El 23 de enero de 1959, apenas dos semanas después de derrocar a Fulgencio Batista, Fidel Castro realizó su primer viaje al exterior como gobernante rumbo a Caracas. Aquella visita, recibida con euforia por las multitudes venezolanas, marcó el inicio de una estrategia de influencia y subversión que cuatro décadas después consumaría el castrismo con la llegada de Hugo Chávez al poder y, posteriormente, con el control ejercido sobre Nicolás Maduro.
Castro arribó a una Venezuela que un año antes había derrocado al dictador Marcos Pérez Jiménez. El líder revolucionario fue recibido como un ídolo por una multitud que escuchó durante siete horas su discurso en una plaza caraqueña, en el que agradeció al almirante Wolfgang Larrazábal, presidente de la junta cívico-militar que sucedió a Pérez Jiménez, por las armas enviadas a la Sierra Maestra durante la insurrección cubana. La agenda durante los cuatro días de visita fue intensa y generó una tensión permanente en el dispositivo de seguridad, que culminó trágicamente el 27 de enero en la pista del aeropuerto de Maiquetía, cuando la hélice del avión que repatriaría a Castro le arrancó la cabeza al jefe de su escolta, el comandante Francisco \»Paco\» Cabrera.
Sin embargo, el balance político de aquel viaje no satisfizo las ambiciones del gobernante cubano. Castro no logró seducir al presidente electo venezolano Rómulo Betancourt, quien se mantuvo ajeno a sus pretensiones de alianza. Desde ese momento, el régimen de La Habana adoptó una postura abiertamente hostil hacia Betancourt y comenzó a apoyar a la guerrilla de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), en un intento deliberado de desestabilizar al gobierno democrático venezolano. Lo que Castro lamentó públicamente no poder dar a cambio de la ayuda recibida terminó siendo subversión y violencia.
De la fracasada invasión de 1967 a la captura del poder en 1999
La agresión del castrismo contra Venezuela no se limitó al apoyo logístico a grupos armados. En mayo de 1967, soldados cubanos que habían acompañado a Castro en su viaje de 1959 regresaron a territorio venezolano, esta vez sin barbas y en operaciones militares, desembarcando por Machurucuto con el objetivo de crear un foco guerrillero en los montes de Falcón, Yaracuy y Lara. La operación fracasó y provocó que el presidente Raúl Leoni rompiera relaciones diplomáticas con Cuba. Entre los responsables de aquella agresión figuraba Arnaldo Ochoa, quien sería nombrado subjefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y décadas después, en 1989, fusilado por sus propios superiores.
Cuarenta años después de aquel primer viaje a Caracas, el castrismo consumó lo que no había podido lograr por la vía armada. En 1999, Hugo Chávez llegó a la presidencia de Venezuela apadrinado por Fidel Castro, y convirtió al país sudamericano en el principal sustento económico del régimen cubano tras el colapso de la Unión Soviética. Los subsidios petroleros y financieros de Caracas mantuvieron a flote a las autoridades de la isla en su momento más crítico. Tras la muerte de Chávez en La Habana en marzo de 2013, su sucesor Nicolás Maduro —formado en la Escuela de Cuadros del Partido Comunista \»Ñico López\»— intensificó la dependencia del régimen cubano sobre los recursos venezolanos.
Control militar y aparato represivo
Para garantizar la permanencia de Maduro en el poder, la dictadura cubana desplegó cientos de efectivos del Ministerio del Interior (MININT) y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en territorio venezolano, operando bajo distintas coberturas y ejerciendo control sobre las instituciones de seguridad del país. Los mandos castristas negaron sistemáticamente la presencia militar cubana en Venezuela, pero los hechos han demostrado lo contrario: el aparato represivo chavista fue modelado con métodos de la Seguridad del Estado cubana, herederos a su vez de las técnicas de la KGB soviética y la Stasi alemana.
La profundidad de ese control quedó en evidencia el pasado 3 de enero, cuando fuerzas élite estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. En la operación murieron 32 militares cubanos que formaban parte del dispositivo de custodia del mandatario venezolano, confirmando de forma contundente lo que el régimen de La Habana siempre negó: la presencia militar cubana no solo existía, sino que constituía el pilar fundamental de la protección personal de Maduro. Este episodio expone el grado de injerencia que la dictadura cubana ha ejercido sobre Venezuela durante más de dos décadas y plantea interrogantes sobre el futuro inmediato de la región, la estabilidad del chavismo sin su principal sostén externo y las consecuencias que la comunidad internacional deberá afrontar ante un escenario político venezolano en transformación.