Un recorrido por las céntricas calles de La Habana revela los nombres de antiguos negocios grabados en los portales, vestigios de una red comercial próspera que el régimen de La Habana desmanteló tras 1959, dejando en su lugar ruinas, escasez y un aparato estatal ineficiente.
Calles como Monte y Belascoaín conservan en su granito los letreros de establecimientos como La Sortija, La Casa Fraga o la Droguería Esquina de Tejas. La mayoría de estos espacios ha sido reconvertida en viviendas improvisadas, micropymes o se encuentra en estado de abandono absoluto. La ironía es palpable en inmuebles como el que albergó el negocio \»Cuba Libre\», hoy reducido a una cuartería sin techo donde familias habitan en condiciones precarias, un escenario que sintetiza el deterioro general de la infraestructura nacional.
Este paisaje urbano contrasta drásticamente con la memoria de los habitantes de mayor edad, quienes recuerdan una época donde los pequeños y medianos comercios ofrecían bienes y servicios accesibles, incluso mediante ventas a plazos. La desaparición de este tejido empresarial no fue producto de la evolución del mercado, sino de la intervención estatal sistemática. El gobierno cubano sustituyó la eficiencia del comercio privado por una red de tiendas estatales que hoy carecen de la capacidad para abastecer a la población, demostrando el fracaso del modelo centralizado.
El silencio de los archivos y la memoria censurada
El hallazgo de estos mosaicos no es solo una curiosidad arquitectónica, sino un recordatorio del colapso estructural que sufre la isla. La destrucción de la propiedad privada y la centralización económica impulsada por la dictadura cubana erradicaron el desarrollo industrial y comercial que existía antes de 1959. Lo que alguna vez fue una ciudad dinámica es ahora el reflejo de la crisis multifactorial que mantiene en la pobreza a la ciudadanía y que impulsa el incesante éxodo migratorio.
Para consolidar su narrativa histórica, el poder ha intentado borrar cualquier rastro documental de la prosperidad republicana. El acceso a los archivos nacionales permanece restringido para investigadores no alineados con la ortodoxia oficial, dificultando la reconstrucción de la historia económica del país. Esta censura impide conocer a detalle la magnitud de la red de negocios que sostenía la economía local antes de que fueran confiscados.
Las letras desgastadas en los portales habaneros son un testamento silencioso de lo que fue Cuba y de lo que le fue arrebatado. Mientras las autoridades de la isla mantengan su negación del pasado y su control asfixiante sobre la economía, los vestigios en el pavimento seguirán sirviendo como una acusación histórica frente a la incapacidad del sistema actual para garantizar el bienestar y el desarrollo de sus ciudadanos.