Domingo, 27 de septiembre de 2026
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Taxistas de Santa Clara suspenden servicios nocturnos ante el ascenso de la violencia y la inacción estatal

Taxistas de Santa Clara suspenden servicios nocturnos ante el ascenso de la violencia y la inacción estatal

SANTA CLARA, Cuba. — La violencia delictiva y la profunda crisis económica han transformado la rutina de los taxistas en Villa Clara, quienes ahora evitan operar durante la noche debido al riesgo de asaltos y asesinatos. La escasez de transporte y el miedo han disparado las tarifas, llegando a costar más de 2.000 pesos por trayectos cortos, mientras el régimen de La Habana mantiene un silencio absoluto sobre el deterioro de la seguridad ciudadana.

Trasladarse desde la Terminal Intermunicipal de Santa Clara hacia los barrios periféricos una vez cae la noche se ha convertido en una operación de alto riesgo para los escasos transportistas que se atreven a trabajar. La reducida oferta de vehículos, consecuencia directa del temor a la delincuencia, ha provocado que los pocos «boteros» y «motoneteros» que permanecen en las piqueras hasta las 10:00 p.m. impongan tarifas exorbitantes que superan los 2.000 pesos por un viaje de apenas unos minutos. Esta realidad refleja un colapso profundo en la movilidad urbana, agravado por la incapacidad de las autoridades de la isla para garantizar la seguridad pública.

El factor desencadenante de este terror entre los trabajadores del transporte por cuenta propia es el reciente asesinato de Geosvany Fidel Rivalta, un joven chofer de 32 años residente en Caibarién. Según detalles que han trascendido a través de perfiles oficialistas, el conductor fue ultimado el mismo día de su desaparición. El presunto móvil del crimen habría sido el robo de su automóvil, marca Peugeot. Este caso ha generado una conmoción profunda en el gremio, llevando a muchos a priorizar su integridad física frente a la necesidad económica de trabajar.

Estrategias de supervivencia en las carreteras

Ante la ausencia de protección estatal, los taxistas han debido improvisar sus propios protocolos de seguridad. En redes sociales comenzó a viralizarse la recomendación de fotografiar los carnés de identidad de los pasajeros y enviar las imágenes a familiares. Sin embargo, para profesionales como Michel, un botero que cubre rutas intermunicipales hacia Cienfuegos, esta medida es inviable. «No puedo estar parando cada cinco minutos para tirarles fotos a todos los carnés de los que subo al carro», explica, evidenciando la fractura entre la teoría de la autoprotección y la dinámica real del transporte popular.

Estampa religiosa colgada por un chofer en su auto (Foto de la autora)

Estampa religiosa colgada por un chofer en su auto (Foto de la autora)

La precaución dicta que, al anochecer, los autos y motonetas disponibles solo acepten carreras dentro del perímetro urbano, evitando la circunvalante y las carreteras oscuras. Michel detalla que los riesgos son dobles: además del peligro de asalto, existe el temor de que los pasajeros utilicen el vehículo para traficar mercancía ilícita, o que una avería mecánica los deje varados en zonas sin cobertura telefónica, a merced de los criminales. Para mitigar estos riesgos, muchos conductores portan objetos contundentes, como tubos forrados con goma, bajo el asiento, y mantienen comunicación constante con colegas sobre los detalles de cada carrera contratada a deshoras.

Antecedentes de violencia contra el gremio

El pavor a la delincuencia no es una novedad en el sector. En 2022, el gremio fue conmocionado por el violento asesinato del profesor espiritano Santiago Morgado, quien fue ultimado por un cliente habitual confabulado con otros cuatro individuos con el único fin de robarle la motocicleta y posteriormente comercializarla. Estos hechos demuestran que la violencia no es un fenómeno aislado, sino una constante que ha encontrado terreno fértil en la crisis económica que azota a la nación.

En los últimos meses, los testimonios de choferes en redes sociales y medios independientes han documentado una oleada de intentos de asalto, particularmente en la Autopista Nacional. A finales del año pasado, grupos de monitoreo de accidentes alertaron sobre asaltantes que aprovechaban un bache bajo el puente del primer anillo para obligar a los vehículos a disminuir la marcha y así sustraer mercancías de los maleteros usando armas blancas. Reportes de septiembre también señalaron episodios similares en las cercanías del Aeropuerto Internacional «José Martí», donde las bandas prefieren los vehículos vinculados al turismo, pero no desdeñan a los autos de pasajeros nacionales ni a los motoristas.

