglo pasado deambulaba por la ciudad tras ser liberado por su dueño, quien lo empleaba para la venta ambulante de helados y artículos de ferretería. Perico se convirtió en una mascota colectiva, conocida por asistir a los bares en busca de cerveza —un hábito que fue aprovechado para publicitar la marca Polar— y tocar las puertas con sus cascos para pedir alimento en las viviendas del centro.

Parque Vidal, Santa Clara (Foto de la autora)
La popularidad de Perico era tal que, cuando un agente novato de la policía intentó propinarle una golpiza para ahuyentarlo, los habitantes se aglomeraron para exigir la destitución del guardia. El incidente obligó al entonces jefe de la Policía a aclarar públicamente que Perico tenía la facultad de pasearse por los portales e ingresar a los edificios, ya que contaba «con los mismos derechos de cualquier ciudadano de la República». La muerte de Perico el 26 de febrero de 1947, a los 33 años, fue motivo de duelo nacional. Su sepelio fue organizado como si se tratara de un alto funcionario, con la presencia de un senador de la República, paralización de centros laborales y cobertura de medios internacionales como The New York Times, que tituló «Perico has died».
Este episodio, que podría parecer anecdótico, ilustra una sociedad civil vibrante, capaz de movilizarse y proteger lo que valora, un contraste brutal con la atomización social y el miedo a la represión impuestos por la dictadura cubana actual. En la Cuba de hoy, la protesta pacífica de un grupo de ciudadanos exigiendo la destitución de un agente abusivo terminaría con citaciones policiales, amenazas y, muy probablemente, con procesos penales por desacato o desorden público. La historia de Perico subraya cuánto se ha perdido en términos de libertades cívicas y garantías individuales.
El reflejo de la crisis estructural
El abismo entre el Santa Clara de Marta Abreu y Perico, y el Santa Clara actual, es el reflejo exacto de la crisis estructural que sufre la nación. La falta de libertades económicas, la hiperinflación y la inoperancia burocrática del régimen de La Habana han provocado que ciudades que fueron motores de desarrollo se conviertan en escenarios de abandono. La incapacidad del ejecutivo cubano para mantener el patrimonio cultural y la infraestructura básica no es solo una cuestión de falta de recursos, sino de prioridades políticas donde el control ideológico y el sustento del aparato represivo prima sobre el bienestar ciudadano.
A esta decadencia urbana se suma el impacto demoledor del éxodo migratorio. Santa Clara, como el resto del país, ha visto partir a miles de sus jóvenes y profesionales en busca de oportunidades que el sistema les niega de manera sistemática. El despoblamiento de las áreas rurales y la sobrecarga de la infraestructura urbana, sumados a los apagones prolongados y la crisis del transporte público, configuran un escenario de supervivencia que aleja cualquier posibilidad de recuperación a corto plazo. La ciudad que nació buscando prosperidad agrícola hoy sufre para alimentar a sus habitantes, inmersa en un ciclo de pobreza inducida por la mala gestión.
Al conmemorar 336 años de fundación, los santaclareños no solo recuerdan su pasado glorioso, sino que confrontan la responsabilidad del poder en su presente de penurias. La historia de Santa Clara demuestra de manera categórica que la isla tuvo la capacidad y el capital humano para ser una nación próspera y moderna. Recuperar ese espíritu fundacional, la solidaridad comunitaria y el desarrollo impulsado por la libertad exigirá inevitablemente un cambio estructural que desmantele el modelo autoritario que ha llevado a la ciudad y al país al borde del colapso total. Mientras tanto, cada aniversario se celebra como un acto de nostalgia por lo que pudo ser y ya no es.