Motonetas en la Terminl Intermunicipal de Santa Clara (Foto de la autora)

Motonetas en la Terminl Intermunicipal de Santa Clara (Foto de la autora)

Las tácticas criminales son cada vez más sofisticadas y violentas. Conductores experimentados en la terminal de Santa Clara coinciden en que los métodos más comunes incluyen la colocación de púas u obstáculos en las carreteras, el abordaje en cruces ferroviarios o señales de «Pare», y el uso de mujeres como señuelo para detener los autos. Alberto, chofer de un «pisicorre» en la ruta Santa Clara-Camagüey, relató cómo un amigo se salvó de un asalto cuando detectó el brillo de un cable de acero tendido por criminales cerca de una línea de trenes en Camagüey. Al intentar reportar el incidente a la policía, los propios patrulleros le aconsejaron simplemente no transitar por esa zona de noche, evidenciando la impotencia de las fuerzas del orden.

Para los motoneteros, que dominan el transporte en la cabecera provincial de Villa Clara, la estrategia ha sido la separación física entre el pasajero y el conductor. Yoel, quien cubre la ruta desde el Parque Vidal hasta la zona hospitalaria, explica que obligan a los clientes a pagar a través del hueco de la ventanilla para evitar que, a mitad del camino, saquen un arma blanca y asalten al conductor. La situación es igual de precaria para los bicitaxistas, quienes han dejado de trabajar de noche no solo por el miedo a la delincuencia, sino por los apagones. Osmany, un bicitaxista, resume la encrucijada: ni siquiera pueden portar un machete para defenderse, ya que la policía los detiene a ellos por llevar armas, mientras los delincuentes actúan con impunidad.

Contexto: Inseguridad y colapso institucional

El incremento de la criminalidad es un síntoma directo de la crisis estructural que atraviesa la isla. La inflación galopante, el desabastecimiento crónico de alimentos y combustible, y la falta de oportunidades han empujado a amplios sectores de la población a la desesperación. En este escenario, el Observatorio Cubano de Auditoría Ciudadana reportó un alarmante aumento del 152% en los incidentes de criminalidad durante el primer semestre de 2024 en comparación con el año anterior. Esta cifra contrasta drásticamente con la narrativa oficial de la dictadura cubana, que insiste en omitir información pública sobre el tema y mantener un manto de censura sobre el deterioro de la seguridad ciudadana.

Los bicitaxis desaparecen al caer la noche (Foto de la autora)

Los bicitaxis desaparecen al caer la noche (Foto de la autora)

La inseguridad se entrelaza indisolublemente con el colapso de los servicios públicos. Los apagones prolongados sumen a las ciudades en la oscuridad, creando el caldo de cultivo perfecto para el auge delictivo. La policía, subordinada a los intereses políticos del régimen de La Habana, parece incapaz de proteger a la ciudadanía común, enfocando sus esfuerzos en la represión social y el control político en lugar de la prevención del delito común. Esta inacción obliga a los ciudadanos a tomar la seguridad por mano propia, generando un estado de anomia que fractura aún más el ya maltrecho tejido social cubano.

El éxodo migratorio masivo ha despojado al país de fuerza laboral y ha alterado las dinámicas familiares y económicas, dejando a muchos en la informalidad y en la vulnerabilidad. Los transportistas por cuenta propia, que intentan sostener un servicio público esencial ante el fracaso estatal, se encuentran en la primera línea de fuego. Tienen que lidiar con repuestos carísimos, combustible escaso y, ahora, el riesgo inminente de perder la vida en su intento por ganarse el sustento diario en un entorno hostil.

Un futuro a oscuras

La situación de los taxistas en Santa Clara es un microcosmos de la tragedia cubana contemporánea. Mientras la prensa oficialista ignora el problema y el ejecutivo cubano evade su responsabilidad, la ciudadanía se enfrenta a una doble penalización: la escasez de transporte y el riesgo de muerte. Las palabras de Michel resumen la encrucijada de millones de cubanos: «La mayoría de las veces salimos a botear con sobresalto. El dinero hace falta, pero más vale la vida». Ante la pasividad del gobierno y la negación sistemática de la crisis, la inseguridad seguirá avanzando, dejando a la población cada vez más aislada, desprotegida y a merced de la violencia en las calles oscuras de la isla.

Equipo Editorial Reporte Cuba Ya
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Equipo Editorial Reporte Cuba Ya

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